ALBERTO ROMERO

La Historia Desde El Principio

—Gracias por recibirme antes de tiempo —dijo Josu Aguirre a Antonio en cuanto
este le abrió la puerta de casa.
Antonio recibió al inspector de policía casi emocionado. La ilusión de que un
profesional se interesase por todo lo que estaba pasando le hacía sentir seguro y
esperanzado en que acabase bien. El miedo a un final en el que era atravesado
por un cuchillo de treinta centímetros se le había pasado muchas veces por la cabeza.
Desde que Josefa le había amenazado con uno en el hospital no podía quitárselo
de la cabeza. Era una de las pesadillas recurrentes en las noches que conseguía
conciliar el sueño, que resultaban bastante escasas.
Antonio y Josu tomaron asiento en la mesa de la cocina y la conversación comenzó
de manera bastante distendida y cordial. Antes de meterse de lleno en el
asunto que los había reunido, a Josu le gustaba charlar de cualquier tema banal
que rompiese el hielo y facilitase el resto de la conversación.
Dos cafés solos presidieron la reunión, a la que se unió la libreta de reportero
que acompañaba al inspector allá donde fuese. Era una de esas libretas en las que
la tapa se abría hacia arriba. Desde joven había visto a los detectives de las películas
utilizarlas para anotar todos los detalles de crímenes y asesinatos. Siempre
soñó con tener una, y ahora había perdido la cuenta de las que había utilizado
para sus propios casos. Aquellas libretas se habían convertido en algo tan práctico
y habitual para él como llevar un arma en el costado izquierdo del cuerpo.
Josu le pidió a Antonio que tratase de recordar como empezó todo aquel enfrentamiento
con su suegra y le dejó hablar sin interrumpirlo en ningún momento.
No había ninguna prisa, la tarde acababa de comenzar.
—Hará ya casi tres meses cuando tuve la primera discusión seria con Josefa.
Aquel día yo trabajaba de turno de tarde y me levanté temprano para desayunar
con Ana, como era costumbre en nosotros. Un día de rutina bastante normal que
no esperaba que acabase como terminó. Ana estaba bastante alterada aquella
mañana. Su jefe iba a dar un ascenso en el trabajo a alguno de sus compañeros y
ella estaba muy cabreada porque consideraba que había hecho muchos méritos
para llevárselo ella, y ni siquiera se lo había ofrecido. Traté de animarla preparándole
un almuerzo con su bocadillo favorito y un par de chocolatinas que no sabía
que le había comprado. Me la comí a besos antes de salir y se tranquilizó un poco,
dándome las gracias por ser tan cariñoso y bueno con ella.
Cuando cerré la puerta de casa recuerdo que me quedé preocupado por ella.
Me daba mucha rabia verla sufrir así con el trabajo.
No pasaron ni cinco minutos de su marcha cuando sonó el telefonillo del portal.
Era mi suegra, que subía a tomar café conmigo y charlar un rato. También era
costumbre entre nosotros la semana que yo trabajaba de tardes.
Josefa era muy cariñosa y atenta con todo el mundo. A mi también me lo parecía
hasta que tuvimos una conversación cuando su hija le dijo que nos íbamos a
casar. De esto que estoy hablando han pasado muchos años, pero ahora quizás
sea útil contarlo. Al día siguiente de que Ana les contase a sus padres que yo le había
pedido matrimonio me llamó por teléfono y me dijo que quería hablar conmigo
de un asunto…

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