JUANA APARICIO
El bar de la vieja estación ya no existe.
El ir y el venir allí se detenían; los desubicados encontraron en él un asiento mientras las maletas barrían el suelo semejando batas de cola.
Los espejos, casi ciegos, poca luz reflejaban, y en las vitrinas las navajas sin mano aguardaron con paciencia, sus aceros parecían picos de aves enjauladas. ¿Volarían cuando las máquinas redujeron a escombros ese lugar consumido?
Los camareros siempre vistieron de oscuro y sus ojos estaban escritos de rostros. Distribuían  cafés, refrescos, copas de licor y bocadillos con la diligencia de quien conoce la intransigencia del tiempo: miraban sin ver el movimiento de las bocas apresuradas y las migas secas cayendo.
El bar de la vieja estación fue el hogar de la espera.

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