JESÚS FUENTES

 

¡Buen viaje!, le digo a  Ady – en el andén de la terminal–, agita su mano por fuera de la ventanilla del “A.D.O.”, se despide también. El autobús se desplaza con lentitud, inicia su recorrido hasta Mérida. Ella regresa allá, sus papas se lo habían pedido, ya que aquí en la Ciudad de México, crece más el movimiento estudiantil y “huele a violencia” le comentaron ellos por teléfono, debido al bazucaso que días atrás derribara la puerta de nuestra preparatoria, el antiguo Colegio de San Ildefonso.

Ser estudiante en estos días (agosto del 68 ) es un riesgo :  “comunistas”, dice el pinche gobierno. Y los putos granaderos con impunidad nos golpean, nos suben a las “julias” y nos tiran por “el  peñón”, si bien nos va.

Jovial, con mis dieciocho años, atravieso la Alameda Central, paso frente al Palacio de Bellas Artes; recuerdo lo que Ady me había dicho días antes: —Vamos, acompáñame, ya le hable a mis papas de ti, te la vas a pasar bien. ¡A lo mejor te violo! ¡Seré la primera con la que tengas sexo! —remarco, casi gritando y, sonrío.

No, no podía ir, imposible. Trabajo en la distribuidora de medicamentos. Ahora con el movimiento, hay reuniones, discutimos, acordamos. Formo parte del Comité de huelga en la prepa. Además, necesito dinero para mantenerme, pagar la renta del cuarto de azotea en la colonia Roma, donde vivo.

Camino aprisa, siempre he caminado así, llego al corazón de México, la plancha gris del Zócalo que cruzo. La tarde se pierde en los reflejos de las luces mercuriales que aparecen dando paso a la noche. Los semáforos cambian del rojo al verde, pasando por el ámbar. Los vehículos en las calles, un fluir de serpientes luminosas.

Entro en la cafetería “La Española” más por inercia, que por las ganas de tomar algo. Ordeno un café y pan dulce, aquí la repostería es sabrosa.

Ella llena la taza de café humeante…, nuestras miradas se encuentran, es el inicio de la complicidad… No sé qué va a suceder.

“Lloice”, su nombre está escrito en el gafete plastificado que detiene su seno izquierdo, sobre su blusa blanca. Curioso, miro sus piernas que salen de su minifalda negra y llego hasta sus zapatos bajos – negros también-. La veo inclinar el cuerpo, colocar los platos, las cucharas, las tazas en la mesa de junto. De otra le llaman, le dejan monedas sobre la mesa. La observo así, a distancia, Su pelo negro, sedoso (prisionero de una malla transparente). Su cara hermosa. Ojos de mirada dulce. Sus caderas, ¡ah!, sus caderas. Su andar…oleaje de mar bravío.

¡Esta si es una mujer!, -digo para mis adentros-, muy parecida a las que aparecen en las revistas de caballeros, con las cuales me masturbo excitante en el baño de mi cuarto de azotea.

Ella voltea de cuando en cuando a mirarme. Nervioso, desvío la mirada a los ventanales que dan  a la calle. Viene hacía mí, está aquí de nuevo.

— Más  café, ¿ quieres más café…?

— Si, si…, por favor — afirmo con torpeza.

Se inclina, vierte el café en la taza, veo sus senos desbordados…

—Me gustaría conocerte más, bueno conocernos—, dijo

—Me agradaría…— contesté

—Bien, que te parece si me esperas, salgo a las diez, ya casi son.

—Nunca he salido con una mesera tan guapa y mayor que yo

—Ni yo con un joven, bien parecido, de pelo largo y …—responde sonriendo. Siempre sonríe.

Peregrinos envueltos por las sombras de la noche, hablamos de nuestro quehacer, de anhelos. Ella, ceñida a mi cintura como si ya nos conociéramos de hace mucho.

 

Percibo el calor tibio de su mejilla. Con timidez la beso junto a los labios. Nuestras bocas sedientas, audaces, al encuentro. Siento el placer de sus labios…, de su boca en la mía.

Imagino que ella toca mi miembro en desenfreno, chorreado, húmedo, y lo incita a meterse entre sus piernas.

—Así que escribes…, y ¿qué estas escribiendo ahora ?

—Una novela —dije, entre presuroso y excitado

—Escribe de mí en ella—dijo de pronto

—Ya estás tú ahí—, respondí.

—¡Justo anoche!, ¿soñé, pensé?, ¿cómo se vería mi nombre: “ Lloice”  en una novela?—, y prosiguió :

—Te das cuenta, nada es casualidad, hoy llegaste a la cafetería, eres escritor y, estamos aquí.

No muy lejos, detrás de Catedral, se escuchan disturbios. Bombas Molotov que estallan. Ulular de sirenas.

Mirando hacia los lados, me atrae de nuevo entre sus brazos, chupa, bebe, muerde con placer mis labios. Con caricias voraces goza de mi juventud.

Observo que el tiempo se detiene en ese instante. Veo nuestras manos, las lenguas, la de ella, la mía, conocerse, recorrer nuestros cuerpos que trasudan, exhaustos, sin habla.

Siento, justo en ese momento, sólo siento un golpe fuerte. Calor que penetra en la espalda, resbalando un líquido bermejo…  Ella no puede sujetarme. Ella no sabe.

—¡No!, ¡ No!, ¡Nooooo! , lo último que escucho.

 

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