MARIELO

   En la planta cuarta del centro hospitalario, tras los muros de la esquina sur, el tiempo permanece ingrávido, deslizándose a regañadientes entre las habitaciones de los pacientes.

   Para algunos de ellos se compone de anárquicos instantes pasados que, como piezas de puzles perdidas, nunca encontrarán un lugar donde asentarse. Otros, pueblan las horas con susurros apenas imperceptibles que los mantienen en una agotadora vigilia. En ocasiones, el tiempo se detiene, vengativo, en el último recuerdo, que permanece grabado en la conciencia a cinceladas de arrepentimiento. O incluso, gravita etéreo en cicatrices imborrables.

     Para otros, el tiempo, simplemente no existe bajo los efectos de los Antipsicóticos.

   Sin embargo, como ya ocurriera en ocasiones anteriores, la habitación 47 se mantiene ajena al desordenado ir y venir de las horas desarrollando una actividad conmovedora

   Nervioso y con el pulso acelerado, Álvaro se sienta en el filo de la cama, erguido para no arrugar la ropa de calle con la que permanece vestido, peinado con la raya al lado y perfumado con su mejor colonia. Pasada con creces la media noche, ensaya una y otra vez su mejor sonrisa. Debe evitar que se le escape una risilla descontrolada como le ocurrió la vez anterior.

     -Buenos días, doctora. Me alegro de verla. Buenos días, doctora, sí gracias, me encuentro mejor. Sí doctora, sigo el tratamiento que me dijo. ¿Volverá el próximo viernes?…- Una y otra vez Álvaro se repite la misma cantinela obviando esa parte de si mismo que pretende convencerlo de que es mejor no acudir a la consulta médica.

      “Harás el ridículo como la semana pasada, terminará por hacerte daño. Eres un débil. Miéntele y que nos den el alta de una vez.”, le dice la voz machacona que, en ocasiones, anida en su cabeza.

    -Es posible –contesta- pero tengo la certeza de que mañana todo será diferente, no me preguntes por qué, pero lo sé – Asegura convencido y sonríe, No  puede evitar sonreír como no puede obviar ese incomodo hormigueo que apelmaza su estómago.

    Álvaro y el síndrome de personalidad múltiple conviven desde que él cumplió 15 años. Por entonces incorporó a su día a día estas palabras y junto a ellas una juventud inmadura y atropellada que le hacía ir y venir sin rumbo cierto y un carácter  insolente y bravucón que no le permitía reconocer su enfermedad culpando a cuantos le rodeaban de sus desatinos. Entraba y salía de los diferentes centros abandonando los tratamientos médicos y formulando promesas de reforma como brindis al sol.

    -Buenos días, doctora. Me alegro de verla. Buenos días, doctora, sí gracias, me encuentro mejor. ¿Volverá el próximo viernes?…- Repite Álvaro, a modo de murmullo. Sonriendo. Siempre sonriendo.

         Mira el reloj colgado en la pared que marca los segundos y los minutos con ritmo pausado.

    “Una hora menos”, se dice a sí mismo, cada vez más exultante acallando las voces que siente más lejanas por momentos.

      Mañana, como todos los viernes, Álvaro acudirá a la sesión semanal con la joven psiquiatra que lo reconoce y examina desde hace cuatro meses. A ella le delatará su bata blanca. Al joven, el brillo de sus ojos, el sudor de sus manos y una leve tartamudez inicial. Parapetada tras su sonrisa franca y el gesto amable se interesará por su salud y sus planes, le felicitará por seguir en el grupo de terapia y conseguirá que Álvaro se sienta  satisfecho con su parte de alta bajo el brazo. Feliz pese a todo.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s