ALBERTO ROMERO

La Vecina Cotilla

Josu Aguirre encontró abierto el portal del edificio donde vivía Josefa. Sin
pensárselo dos veces subió hasta el piso. Lo hizo por las escaleras, en vez de usar
el ascensor. Le encantaba observar aquellos edificios antiguos y consideraba que
las escaleras eran un elemento arquitectónico de lo más interesante.
Pulsó el timbre de la puerta de Josefa, pero no sonó nada, parecía estar desconectado.
Aporreó la puerta y esperó paciente a que alguien abriese. No se oyeron
pasos, ni ruidos de ningún tipo provenientes del interior de la vivienda. Volvió a
llamar dos veces más, pero no parecía que hubiese nadie. Se preguntó a si mismo
donde estaría aquella mujer, y si habría pasado por el piso tras su huida de Barakaldo.
Justo cuando se dirigía de nuevo hacia las escaleras oyó ruidos tras la puerta
vecina. Alguien fisgoneaba por la mirilla sin mucho disimulo.
Decidido a conseguir alguna información llamó al timbre de la puerta ruidosa.
Esta vez el timbre si devolvió un sonido y la puerta se abrió una rendija de manera
casi inmediata. Por el hueco asomaron los ojos de una mujer mayor con cara de
susto.
—¿Qué desea? —preguntó la vecina del rellano sin dejar de mirar a Josu Aguirre
de arriba a abajo.
—Buenos Días señora. ¿Sabe a que hora vuelve su vecina Josefa a casa? —dijo
Josu con aparente normalidad.
—¿Quién es usted? —dijo la vecina desconfiada.
—Soy un amigo suyo. Quería hacerle una visita y se me hace raro que no esté.
—Hace un tiempo que no la veo.
—¿Y no sabe donde podría encontrarla? —preguntó Josu tratando de sonsacar
algo a la desconfiada señora.
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—No tengo apenas relación con ella. No tengo ni idea de donde está. ¿Por qué
no la llama por teléfono?.
— Soy un desastre y perdí la agenda —mintió Aguirre—. Espero que no le haya
pasado nada…
—No lo sé. Hace tiempo que no viene nadie a esta casa. Siento no poder ayudarle
—dijo muy seca la vecina.
—De acuerdo gracias. No la molesto más.
—¡Oiga! —dijo la vecina al mismo tiempo que soltaba la cadena de la puerta y
asomaba la cabeza por completo —.Yo también estoy extrañada por su ausencia. La
última vez que hablamos dijo que tenía a su hija hospitalizada.
—Quizás esté en el hospital con ella…—dijo Aguirre dejando que la vecina continuase
ahora que se había soltado.
—Hace unos días vi salir del piso a su yerno y a un hombre muy corpulento. No
sé si eso le puede ayudar. Quizás ellos saben algo más.
—Gracias señora. Trataré de localizarla en el hospital —dijo Aguirre despidiéndose
de la vecina mientras enfilaba las escaleras, satisfecho con la información.
La vecina observó a Josu bajar por las escaleras y se quedó un momento escuchando
con la oreja pegada a la puerta del piso de Josefa. Ajustó las solapas de su
bata de felpa en torno al cuello, y volvió al interior de su casa con cara de fastidio.
Faltaba media hora para la cita con Antonio y Josu estaba impaciente. Decidió
tomarse algo en el primer bar que encontró para hacer tiempo. Mientras sorbía el
café cortado anotó en su libreta todo lo que le había contado la vecina. Su cerebro
trataba de adivinar que harían Antonio y aquel hombre en el piso de Josefa. Sería
lo primero que preguntaría a Antonio en cuanto se encontrasen.
Justo cuando se disponía a pagar la consumición sonó el teléfono.
—¿Sí? —contestó Aguirre de inmediato.

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