ALEX M. FOURZAN
Martín, el “Empleado del Año”, presentó su renuncia. El patrón se sintió triste y admirado ante las firmes razones de su empleado favorito: “No puedo seguir laborando en un establecimiento donde se venden hamburguesas, patrón. Puesto que ahora soy vegetariano, tengo la sensación de voy en contra de mis principios”.
Entre las siete meseras y los cinco cocineros, se soltó el rumor de que Martín dejaba el restaurante para dedicarse a vender ─de casa en casa─, botellones con agua potable. Como le tenían gran estimación, le pidieron al patrón su permiso para cerrar las puertas un poco más temprano que de costumbre, el siguiente viernes, para agasajar a Martín con una cálida despedida.
Ante la afirmativa, las mujeres se encargaron de adornar la salita destinada a los recesos de los empleados conocida como “la cueva”, sita en la parte trasera del restaurante, prepararon diversos aperitivos y hasta trajeron un pastel. Por otra parte, los varones aportaron una botella de ron.
Faltando cinco minutos para iniciar el festejo, cuando la mayoría de los clientes habían sido despachados y las meseras estaban por retirarse los delantales, arribó al local un hombre corpulento, como de doscientos centímetros de alto y otros tantos de cintura, calvo, de brazos tatuados y cara poco amigable. Se aproximó con paso firme hacia la cajera y ordenó que le sirviesen un “cubo”.
“¿Qué es eso del cubo?”, preguntó el cocinero novato al recibir la nota. El “Empleado del mes”, salió avante para explicarle:
─El “cubo” es la única de nuestras hamburguesas que lleva más de dos trozos de carne ─y levantando la ceja agregó─, desde que llegué a trabajar al restaurante, esta es la apenas la segunda vez que un cliente lo solicita. Sus ingredientes son como una daga al corazón.
Después de unos minutos, una de las meseras hizo entrega del platillo y desapareció tras el mostrador, advirtiéndole al comensal que debía llamarla cuando quisiera retirarse.
En “la cueva” la fiesta ya había comenzado. Entre vivas y discursos, el licor circulaba de mano en mano, servido en las tazas que de ordinario se usaban para tomar el café. Martín no era un empleado cualquiera, era el “Empleado del año” y merecía los abrazos y buenos deseos que le proferían sus compañeros. “¡Que hable! ¡Que diga algo!”, coreaban las damas.
Cuando el cliente percibió la solitud del comedor y los gritos que provenían de la parte trasera del restaurante, se percató de que había llegado en un momento inoportuno, mas su reflexión en nada le privó del hambre que le consumía. Dio una primera mordida a la hamburguesa, luego una segunda, y poco a poco se fue devorando los cuatro pedazos de fina carne molida, aderezados con salsas picantes y atrapados entre dos gordos panes de harina refinada.
─Amigos, quiero agradecer el cariño que me han dado durante estos largos cuatro años en que hemos convivido como familia. Son todos ustedes como mis hermanos.
Los gritos y los aplausos de los cocineros inundaban la salita. Pareciera que nadie más existía en el mundo, sino esa fraternidad que despedía con honores a uno de sus miembros.
El cliente terminó su hamburguesa, tosió una vez y se puso las manos temblorosas en el vientre. Luego, bebió el resto del litro de coca-cola con que la acompañó y echó el cuello hacia atrás. Sudaba.
─Me voy ─agregó Martín─, porque aunque mis motivos les parezcan exagerados, créanme, son verdaderos. Coman más vegetales, amigos, tomen más vasos con agua ─explicaba en voz alta, pero ya nadie lo escuchaba. Todo era risas, palmadas en su espalda, camaradería de la buena.
El cliente se derrumbó de su asiento, golpeó su cráneo contra el suelo. La ingesta del peligroso “cubo” provocó que su presión arterial subiera al tope. Bajo esos efectos y desde el suelo del comedor, llamaba a los empleados sin tener éxito. “¡Viva Martín! ¡Te queremos, amigo!”, retumbaban los vítores en sus adoloridos oídos. El “Empleado del año” se sonrojó y suspendió su sermón acerca de la buena salud. Al terminar la fiesta, todos comprendieron que tenía la razón.

Un comentario sobre “El cubo

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