ALBERTO ROMERO

La Llegada del Inspector

Josu Aguirre estaba impaciente por llegar a Madrid. Cada diez minutos miraba
el reloj de muñeca que le había regalado su padre años atrás, y le parecía que el
tiempo avanzaba a paso de tortuga. Llevaba una temporada bastante quemado en
el trabajo. Los casos que le ocupaban le resultaban aburridos y rutinarios. La chispa
juvenil de cuando empezó como detective se había ido diluyendo con los años,
y la falta de casos que lo mantuviesen activo y en acción.
En cambio el caso de Josefa Bengoetxea había sido un chute de adrenalina
desde que sus conjeturas empezaron a salirse de los casos habituales. Algo le decía,
en su instinto de sabueso, que había mucha historia tras aquel aparente caso
de muerte natural en un convento de su pueblo natal.
Cuando le avisaron de que Antonio estaba dispuesto a colaborar y que podía
ser un testigo con mucha información la sonrisa volvió a su cara, volvía a sentirse
ilusionado como en los buenos tiempos. Le faltó tiempo para preparar una maleta
con algo de ropa y poner rumbo a Madrid en el primer tren de la mañana.
Ya casi eran las 14.15h y apenas faltaban quince minutos para que el tren llegara
a la estación de Chamartín. El teléfono de Aguirre sonó tan fuerte en el bolsillo
de su pantalón que medio vagón se giró al escucharlo. Lo sacó con dificultad y
cuando quiso coger la llamada ya habían colgado. Le llamaban de comisaría y al
devolver la llamada se enteró de que la noche anterior Antonio había sufrido en su
casa un montón de timbrazos anónimos sin aparente explicación. Sacó una libreta
pequeña de la maleta y anotó los datos con esmero, mientras el tren ya entraba en
la estación y empezaba a detenerse.
En cuanto el vagón abrió sus puertas para dejar salir a los pasajeros Josu marcó
en su teléfono el número de Antonio:
—¿Sí? —contestó Antonio casi de inmediato.
—Buenos Días. Quería hablar con Antonio López, por favor —dijo Josu con extremada
educación.
—Sí, soy yo. ¿Quién es? —preguntó Antonio.
—Mi nombre es Josu Aguirre, soy inspector de policía de Barakaldo.
—¡Ah, sí!, me dijeron en comisaría que quería hablar conmigo.
—Así es. Me gustaría que me contase todos los detalles sobre su denuncia a
Josefa Bengoetxea —confirmó Aguirre.
—De acuerdo, pero ¿Podría llamarme en otro momento?. Ahora no puedo
atenderle bien, estoy ocupado.
—Estoy en Madrid, me gustaría verle en persona, y charlar con tranquilidad —
dijo Aguirre confirmando su llegada a la ciudad.
—¡Ah! —dijo Antonio sorprendido —Pues mucho mejor señor….
—Aguirre, Josu Aguirre.
—Señor Aguirre, sí. ¿Cuándo podemos vernos? —dijo Antonio algo nervioso.
—Estoy disponible cuando usted pueda. Dígame una hora y un lugar, y allí estaré
—confirmó el inspector.
—Pues… Esta tarde sobre las cinco podríamos vernos en mi casa.
—De acuerdo, allí estaré señor López. Muchas gracias.
—¿Sabe dónde vivo? —preguntó Antonio antes de colgar.
—Sí, señor López. Tengo todo anotado.
—Gracias señor inspector. Esta tarde nos vemos —dijo Antonio despidiéndose.
Josu Aguirre enfiló la salida de la estación en busca de un taxi que le llevase al
hostal que había reservado muy cerca de la casa de Josefa. Quería dejar sus cosas
y marchar lo antes posible a visitar la casa de aquella señora. Era su primer objetivo
antes de las cinco de la tarde.

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