JUANA APARICIO

A veces, en tardes áridas, siento -recuerdo- mi piel seca; el paisaje es desolador y el sol pica como sal en la carne dolorida. Un soplo rastrero levanta espirales desordenadas de polvo que se enredan a mis pies. Pero ahora miro mis manos y ya no están vacías. Escupo el sabor a tierra y mi primera muñeca, que  aún guardo,  ya no me rasga el alma con su desnudez.

Llega viento del sur y el paisaje se desfigura. Estando tú a mi lado, este es un viaje como cualquier otro y este momento una parada en el camino. Y es divertido lo que fue desolación y bromeas cuando el desierto se me mete en los ojos y entonces se me cae, resbalando por mi cara, en lágrimas alegres. Con nuestros pasos la distancia se transforma en suave arcilla.

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