MANGER

Todo está en silencio. Quizás el intenso frío sea más cortante que las afiladas puntas de las alambradas. De nuevo la noche ensombrece cada recodo del recinto mientras los copos de nieve se adueñan del entorno creando con sus fantasmales pinceles unas caprichosas figuras de suave almidón. Mientras Klaus se lleva instintivamente ambas manos a la boca intentando mitigar inútilmente el gélido ambiente que los rodea, Egbert manosea con cariño su Lüger intentando lustrarla con el roñoso pañuelo que ha soportado durante cinco inviernos los sucios humores de su apestosa nariz. Él nunca fue un hombre llamado a engaños; sigue siendo algo culto y sabe que le tocó vivir un espacio-tiempo insoslayable. Por eso lo acepta sin más y ha sabido mimetizarse en ese escabroso entorno, y ─qué coño, ¿por qué ocultarlo?─ hasta aprendió a disfrutarlo, esa es la verdad y nunca se preocupó demasiado de que se notara. Klaus, sin embargo, siempre fue un hombre “a mandar”, poca inteligencia y mucha fuerza bruta dispuesta a descargar dolor contra lo que fuera. Por eso su llamada a filas fue lo mismo que invitarle a cenar un enorme pavo relleno acompañado de un redondo y suculento pan de centeno. A él le ordenaban “¡A formar…!” y allí aparecía de inmediato en medio del patio, pulcro, vestido de cabeza a pies y en posición de firmes, en perfecta situación de militar revista. Es el ejemplo “vivo” de un perfecto soldado alemán. Se jura a sí mismo que no ha cambiado nada en este sentido. Pero siempre fue un tipo inconsciente, y ─¡cómo no!─ se equivoca una vez más.

Así de distintos fueron Klaus y Egbert.

Pero ya hace mucho tiempo que son iguales, exactamente iguales, sin esas diferencias de inanes matices. Ambos pasan frío pese al grueso paño de sus largos capotes con el que siguen cubriendo sus descarnados huesos, que de nada sirven a cuerpos marchitos, aunque aún no lo saben ni quizás tomarán cuenta de ello en muchos decenios. Los dos observan desde el puesto de guardia el parsimonioso caer de la nieve, pero no pueden paladear siquiera su untuosa humedad para intentar calmar la insidiosa sed que raspa implacable sus gargantas…

Lo intuyen, pero no están seguros. Lo cierto es que ambos están condenados a vigilar eternamente para que ningún ánima se escape del recinto de esos crematorios donde, cada dos en dos, ahora van entrando y saliendo brigadas de espectros mientras marcan el paso dentro de unas botas que huelen a cieno, a putrefacción,  y hieden aún más con el hedor del odio.

Klaus y Egbert son la última guardia de Auschwitz, dos muertos vivientes aislados del tiempo por siempre, vigilando el camino de un entrar y salir, un eterno entrar y salir bajo el fúnebre paso de sus camaradas nutriendo con sus propios fantasmas los ardientes hornos donde antaño fueron verdugos, donde se escuchó tanto llanto y dolor de un millón de inocentes, atentos a la orden de su gran Satán…

Un, dos, un dos, un, dos… ¡Maaarr… quen…! Un, dos… Un, dos… Un, dos…

Pero no se oye nada en ese recinto; todo está muerto, todo está en calma, ni siquiera es audible el fuerte y plural zapatazo final de las botas marcando ese octavo paso en el hormigón… Salvo el ulular y desesperado silencio del miedo que el grave pecado esconde.

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