JESSICA AZUL

                                                                                

                                                                               A  Nacho, mi demente favorito.

 

En los lejanos reinos húngaros su alteza Carlos pintaba las hermosas camelias, que florecían  en las madrugadas de octubre con sangre. Aquel perverso rey, no tenía ningún remordimiento de asesinar a todos los plebeyos, que no cumplieran sus órdenes. La plebeya Noche había crecido odiando al  malvado rey Carlos, sentimiento que le fomento el viejo Elías, quien aseguraba que el infeliz rey, había asesinado a los padres de la joven.

Esa mañana, cuando el árbol de almendro anunciaba que ya era hora de recoger sus frutos, la plebeya Noche se dirigió con una canastilla por aquellos frutos, que acompañarían la cena del  rey.  Noche quien siempre había sido tan rebelde, no pudo evitar degustar esas dulces almendras.  Y no se percato, que hacia una hora el rey Carlos la observaba.  Esta vez no estaba con su armadura de guerra, y su caballo azabache, por primera vez el rey era un hombre. Un hombre como los plebeyos a los que tanto odiaba, un hombre al que una plebeya lograba enredar su cabeza, y corazón.  Ante ese deseo que encendía su corazón, se acercó a la plebeya Noche, quien era una mujer hermosa, quizás  no como las que había conocido en los otros reinos, pero lograba despertar la bondad del rey.  No pudo lastimarla por robar sus almendras, la dulzura que emanaba la  joven desequilibraban al malvado rey,  quien se atrevió a preguntarle; cuánto tiempo  llevaba en su reino, quiénes eran sus padres, y cuál era su esposo.  Noche había permanecido en silencio, y no deseaba dirigirle la palabra  al malvado rey.  Recordaría que el viejo Elías siempre le decía;  “Noche, el día que te encuentres con el rey Carlos y te dirija la palabra por alguna circunstancia,  no se  te ocurra quedarte en silencio.  Eso altera el estado de ánimo del malvado rey, y puede terminar matándote. Acuérdate de esto que te digo hoy”. Sabía que Elías no mentía,  y no expondría su vida, aunque el sentimiento de odio inundara su corazón. Ese perverso rey la había condenado a crecer sin padres, su  futuro esposo no tuviera yernos, y sus futuros retoños nunca dijeran abuelos.  Se lleno de valentía, y le dijo al rey Carlos: su alteza he estado en su castillo desde que tengo seis años, y padres no tengo,  un malvado e infeliz hombre, cegó sus vidas.  Mi padre, y la única familia que he tenido, es el viejo Elías.  No tengo esposo  y quizás no lo desee,  porque los hombres que van a la guerra no vuelven.  El rey quien había permanecido en silencio comprobaba una vez más, porque aquella joven despertaba sentimientos que nunca había sentido por esas mujeres, que habían dormido en su lecho.

Noche no soportaba la presencia del rey Carlos, y después de haber respondido sus preguntas,  pidió el permiso para retirase de su alteza, quien no había dejado de contemplarla toda la mañana. Y antes de concederle el permiso el rey  le recordó, que de ahora en adelante sería ella quien arreglaría su habitación, y serviría sus alimentos, y  con una sonrisa fingida la plebeya acepto.  Despertando un volcán que nunca antes había inundado su corazón, odiaba a ese rey, y se preguntaba: ¿Cómo podría atender al causante de sus dolores?  Esa era la pregunta que la había invadido todo el día. El viejo Elías se encargo de llenarla de ánimos y recordarle, que rey la miraba con ojos de amor. Esa podría ser una oportunidad para vengarse de aquel malvado hombre.

Pero en medio de la furia que la invadía, y los consejos del viejo Elías, no podía tejer  ningún sentimiento de venganza por el rey. Recordó que esa mañana, había visto un hombre con el quizás le habría gustado seguir  hablando, que sus ojos no reflejaban al monstro, que Elías le había pintado  cuando tenía diez años. Pero también vinieron las imágenes de las azucenas que florecían en las tumbas de sus padres, y del incendio que prendió su vieja choza, no podría tener  sentimientos de amor por él. Aunque Cupido ya había hecho su labor, y lo entendería tiempo después…

Desde esa noche, la plebeya  Noche se encargo de los desayunos, los almuerzos, las cenas, y los aposentos del rey, de eso ya hace un año. Una   tarde, Marte y Venus harían una pequeña tregua, y  la plebeya se dirigió arreglar los aposentos como de costumbre.  No imagino que el rey Carlos se encontraba desnudo en aquella habitación, y jamás había visto un hombre desnudo, y sus mejillas se encendieron del rojo carmesí que acompañaba sus labios.  El rey noto la incomodidad de la joven pero no deseaba que saliera de sus aposentos, y  todo lo contrario, pidió que esta le ayudase a terminar de vestirse.  Y no pudiendo negarse, la joven con sus manos temblorosas ayudaba a vestir al malvado rey, quien se sentía extasiado al sentir esas manos frágiles sobre él,  y no podía dejar de pensar que amaba a esa plebeya.  Podría tomarla a la fuerza si quisiera  pero no deseaba eso, quería que estuviera a su lado porque lo deseaba.  Y vaya que lo deseaba, porque el apuntar la camisa del rey se convirtió en el momento que ambos deseaban.

El rey Carlos tomó sus labios carmesí,  y  la plebeya  Noche no se resistió,  deseaba tanto ese encuentro como él, quien no paraba de besarla.   Empezó a desabrochar el vestido verde aceituna, que había acompañado a Noche en los mejores momentos de su vida.   Los labios del rey recorrían su cuerpo, y ante esa pasión que se había desbordado en ella, no podía detenerlo.  Esa tarde  había dejado de ser niña, y se convirtió en la mujer de aquel malvado rey, que en  medio de ese éxtasis de amor había prometido un reino de paz. Para Noche las cosas no eran tan fáciles, se arrepentía de habérsele entregado al hombre que había segado la vida de sus padres, de olvidar los consejos del viejo Elías, y haber dejado que el amor venciera el odio.

Al día siguiente, antes de que el sol se asomará, Noche se escapó de aquel reino para no volver.  A pesar de amar al rey, no era lo suficientemente fuerte para seguir al lado de quien  derramo la sangre de su familia. El rey Carlos quien estaba acongojado ante la ausencia de la plebeya Noche, no paro de buscarla ni un sólo segundo, aunque su búsqueda sería inútil, jamás la hallo. La maldad volvió al reino, y todos los días morían plebeyos, el rey asesino al viejo Elías, y lo culpo de todos sus sufrimientos.

En los montes de los escandinavos dicen;  que la plebeya  Noche dio a luz a una niñita mezcla de perlas blancas, y negras, que la luna susurra historias a la pequeña. Y cada vez que cae el invierno las lágrimas del rey entristecen a las estrellas, quienes le piden a las lunas de Júpiter que consuelen al taciturno rey. Él nunca lo sabrá, y la plebeya Noche, se convierte en mariposa para cuidar su hermoso almendro. Y  recordarle que nunca se fue, siempre están desde los paisajes que un día los unieron.  El día de la primavera no ha vuelto para ninguno de los dos, pero valió la pena haberlo vivido.

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