MARISA BÉJAR
Cuando era pequeña y estaba enferma, mi madre me decía que fuera a dormir a su cama y mi padre dormía en la mía.
Entonces volvía a sentir que vivía en la placenta y nada podía afectarme. Era como si estuviera rodeada de líquido amniótico y él fuera mi protector contra el mundo.
Esa extraordinaria sensación de protección existe en nuestra consciencia antes de nacer, y durante toda la vida intentamos recrear ese espacio de bienestar que abandonamos al respirar por nuestros propios pulmones.
Y aunque cuiden de nosotros con abnegada devoción; al nacer ya estamos sólos… Tenemos que enfrentarnos a respirar por nosotros mismos. Enfrentarnos al aire: esa es nuestra primera lucha…
Buscamos seguridad, desesperándonos si la perdemos o jamás conseguimos atesorarla.
Y puede que existan reminiscencias de que esa seguridad te la dio otra persona. Y basamos nuestros actos en muchas ocasiones refrendados por el criterio de otros, porque nos vemos indefensos ante nosotros mismo.
Es como estar buscando siempre el líquido amniótico. Pero este bálsamo benefactor ya no existe.

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