ALBERTO ROMERO

Pasión Hospitalaria

Antonio llegó al hospital después de hablar con la policía por el incidente nocturno.
Los últimos días estaban siendo una montaña rusa de emociones y tanta
subida y bajada le tenía exhausto. Hablar con la policía le había calmado bastante,
ya que le habían dicho que le ayudarían a sentirse más seguro. También le informaron
de que el inspector Josu Aguirre quería hablar con él y con Ana, a lo que
accedió encantado. Que un inspector de policía de Barakaldo estuviese investigando
el caso, y les fuese a ayudar, no podía ser mejor noticia.
Cuando Antonio abrió la puerta de la habitación de Ana se encontró a esta tratando
de levantarse con dificultad de la cama.
—¡Buenos Días, princesa! —dijo Antonio al verla con una gran sonrisa.
—Buenos Días, cariño.
—¿Cómo estás?, ¿Has descansado?.
—Sí, he dormido casi sin pesadillas esta noche —dijo Ana mientras recogía una
toalla de la cama—.¿Qué tal has descansado tú?.
—Qué buena noticia —respondió Antonio —Yo no he dormido apenas.
—¿Y eso?.
—Alguien estuvo tocando al timbre del portal y al de casa.
—¿Quién? —dijo Ana sorprendida.
—Pues no lo sé. Nadie respondió y tampoco había nadie en el rellano cuando
abrí.
—Igual fue alguien que se confundió —respondió Ana con inocencia.
—Sí, quizás alguien se equivocó…—dijo Antonio con tono irónico.
—¿Estás bien cariño? —dijo Ana preocupada.
—Sí, tranquila, estoy bien. Sólo es el cansancio, no te preocupes —mintió Antonio.
—Me ha mandado la enfermera a hacer el baño diario. ¿Me ayudas? —dijo Ana
zanjando el tema del timbre.
—Claro que sí —respondió Antonio atento.
Ambos entraron en el baño de la habitación. Mientras Antonio regulaba la
temperatura de la ducha, Ana se quitó el pijama y cerró el pestillo de la puerta.
A Antonio le entraron calores repentinos al ver a su mujer desnuda delante
suya. Hacía mucho tiempo que no tenían intimidad y su instinto natural no pudo
reprimirse. Cuando Ana se disponía a entrar en la ducha, Antonio la besó suavemente
en el cuello. El beso fue recibido por Ana con un escalofrío y una sonrisa.
Con una mirada ambos se entendieron y no hubo nada más que decir.
Ana, desnuda, abrazó a Antonio y le besó con ternura mientras éste se desabrochaba
la camisa dejándose llevar. Ana le ayudó con los pantalones y su mano
traviesa se perdió en el interior de los calzoncillos de Antonio. Ya ninguno tenía
más prendas que quitarse, así que se cobijaron abrazados en el calor del agua de
la ducha.
Conscientes del lugar en el que se encontraban se enjabonaron sigilosamente,
frotando sus cuerpos con la pasión de varios meses echándose de menos. Esa pasión
les llevaba a besarse y casi morderse con ansia. Antonio recorrió los pechos
de Ana con la lengua mientras sus manos acariciaban el resto de su cuerpo, como
si no hubiese un mañana. Ana trataba de reprimir los gemidos mientras agarraba
con fuerza el trasero de su marido, acercando su duro miembro contra su vientre.
Entre caricias y gemidos silenciados, con la complicidad de una pareja que se
conoce muy bien, ambos aliviaron el deseo que sentían el uno por el otro.
Cuando Antonio sintió el calor del interior de Ana saltaron las chispas entre
ambos. Con mucho cuidado Antonio penetró a Ana una y otra vez, bajo el calor
del agua de la ducha. Ambos parecían estar en medio de una selva, bañados por
una lluvia intensa, que no era capaz de aliviar el calor y la pasión que por fin habían
recobrado. El ritmo sexual iba en aumento, y Ana tuvo que que agarrarse a la
barra de la ducha para no resbalar y abandonarse al placer que Antonio le estaba
haciendo sentir. Ambos alcanzaron un intenso y húmedo orgasmo que los unió de
nuevo como el matrimonio apasionado que eran, y que ya casi habían olvidado.

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Un comentario sobre “Demasiado personal (69)

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