MOISÉS ESTÉVEZ

Entró en casa acompañada por uno de los dos agentes que la
custodiarían policialmente las veinticuatro horas y de manera indefinida. Este
escudriñó a fondo todas las estancias, aseguró puertas y ventanas, y antes de
salir le dijo que intentara descansar, que se despreocupase y que si necesitaba
cualquier cosa no dudara en comunicárselo. Estarían apostados fuera y a su
disposición. Se mostró agradecida y se ofreció a prepararles café, a lo que el
joven policía no se negó, pero con la condición de que primero se instalara
tranquilamente y se acomodara en su hogar. Él pasaría más tarde.
– De acuerdo. – Aceptó Erika de buen gusto.
– Entonces, hasta luego. –
Miró a su alrededor y la embargó una sensación dicotómica: por una
lado, esa pequeña invasión de su intimidad por parte de las fuerzas del orden,
intimidad que tendría que sacrificar en pos de su seguridad, y aunque no le
hacía mucha gracia, en el fondo comprendía que era lo mejor. Y por otra parte,
una sensación de vulnerabilidad, una vulnerabilidad que comenzó con los
recuerdos de aquella fatídica noche en el bar y que continuó con aquel callejón
en el que sufrió la brutal agresión. Por suerte, pensó, intentando ver el vaso
medio lleno, no fue asaltada en su casa, su pequeño y acogedor reducto, su
santuario, el lugar donde hasta ese momento se sentía más cómoda y feliz…

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