LOURDES BLANCO

No se conocían, se intuían. Habían conseguido desearse sin grandes esfuerzos, sólo con los jeroglíficos que forman las  palabras llenas de deseo, de pasión, de lascivia. Noche tras noche sus encuentros se hacían cada vez más apremiantes. El deseo de reconocerse en el cuerpo del otro era cada vez más insoportable.

Habían construido un mundo  en el que no había lugar para nada más que no fuera el deseo incontenido de los dos.

Cuando la voz de él llegó a sus oídos, la fantasía comenzó a hacerse realidad. Ya no eran palabras escritas en una voz imaginada. Ahora el timbre de su voz llegaba a su cabeza erotizando todo su cuerpo. Y ahora más que nunca deseaba el tacto de su piel, sentir como sus dedos recorrían todo su cuerpo encontrando los rincones donde ella no podía evitar gemir de placer. Quería tener sus labios dibujando ríos por sus pechos, su lengua provocando tempestades en lo más recóndito de su anatomía.

Pero no podía evitar un pequeño pellizco de pánico cuando imaginaba su encuentro. ¿Y si de verdad todo había sido mentira?

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