DANILO LUNA

 

Volteó a verla desde el asiento del conductor, apuntando el cañón de su .44 Magnum justo al espacio entre los grandes ojos color miel que lo miraban desde al asiento trasero.

—Tengo que admitir que esta sí ha sido una verdadera sorpresa, señorita. Solo por curiosidad, ¿cuándo se dio cuenta?

—Hace un poco más de 7 calles —contestó ella sin dejar de apuntar el pequeño revolver calibre .22 a los negros ojos de su interlocutor—, un taxista de verdad jamás habría tomado esa ruta llena de altos.

El conductor río de buena gana y ella se unió con su propia risa. Ambos se miraban directamente a los ojos, como si no hubiera una docena de balas entre ellos. A esa distancia la disparidad de calibres no hacía ninguna diferencia en el resultado final y ambos lo sabían.

—Bien —dijo él retomando la conversación—, la verdad es que me es conveniente transitar con zonas con menos iluminación pero en fin, como le dije hace un momento, vaya que me ha sorprendido.

—Tengo que admitir que también ha sido una primera vez para mí. Pero me queda claro que de igual forma se ha dado cuenta —reviró ella—, después de todo sacó su arma en el mismo instante en que estaba por sacar la mía.

La miró fijamente por un par de segundos antes de responder. Era difícil escapar de esa mirada.

—Lo primero que me llamó la atención —explicó—, fue que pidiera un taxi sola. Una chica tan atractiva como usted y tan borracha como fingía estarlo, no me cuadra. De seguro hubiera tenido varios acomedidos dispuestos a salir de ese bar con usted y traerla hasta aquí a probar su suerte.

Volteó a ver la fachada del domicilio frente al que se habían detenido; cerco de herrería, puerta de madera con cristal en la parte superior, muros color crema, nada fuera de lo normal.

—Cuando me dio su dirección no le había dado motivos para sospechar, así que supongo que es su verdadera casa.

La joven sonrió y le guiñó el ojo izquierdo.

—Pero cuando realmente supe que era una actuación fue cuando cruzó la pierna deliberadamente para que viera sus muslos. Cualquier joven en su situación, de noche y con todo lo que pasa en esta ciudad hubiera hecho lo posible por escapar del ángulo de visión del espejo retrovisor, pero usted parecía empeñada en que la viera.

—Espero que al menos te haya gustado lo que viste —reviró—. Creo que considerando las cosas podemos dejar de hablarnos de usted, ¿no crees?

—Me parece bien. Entonces, ¿me quieres decir cuál era tu plan?

—Tu primero, como el perfecto caballero que estoy segura que eres cuando no estás apuntando a mujeres con esa pistola exageradamente grande. Y conste que no estoy insinuando que trates de compensar el tamaño de otra cosa.

De nuevo, risas. Si algún testigo viera la escena desde el exterior, sin duda diría que estaban coqueteando. Claro, si no tomara en cuenta los mortíferos cañones plateados que tenían frente a sus rostros.

—Bien. No hay ningún misterio. El plan era matarte, por supuesto.

Ella comenzó a abrir la boca para hacer una pregunta, pero la respuesta llegó antes de que pudiera formularla.

—Y si te traje hasta tu casa en lugar de llevarte a otra parte es precisamente porque me di cuenta que planeabas algo y soy un hombre curioso.

—¿Y no has oído eso de que la curiosidad mató al gato?

—Quiero pensar que soy un gato con suerte.

—Veremos. ¿Cómo ibas a matarme y qué ibas a hacer antes? ¿Tortura? ¿Violación? —Su mano se tensó sobre el revolver cuando pronunció la última palabra.

—¡Jamás! —la mirada en su rostro no dejaba lugar a dudas: estaba realmente ofendido—. No soy un maldito cerdo. La violación es lo más detestable que puede hacer una persona. Me gusta matar y ya, me gusta la sensación de tener una vida en mis manos y tomarla. Ese momento en que alguien existe y de pronto… ya no.

De nuevo se midieron con la mirada. Ella particularmente buscó en sus ojos un atisbo de mentira.

—Va, ok. Hasta aquí te creo. ¿Entonces, cómo iba a ser?

—Simplemente iba a dirigirme a otra parte, recordemos que supuestamente eras una mujer borracha que posiblemente ni se iba a dar cuenta. Conozco varios lugares por donde no pasa ni un alma. Te iba a amenazar con el arma y decirte que corrieras por tu vida.

—Pero por supuesto, no tendría oportunidad, ¿cierto?

—Cierto —contestó con una sonrisa—. Si te sirve de consuelo, el disparo es a la nuca mientras corren. Ni siquiera se dan cuenta.

Ambos se quedaron en silencio; él recordando víctimas pasadas y ella imaginando la situación de ir corriendo desesperada y de pronto… nada. Una bala se mueve más rápido que el sonido así que si el tiro es certero, ni siquiera escucharían el estruendo.

—Interesante. Supongo que ahora me toca hablar a mí.

—Si me haces el favor.

—Tengo que confesar que mi estilo sí es un poco más rebuscado. La diferencia es que yo sí les doy una oportunidad de vivir, aunque solo uno la ha tomado.

—¿Uno de cuántos? —preguntó sabiendo que no obtendría la respuesta.

—Eso ya es entrar en el ámbito personal y acabamos de conocernos, no seas ansioso, que precisamente es eso lo que mata.

Sonrieron de nuevo sin dejar de mirarse a los ojos y sin que el peso de las armas pareciera hacer mella en la firmeza de sus manos.

—La cosa es así. A veces  escojo a un chico en un bar y a veces, cuando no me gusta ninguno, veo si me gusta el taxista, o el cadenero de la puerta, o quien sea. Finjo estar borracha, como ya lo habrás notado y termino invitándolos a pasar a mi casa.

—Supongo que es una invitación difícil de rechazar.

—Una vez dentro, comenzamos a besarnos, los dejo que me desabrochen la blusa y que las manos lleguen a donde quieran llegar. Y de pronto… los paro en seco. Les digo que he cambiado de opinión, que no quiero hacerlo y que deberían irse.

El conductor respiró profundamente antes de soltar un silbido.

—¡Madres! ¡Y yo que pensaba que darles falsas esperanzas era malo!

La joven se rio de buena gana antes de continuar su explicación.

—En ese momento su vida depende de ellos; si aceptan que ya no quiero hacerlo sin renegar y se van, pues felicidades y que tengan una buena vida. Por otra parte, si se ponen violentos, si me llaman puta, si intentan jalarme e incluso si se ponen rogones,  bueno, también terminan yéndose de la casa, pero en varias bolsas de plástico.

Ambos tenían una gran sonrisa en el rostro y notaron, a pesar de su experiencia en sus respectivos hobbies, que el corazón les había comenzado a latir más fuerte de lo normal.

—Entonces, ¿quieres pasar? —preguntó ella mientras bajaba el revolver asegurándose de que el cañón del arma jalara un poco el cuello de su blusa abierta hasta el tercer botón.

—Por supuesto —contestó él llevando colocando el seguro de su Magnum antes de llevarlo al interior de la chaqueta.

***

Este relato se publicó originalmente en el blog del autor, De Histerias Cortas: https://dehisteriascortas.wordpress.com/2018/08/20/cita-a-ciegas/

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