LOIS SANS
Me parece increíble echar de menos a mis padres después de las peleas y tensiones que, habitualmente, tenemos por cualquier motivo. Sin embargo, ahora desearía tenerlos a mi lado, aunque tuviera que escuchar la bronca que me merezco.
Incluso, si cierro los ojos, tengo la sensación de que me llega el aroma dulzón del perfume de mamá mezclado con el olor a cítricos de la colonia de papá.
Necesito fundirme en un apretado abrazo con mamá mientras apoyo mi cabeza en su hombro al mismo tiempo que papá nos ameniza con su charla recriminadora moviendo el dedo índice como justificando su discurso.
Incluso me gustaría poder abrazar a mi hermana María, tan guapa, inteligente y perfecta que no deja espacio para mis frecuentes meteduras de pata.
De repente tengo la extraña sensación de ver pasar mi vida por delante de mí como si estuviera mirando una película. Veo pasar esos dieciséis años de existencia con algunos recuerdos buenos, otros malos y con dos experiencias amorosas que, de alguna manera, han marcado mi forma de ser y de pensar.
Dicen que nací un lunes del mes de marzo, mientras en el cielo las nubes se peleaban chocando unas con otras, provocando aterradores truenos y relámpagos, al tiempo que las calles de la ciudad se inundaban como si se preparara un nuevo diluvio universal.
Sé que crecí a la sombra de mi hermana María, esa hija perfecta que cualquier madre hubiese deseado. Tanto físicamente, porque es una preciosa rubia con los ojos azules, la piel suave y blanca como una muñeca. Como intelectualmente, ya que es lista, educada y obediente. Por supuesto, siempre ha sido de las mejores de la clase, tan popular y divertida que las niñas la adoran y los niños la admiran y desean.
Y es que al final he llegado a la conclusión que esperaban que yo fuese un chico y, por eso, eligieron para mi hermana el nombre de la abuela, María y para mí el nombre del abuelo, Agustín, bueno, Agustina. Por suerte, papá, cariñosamente y, desde siempre, me ha llamado Tina.
Por supuesto, soy completamente diferente a mi hermana, mi piel es muy morena, pelo negro y ojos oscuros. Además, no me gusta estudiar, soy desobediente por naturaleza y rebelde hasta el punto de sacar de quicio a mis padres, pero, sobre todo, a mi madre.
No ha sido difícil descubrir que María es igualita que mamá, se parecen muchísimo físicamente y tienen los mismos gustos, vestir de rosa, pintarse las uñas, mirar películas románticas y los programas del corazón. Por el contrario, yo me parezco más a papá, me encantan los deportes, las películas de terror, vestir con vaqueros y leer cómics.
Supongo que, por eso, cuando era pequeña, papá me llevaba al fútbol, siempre que jugaba el equipo local en casa. Recuerdo que me compraba una bolsa de chuches y nos sentábamos en la tribuna, detrás del alcalde y las autoridades, luego desplegaba la pancarta y animábamos al equipo.
En realidad, en ningún momento he intentado asemejarme o intentar ser mejor que mi hermana, ni heredar nada que no fuera su ropa nueva cuando ya no le va bien, siempre y cuando no sean vestidos cursis. Ella es cinco años mayor y, está claro, que me lleva demasiada ventaja.
Por suerte papá siempre me ha defendido, incluso creo que, algunas veces ha ocultado a mamá alguno de los líos en los que me he metido. Cuanto le echo de menos, seguro que si lo supiera me salvaría del embrollo en el que estoy ahora.
Desde que nací, María me ha hecho la vida imposible, tratándome de patosa, inútil y recordándome continuamente que soy “la pequeña”, insoportable y rarita de la familia, sin embargo, nuestra relación cambió una noche en la que nuestros padres habían salido a cenar y nos dejaron solas. Mientras mi hermana se estaba duchando, llamaron al timbre, era su amiga Marta que entró radiante, demasiado guapa y elegante para quedarse a dormir en casa.
Mientras se colaba en la habitación de María, decidí espiarlas, porque llegué a pensar que se escaparían para ir a alguna fiesta y yo no pensaba quedarme sola en casa, si ellas salían de marcha yo también.
Cuando me pareció que había pasado el tiempo suficiente como para que mi hermana hubiese acabado con la ducha y se hubiese preparado para lo que fuese, abrí la puerta de par en par, descubriendo a las dos chicas desnudas, en la cama, comiéndose a besos. Me quedé paralizada mirándolas hasta que Marta me descubrió y vociferó:
• ¿No te han enseñado a llamar a la puerta, mocosa?
Alucinada por lo que acababa de presenciar, me marché dando un portazo y me encerré en mi habitación, intentando poner en orden todo lo que acababa de presenciar hasta que, de pronto, entró mi hermana hecha una furia, gritándome como una loca. Sin embargo, yo ni me inmuté, me quedé observándola, sin decir nada, simplemente desafiándola, con mi mirada enganchada a la suya, hasta que se dio cuenta de que yo había ganado la partida, no tenía más remedio que comprar mi silencio. Y desde esa noche, puede que nuestra relación no sea extraordinaria, pero siempre nos apoyamos y nos cubrimos la una a la otra.
Debido a que mi hermana es, como dicen muchos, una belleza nórdica, a mi me ha tocado quedarme en segundo plano y siempre me he creído que era el patito feo de la familia, sin embargo, al cumplir los catorce, me di cuenta que tenía algunos admiradores, tal vez no tantos como María, pero no me podía quejar, aunque eso sí, parecía que siempre me gustaba alguno que no me hacía caso y en cambio, a mí no me gustaban los que querían salir conmigo.
David fue uno de esos casos, estaba loco por mí y siempre me invitaba a salir, me piropeaba, me regalaba rosas, pulseras, cómics. Era tan atento y obstinado que una tarde de verano que me invitó a un helado y, después de insistir una vez más, le dije que sí.
Y empezamos una relación adolescente, con besos apasionados, caricias suaves y fugaces, excursiones en kayak o paseos románticos a la luz de la luna, hasta que una noche, con la excusa de que sus padres estaban de vacaciones, me invitó a su casa. Al principio me negué, ya que, al contrario que muchas de mis amigas, yo era virgen y no me sentía preparada para dar el paso o, tal vez, no estaba convencida de que él fuera la persona adecuada. Sin embargo, después de mucho suplicar, acabé claudicando y a la hora convenida me llevó al ático donde vivía.
Abrió la puerta y me cogió en brazos, adentrándose por un pasillo largo y estrecho iluminado con cientos de velas de color rojo que iluminaban tenue pero románticamente el camino hasta la habitación de sus padres. Me dejó suavemente en la gran cama de matrimonio mientras me besaba dulcemente en la cara, bajando por el cuello, haciéndome estremecer.
Me pidió que me quedara como estaba y él se acercó a un mueble donde había una minicadena de música y empezó a sonar una romántica canción. Mientras bailaba al son de la música, empezó a desnudarse, sensual y lentamente, quedándose en ropa interior.
A continuación, se acercó y cogiéndome de las manos tiró suavemente de mí y me abrazó, luego bailamos mientras me besaba suavemente en los ojos, las mejillas, los labios para fundirnos en un apasionado beso en la boca, consiguiendo que me relajara y le deseara.
Sin dejar de bailar, pegado a mí, me desnudó, quedando los dos abrazados sin nada más que nuestra piel tersa y joven, oliendo a deseo, sexo y pasión.
De nuevo me cogió en brazos y, depositándome suavemente sobre la cama, me rozó con su lengua en el cuello, lamiéndome dulcemente los pezones, al tiempo que sus manos acariciaban hábilmente cada pliegue de mi sexo.
No sé de dónde sacó un preservativo y entregándomelo me pidió que se lo colocara, consiguiendo que formara parte del juego. Luego, me pidió permiso para entrar en mi parte más íntima, aunque ya hacía rato que lo deseaba. Con mucho cuidado me penetró y se movió suavemente, al compás de la música que nos acompañaba, logrando que, al unísono, alcanzáramos el éxtasis de nuestra pasión, para luego dormirnos abrazados, felices y extenuados hasta que una música insistente me despertó.
Asustada, como saliendo de un sueño del que no quería despertar, abrí los ojos, mirando extrañada y, sin reconocer, la habitación donde estaba. Miré a mi lado y vi a David, durmiendo a pierna suelta, me pareció muy guapo, sin embargo, esa melodía que me taladraba la cabeza no sabía de dónde venía hasta que descubrí que se me había caído el móvil debajo de la cama y no paraba de sonar. Lo cogí extrañada descubriendo cientos de llamadas de mi amiga Margarita, donde presuntamente estaba pasando la noche o eso es lo que había dicho a mis padres, y de mi hermana. Volvía a sonar, mi hermana seguía insistiendo, seguro que era importante, así que decidí contestar:
• ¿Qué ocurre, María?
• ¡Por fin! ¿Por qué no has cogido el teléfono? Es urgente, tienes que venir enseguida, el abuelo está en el hospital. Todos preguntan por ti y he tenido que inventar mil excusas menos mal que Margarita me ha ayudado – explicó atropelladamente y muy nerviosa.
• ¿El abuelo? ¿en el hospital? Voy enseguida – dije asustada.
Me vestí rápidamente mientras se lo contaba a David. Avisamos a un taxi y me acompañó hasta la entrada de urgencias. María me esperaba llorando, el abuelo había tenido un ataque al corazón y no lo había podido superar.
En el momento que me dijo que el abuelo estaba muerto me sentí la peor persona del mundo. Mientras él estaba luchando por vivir yo estaba con David. Le hice culpable de todo, incluso llegué a odiarle. También me odiaba a mí misma, ni siquiera había podido despedirme del abuelo y eso me parecía imperdonable. Le pedí que se fuera y abrazada a María lloré desconsoladamente.
Descubrí que del amor al odio hay un solo paso y, después del entierro, le pedí a David que dejáramos de vernos, aunque él, después de nuestra noche romántica, no entendía nada y no paraba de insistir.
Caí en el pozo de la tristeza y me aislé de mis amigas, no tenía ganas de nada, solamente quería estar sola y llorar, creí que era lo que merecía por haber disfrutado de una noche de sexo cuando mi abuelo estaba muriendo en una cama del hospital. Era como un castigo que me auto exigía, como una purga para reparar un daño que ya no tenía solución.
En casa estaban realmente preocupados, de repente ya no era aquella niña que siempre se metía en líos, pero que llevaba la alegría a donde iba. Me había transformado en una niña adulta con la tristeza reflejada en los ojos.
Mamá no sabía qué hacer, me obligó a ir a un psicólogo, pero no me dejaba ayudar. Papá intentaba pasar más tiempo conmigo, compartiendo aquellas cosas que antes me divertían, sin embargo, nada funcionaba. Incluso María me invitaba al cine o a salir con sus amigas, pero yo no quería salir de casa, ni siquiera iba a clase.
Pasaron un par de meses y un día que María se preparaba para ir a una fiesta a la playa, insistió tanto que me dejé convencer, así que preparamos unas mochilas, incluso nos llevamos los sacos de dormir por si queríamos quedarnos a pasar la noche en unas casetas de madera.
Pedro, el novio de mi hermana, nos vino a buscar en su coche y aparcó cerca de una playa larga, sin embargo, caminamos por un pequeño bosque de pinos hasta llegar a una cala donde, prácticamente, estaba todo preparado. Era una pequeña caleta de pequeñas piedras redondas, con un par de casetas de madera y habían instalado unas mesas plegables con comida y bebida, sonaba la música de moda. Fueron llegando todos los invitados, la mayoría eran mayores que yo, más o menos de la edad de mi hermana.
Me quedé pensativa al lado de una de las casetas, me estaba arrepintiendo de haber ido a la fiesta, me sentía fuera de lugar porque no conocía a nadie cuando le vi, tan alto,
delgado, con el pelo rubio, rizado y con cara de niño. Se parecía a un actor de cine, Brad Pitt, creo que se llama. Por primera vez en varios meses sentí que algo se movía dentro de mí y mi corazón empezó a latir más rápido de lo normal.
Le observé disimuladamente y, de repente, como si hubiese adivinado que le estaba mirando, se me acercó y entregándome una margarita me preguntó:
• Hola, soy Ángel. Una flor para una bella dama Por cierto ¿Cómo te llamas?
• Tina – contesté esbozando una débil sonrisa mientras cogía la flor y él rozaba ligeramente mis dedos con los suyos.
No nos separamos en toda la noche, comimos, bebimos, bailamos y charlamos como si nos conociéramos de toda la vida. Creí, desde el primer momento, que había encontrado mi ángel de la guarda, sentí que era mi alma gemela.
A partir de aquel día empezamos a salir juntos, iluminando, después de varios meses, mi oscura y triste existencia. Consiguiendo que me sintiera viva y diferente. Volví al instituto y luego él venía a buscarme para llevarme en bicicleta, cayac o a bailar salsa. Siempre tenía una propuesta nueva y original. Nunca sabía dónde iríamos y eso me encantaba.
Hasta que un día me dijo:
• Ya es hora de contarte mi secreto, me gustas mucho y quiero compartir contigo mi verdadera pasión.
Lo observé realmente intrigada, impresionada por tanto secreto y le seguí hasta un edificio muy alto, un rascacielos. Montamos en el ascensor y me vendó los ojos con un pañuelo de seda que olía a rosas, luego nos besamos apasionadamente consiguiendo que me relajara.
Cuando el ascensor paró, me ayudó a salir y me guio por una estrecha escalera hasta que llegamos a la azotea. Cuando abrió la puerta una suave brisa nos envolvió, mientras él me llevaba hasta la barandilla, entonces me pidió que me colocara de cara a la calle con los brazos en cruz como la protagonista de Titanic, y quitándome la venda, me mostró el paisaje más extraordinario y escalofriante a la vez. Teníamos la ciudad a nuestros pies mientras el cielo se teñía de rojos, anaranjados y amarillos en una puesta de sol increíble.
Miré hacia abajo, solo a un paso del infinito, la vista de los tejados de las casas y al final las plazas y calles con la gente y los coches muy pequeños, como si fuesen de juguete, como una ciudad miniatura a la que juegan los niños. A lo lejos se divisaba el mar, con algún velero navegando y gaviotas volando, tal vez buscando alimentos en la playa o algún pez despistado para cenar.
Ángel me sujetaba por la cintura y, por un momento, pasó por mi cabeza dar un paso adelante dejándome ir, volando como una feliz gaviota en busca del mar. Supongo que se dio cuenta, porque se abrazó a mí fuertemente y entró en el interior de la terraza, buscando una zona más segura.
Nos sentamos en el suelo y me dijo:
• Hay personas que flipan escalando las montañas más altas, otras corren para sentirse bien, hay quien gusta de bajar a cuevas profundas, a mí me gusta caminar, correr, saltar por los edificios más altos, para mí es como si tuviese la posibilidad de tocar el cielo, me hace sentir libre. Hasta ahora no se lo había dicho a ninguna de las chicas con las que he salido, pero sé que tú eres diferente. ¿Quieres tocar el cielo conmigo?
Estaba fascinada, el corazón me latía a mil por hora, nos sabía que decir. Una parte de mí deseaba probar esa locura y la otra estaba aterrorizada. Sin embargo, desde que estaba con mi Ángel volvía a tener ganas de disfrutar de la vida así que, sin pensarlo demasiado contesté:
• Por supuesto, estoy deseando aprender, quiero tocar el cielo contigo.
Nos besamos sellando nuestro pacto mientras el cielo oscurecía y un manto de estrellas nos arropaba al tiempo que yo me estremecía, no sabría explicar si por culpa de la brisa fresca que nos envolvía o por el recelo de emprender esa inquietante experiencia.
Bajamos a la cafetería y me mostró varios videos de parkour, algunos realmente turbadores y al final me enseñó un video suyo, con sus amigos en este mismo edificio del que acabábamos de bajar.
Esa noche no dormí, inquieta no podía sacarme la puesta de sol tan asombrosa que había vivido con Ángel y tampoco los espeluznantes videos caminando entre rascacielos o selfis a miles de metros de altura, desafiando la ley de la gravedad.
Por la mañana, mientras estaba preparando el desayuno se me acercó María por detrás y me susurró al oído:
• Desde que estás con Ángel se te ve feliz, me alegro de que os vaya bien, pero hoy tienes mala cara. ¿Ha ocurrido algo?
• No, todo está bien, solo que he pasado mala noche – dije sonriendo, sin atreverme a explicarle toda la verdad.
• Bueno, pero si quieres podemos hablar, seguro que te iría bien – insistió ella.
• No es nada importante, todo va bien, de verdad María. Gracias de todas formas – me apresuré a contestar mirando de reojo a papá que parecía que no se perdía ni una palabra de nuestra conversación.
Me apresuré a desayunar y, excusándome de que tenía un examen, salí corriendo para evitar más preguntas incomodas.
En el instituto las horas pasaron lentamente, me era imposible concentrarme, en mi cabeza pasaban los videos que Ángel me había enseñado, algunos de ellos realmente turbadores.
Por fin llegó la hora de salir, era viernes, las clases acababan a las 2 y ya no había que volver hasta el lunes. Salí a toda prisa y allí estaba él, con sus rizos dorados, apoyado a
su motocicleta roja, esperándome sonriente. Al verlo mis piernas temblaron no sé si de alegría, de miedo o todo a la vez.
Nos besamos tiernamente en los labios, nos pusimos los cascos y salimos de allí impulsados por una agradable sensación de libertad.
Le pedí que me llevara a casa, quería dejar la mochila y cambiarme de ropa, aunque enseguida descubrí que no era muy buena idea. Mientras me esperaba llegó mi madre y le miró de arriba abajo examinándolo descaradamente, iniciando una rueda de preguntas a las que él no sabía ni cómo responder.
Besé a mi madre en la mejilla anunciándole que no me quedaba a comer, que ya nos veríamos luego mientras ella me observaba gratamente sorprendida, supongo que al verme con un chico pensó que había terminado mi época depresiva y eso la aliviaba.
Fuimos a comer a un famoso restaurante de comida rápida. Mientras tanto no dudo un momento en enseñarme nuevos videos de parkour, con chicos y chicas aprovechando para hacerse selfis en los lugares más inverosímiles, a miles de metros de altura, desafiando la ley de la gravedad.
Me prometió que hoy iba a ser un día muy especial, un día que iba a recordar el resto de mi vida y puedo decir que así ha sido.
Después de pasear cogidos de la mano, al tiempo que comíamos un helado, esperamos pacientemente a que el atardecer nos regalara un cielo de colores y me llevó a un rascacielos al que él había ido varias veces. Subimos hasta la última planta en ascensor, mientras aprovechábamos para besarnos y acariciarnos apasionadamente.
Luego subimos corriendo el último tramo de escaleras hasta la azotea. Con una tarjeta de crédito abrió la puerta que estaba cerrada con llave y salimos a la azotea.
El sol preparaba su despedida y la luna asomaba a lo lejos dejando un paisaje realmente romántico. Me beso mientras me acariciaba el culo y me metía mano por debajo del jersey.
Por un momento, imaginé una sesión de sexo en la terraza de un edificio, sin embargo, separándose lentamente de mí me dijo:
• ¿Estás preparada para tocar el cielo conmigo?
• Si, por supuesto – contesté con un ligero temblor en la voz, sin saber exactamente a qué tenía que estar preparada.
• Hoy será tu iniciación – indicó sonriendo mientras me guiñaba un ojo y me parecía el chico más sexy que había conocido nunca.
• Ahora sígueme y haz exactamente lo mismo que yo y, sobre todo, vigila donde pones los pies – concretó con seriedad.
• De acuerdo, como tú digas – contesté cada vez más nerviosa.
Subió a la baranda de piedra y me tendió su mano. Temblando le di mi mano y tiró de mí hacia arriba quedando los dos encima de la pared, saltó al otro lado encima de una repisa de unos veinte centímetros, yo bajé con cuidado, cada vez más atemorizada.
Empezó a caminar, mientras grababa con el móvil cada uno de los pasos que hacia y yo detrás de él, intentando poner los pies con cuidado, muerta de miedo.
El paisaje era precioso, la ciudad allá abajo se empezaba a iluminar, y en el cielo unas nubes se transformaban en figuras de algodón, rojas, azules y anaranjadas.
No sé en qué momento dudé y perdí pie, quedando colgada, agarrada a una pared escabrosa apoyando las puntas de los pies en una pequeña repisa de unos centímetros de ancho, no más.
El corazón me dio un vuelco y grité:
• ¡ÁNGEL! ¡Espera!
Se dio la vuelta y le cambió la cara, mientras murmuraba:
• No me lo puedo creer. ¿Qué voy a hacer ahora?
Saltó al interior de la terraza e intentó agarrarme de las manos para tirar de mí, supongo, sin embargo, yo no estaba dispuesta a dejar la pared.
• Vamos, confía en mí, suéltate, yo te agarro – gritó nervioso.
• No puedo, tengo mucho miedo – contesté con voz tremulosa.
Él seguía intentando agarrarme de las manos, pero yo no me dejaba, el pie también me resbalaba, ya que la repisa era demasiada pequeña.
Entonces, intentando parecer más tranquilo de lo que estaba, me dijo:
• De acuerdo, no te muevas, voy a llamar a los bomberos
No sé cuanto rato ha pasado desde que me dijo que llamaba a los bomberos, sin embargo, me siento como una moribunda viendo pasar mi vida ante mí. Soy consciente que no podré aguantar mucho más, porque tengo las manos sangrientas, las puntas de los pies dormidas y desde que ha empezado a caer esa fina lluvia tiemblo no sé si de miedo o de frío. Cierro los ojos y decido dejar e sufrir, soltarme de una vez, tal vez así consiga volar como una gaviota, como en los sueños de cuando era pequeña. Si no, siempre me queda la resignación de que el abuelo me estará esperando.
Justo en el momento que me suelto, noto que una fuerza tira de mí hacia arriba depositándome en el suelo de la azotea y veo dos fornidos y valientes bomberos que me han salvado. Me abrazó a uno de ellos, no puedo parar de llorar.
Luego veo llegar a María, corriendo, detrás de ella viene Ángel y los dos se abrazan a mí, haciéndome sentir importante, me siento querida.
Eso sí, estoy segura de que nunca más volveré a intentar tocar el cielo.
FIN

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