ROCÍO PRIETO VALDIVIA

 

Hoy por la mañana Pepe el Toro había reencarnado en Georgina.

Sin darse cuenta, de su viejo ropero habían salido unos jeans de vestir, la blusa a rayas con bolsas a los lados, ese par de botas negras a media pantorrilla. Dobló su pantalón dentro de la bota, según, para verse más sexi. La pendeja jamás se vio al espejo. De sexi no tenía ni el trasero de limón chupado que enfundó tras una ardua batalla en sus jeans. Su blusa de rayas la hacían parecer un salvavidas exótico o una dona rayada por un chiquillo travieso.

Minutos más tardé mientras pasaba por una acera cercana a la tienda de ropa donde solía comprar siempre, ese albañil cabrón le gritó: ¡Torito! Gina volteó al aparador junto al que caminaba para ver ese cuadro grotesco. Apresuró la marcha y entró a la tienda. Tomó esa blusa de flores, y salió de nuevo a la calle, cual canasta en primavera.

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