ANA MARÍA OTERO

 

–Basado en hechos reales–

 

Aquella tarde del mes de julio, en la que el calor no apretaba tanto como los días anteriores, decidí visitar a mi tía. Ella regentaba una tienda de artesanía.

Desde lejos ya podía divisar las rejas de color verde y los dos focos del mismo color, que a decir verdad, nunca vi encendidos. En el escaparate, gran cantidad de artículos llamaban la atención de los caminantes que recorrían la no muy concurrida calle en la que se encontraba, los cuales no podían evitar dirigir su mirada a aquellas figuras extrañas, a esos rostros de porcelana con ojos cristalinos.

Abrí la puerta de cristal y sonó una campanilla. Al fondo vi a mi tía levantar la cabeza para ver quién era el que entraba. La saludé y ella a mí. Allí estaba también mi prima, terminando un cojín a ganchillo. Al entrar no pude evitar echar una ojeada a la gran cantidad de muñecas de porcelana que tanto miedo me habían causado siendo niña.

Mi tía me mostró lo que estaba haciendo. Se trataba de un trajecito de color azul claro. Su destino era el de arropar a un payasito de porcelana que posteriormente sería vendido.

Al poco rato entró un cliente que se interesó por uno de los objetos que se encontraban en una vitrina al lado de la puerta.

Mi prima y yo intercambiamos algunas palabras. Yo comencé a mirar como tantas otras veces, los cuadros que decoraban las paredes. Paisajes enigmáticos, algunos tan cargados de vida que parecía que de un momento a otro aparecería un caminante, o un pajarillo volando de rama en rama. En un lienzo colocado sobre el caballete, un paisaje que todavía no había cobrado forma. Sólo unas manchas marrones y lilas hacían prever lo que allí se quería expresar. Todos esos cuadros los había pintado ella, mi tía.

El cliente desapareció después de un rato y otra vez reunidas comenzamos a hablar de cosas vanas, del tiempo, de la familia… Cualquier cosa antes de abordar esos temas de ocultismo que tantas veces me habían quitado el sueño.

Se estaba tan a gusto que las horas volaron y cuando nos dimos cuenta, la noche había caído, pero decidimos dejar de lado el latoso reloj y dar rienda suelta a nuestras necesidades de…, ¿compañía?, ¿ejercitar nuestros órganos de la palabra? Cualquier excusa era buena. El reloj volaba y nosotras no pretendíamos aterrizar.

El caso es que el timbre de la puerta sonó y un hombre se acercó a la parte trasera de la tienda. Mi tía le miró de arriba abajo. Su cabello de color oscuro, aunque con ramas grisáceas, no excesivamente corto. Su vestimenta no llamativa: una camiseta de color verde, sobre la que llevaba una fina cazadora de color negro, y unos vaqueros no muy gastados. Sus zapatos negros destacaban por su carencia de brillo.

El extraño fijó sus oscuros ojos en ella que se había acercado y pronunció unas palabras que hicieron que mi prima y yo saltáramos de la silla:

-Esto es un atraco-exclamó.

Mi tía, con falso temple, sólo pudo pronunciar:

-¿Qué?

-Esto es un atraco-repitió el individuo.

Mi prima, que había dejado caer al suelo la labor que tan cuidadosamente había comenzado, estiró la mano y se hizo con el martillo que, gracias a Dios, su madre había olvidado guardar tras arreglar unas bisagras de la máquina de coser y lo escondió tras de sí.

Yo, en mi desesperación, busqué unas tijeras, las que solían usar en sus labores, pero allí no había ni rastro de ellas, ni de cualquier otro objeto punzante con el que poder defenderme. Después pensé en la guitarra de mi tía. Como último recurso serviría para romperla en la cabeza de aquel individuo que osaba profanar la paz que allí se respiraba y supuse que pese al cariño que ella le profesaba, más aprecio le tendría a su propia vida.

Por su parte ella controló la situación con una fingida tranquilidad y tras la dura exclamación del individuo contestó con gran naturalidad:

-¡Para lo que vas a robar aquí…!

En ese instante el tío dirigió su mirada a la trastienda y se percató de que no estaba sola y dada la tranquilidad con la que ella actuaba debía haber algún King Kong dispuesto a partir un par de huesos al que pretendiera sustraer algo y fue entonces cuando ideó un plan para salvar la situación y por ello dijo:

-¡Pero, mujer, si es una broma! ¿Cuánto cuestan las figuras del estante?-inquirió sin apenas mirar hacia el lugar al que su dedo señalaba.

Mi prima y yo nos quedamos allí paralizadas de miedo, armadas con martillo y guitarra, aguardando algún indicio de ataque por parte del sujeto.

Mi corazón latía con tal fuerza que temí por un instante que el atracador pudiese oírlo.

El caso es que aquel indeseable que tanto miedo nos hizo pasar abandonó el establecimiento con una falsa sonrisa.

Mi tía, que no hubiese podido soportar dos minutos más de tensión, se acercó lentamente. Sus piernas temblaban como si un terremoto sacudiera la tierra por la que pasaba.

Una vez devueltas a su lugar de origen nuestras armas defensivas, caminamos las tres hacia la puerta con intención de echar la llave.

Para tranquilizarnos nos sentamos y repartimos entre las tres un trozo de pastel que no habíamos tomado antes con el café.

Una vez superado el shock comenzamos a frivolizar sobre el asunto. ¿Qué diría el periódico en el caso de que algo nos hubiese ocurrido?

Un sangriento y enigmático asesinato fue descubierto el pasado día dieciséis cuando un cliente entró en la tienda en la que se ejecutaron los crueles asesinatos de dos jóvenes y la madre de una de ellas. Según la policía que no cesa en su investigación, el asesino no dejó ninguna pista. El jefe de policía de la ciudad de Vigo afirma que existe la sospecha de que se trate de un ajuste de cuentas”.

Con el miedo aún en el cuerpo abandonamos el local y nos apresuramos al coche de mi tía que arrancó en el silencio de la noche”.

 

http://anamariaotero.com

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