MOISÉS ESTÉVEZ

El médico pasó temprano, Erika aún no había desayunado, desayuno
que pese al lugar y los tópicos no estaba nada mal. Le dijo que si los
resultados de las últimas pruebas realizadas no deparaban nada fuera de lo
normal, podría abandonar el hospital mañana mismo.
Un sentimiento de angustia y temor chocaba frontalmente con la buena
noticia, una angustia que la embargó y un temor que se apoderó de ella al
pensar en el hecho de volver a casa, sola. Se sentía vulnerable y no se veía
preparada psicológicamente para retomar su vida diaria.
El agente de policía que en aquel momento cubría el turno de su
vigilancia, desde la puerta de la habitación, se cercioró del cambio en el
semblante de la chica, por lo que esperó a que el doctor se fuera para
preguntarle si se encontraba bien y que era lo que le preocupaba. Aunque
estaba seguro de lo que le ocurría, esperó a que Erika hablara.
No pudo más que sincerarse, transmitiéndole sus miedos e inquietudes,
la inseguridad sobrevenida debido a la brutal agresión que había recibido. El
agente intentó esbozar una media sonrisa tranquilizadora a la vez que le decía
que no temiera, que una vez regrese a casa no la perderían de vista ni un
segundo y que no le faltaría ningún tipo de apoyo.
Poco consuelo supuso para Erika las palabras de aquel joven policía,
aún así, se mostró agradecida. Se tumbó completamente en la cama, cerró los
ojos, respiró hondo, intentó apartar algunos pensamiento de su mente e hizo
un esfuerzo por dormir un rato.

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