XAVI ALTA

#Reload

Nunca lo diré en voz alta. Nunca he querido reconocerlo. Pero es así.

Dicen los entendidos que la primera vez es la más difícil. La más dura, la que deja secuelas imborrables. A menudo es una primera vez inducida, he oído sentenciar, un acto a vida o muerte que te obligó a elegir dramáticamente, que no te dejó alternativa.

Otros proclaman que siempre hay alternativa, que siempre existe la opción de no matar, de dialogar, de convencer. Sería jocoso si no hablaran enserio. ¿Alguien en su sano juicio piensa que puedes convencer a un asesino de que deponga sus intenciones con el noble arte de la oratoria?

También hay quién afirma que matar te mata. Lentamente, como un cáncer o una enfermedad terminal, pues deshumaniza al individuo, lo destierra de la sociedad, lo ahuyenta del mundo de los vivos, pudriéndolo.

La única teoría que me satisface de las oídas o leídas gracias a los supuestos entendidos es la que dice que el asesino toma la fuerza, toda la energía del muerto. Tampoco es cierto pero me gustaría que lo fuera. Me parece una idea romántica, épica. Pero la realidad es mucho más vulgar. La víctima va a morir porque es el débil.

No sé cómo se llamaba el primer hombre al que maté. Pero no me supuso gran dificultad ni debates morales. Quería hacerlo. Debía hacerlo. Además, me lo pusieron fácil. Estaba atado a una silla, más acojonado que inmovilizado, y el Castor me tendió el arma. Todo tuyo. Levanté el brazo, me acerqué pues no puedes fallar a un par de metros pero mejor asegurarse de atravesarle la cabeza, me miró suplicante, gimiendo, le devolví la mirada sin acomplejarme y apreté el gatillo.

Nunca me preocupé en conocer su nombre, ni la razón que lo postró en aquella roída silla de madera. Hice mi trabajo, por el que me pagan, y di media vuelta.

Desde aquella aséptica primera vez ha habido unas cuantas más. No las he contado pero son varias decenas de seres humanos cuyo cerebro ha dejado de recibir sangre después de que yo hiciera mi trabajo.

Hombres, mujeres. Mayores, jóvenes. Honestos, deshonestos. Culpables, inocentes. Nunca me ha interesado la historia entre bambalinas. No me aporta nada. Ni me enriquece, ni empobrece. Simple ruido. Palabras que se lleva el viento.

Recibo el encargo, acompañado de la mitad de mis honorarios, respondo afirmativamente al cliente, dándole un plazo de ejecución del trabajo, y lo cumplo. Escrupulosamente. Eficientemente. Y cobro la segunda mitad.

El sobre marrón está en el buzón del apartado de correos que recibe mis encargos. Suelo revisarlo una vez por semana, cada lunes. Cuando lo abro me sorprende la imagen de la fotografía que completa los datos del cometido.

Tal vez otra persona, otro profesional, sentiría reparos. Pero yo me limito a contar los billetes, es correcto, escribo OK 3D en rotulador negro en el interior de un sobre comercial al uso, blanco inmaculado, sin ventanilla, y lo dejo en la ranura de mi buzón, un par de milímetros asomado para que el cliente pueda tomarlo con unas pinzas de cejas y confirmar la aceptación de la encomienda.

Esta vez, no me hace falta dirección ni otras señas para localizarle. Las conozco perfectamente. Será tan simple el trabajo que cuando monto en mi Ducati Monster 821 Stripe, pagada al contado con mi último trabajo, ya sé cuándo, cómo y dónde voy a hacerlo.

36 horas después me mira a los ojos, suplicando, interrogativamente. Se ha arrodillado en el suelo, gimiendo, pero ni tiene arrestos para enfrentarme, para luchar por su vida, ni tiene coraje para escapar a su destino.

Otro profesional seguramente hubiera utilizado un arma de larga distancia. Matar a un conocido, a alguien con quién se supone que te une un vínculo, sea afectivo o social, puede provocar dudas, reticencias, sentimientos encontrados que limiten tu capacidad de acción. Pero no es mi caso. Nunca lo ha sido.

Además, no tengo puntería suficiente para acertar una diana móvil a 150 o 200 metros, así que respeto mi modus operandi.

Le he esperado en el parking de su domicilio. Como era de prever, ha llegado pasadas las 9 de la noche, cansado de una dura jornada laboral, satisfecho por una rápida visita al piso de su amante. A dos metros de distancia, arrodillado sobre el cemento del subterráneo, huele a sudor y a perfume femenino.

Ahora también a orines pues tampoco es capaz de controlar sus esfínteres. No me demoro, no escucho. Solamente oigo el zumbido de la bala escupida a través del silenciador que decora mi fiel Glock 26.

Su cuerpo cae hacia atrás, apoyándose en la puerta abierta de su BMW serie 5. Alargo la mano para sostenerle, lo monto en el asiento del que ha bajado hace escasos minutos, cierro la puerta y me voy, satisfecho del trabajo bien ejecutado.

Hoy no subiré al ático del edificio como he hecho otras veces. No saludaré a Blanca ni a Clara. Prefiero dirigirme al Flannaghan, el pub de debajo de mi apartamento, para celebrar otro trabajo bien resuelto y tener coartada en caso de que algún día algún policía más avispado de lo normal acabe dando con mis actividades.

Cuando Blanca me llama al móvil, diez minutos después de haber pedido el bourbon con hielo, está histérica, llorando, maldiciendo, gimiendo como una desesperada. Voy enseguida, prometo, me quedaré a tu lado, pues aparte de su hija, soy el pariente más cercano que le queda.

Pero actuaré con tacto y no le diré que Germán ya era el débil cuando compartíamos la matriz de mi madre.

 

Un comentario sobre “Matar es fácil #Reload

  1. Ante todo diré, que traté de mantener de lado, las consecuencias directas del “trabajo” del personaje, pues como enemigo de la violencia detesto, repudio, todo acto que la involucre; por lo tanto leí, con suma atención, el desarrollo del tema en cuestión, y debo destacar la maestría demostrada por el escritor de este espeluznante relato.
    Lo que sí, me gustaría leer, de ser posible, otras de sus creaciones, que abarquen otros temas.
    Shalom

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