ALEX BLAME

Los americanos lo habían calculado todo al milímetro y la llegada del hombre a la luna coincidía en Domingo. Milo se puso frente al televisor y cruzó los dedos observando como el módulo lunar se iba acercando poco a poco a la superficie del satélite acompañado de los comentarios de Jesús Hermida con su característica voz pausada y con las voces en inglés y el ruido blanco de la radio de los astronautas de fondo.

Como todo el mundo, estaba tan emocionado que en ocasiones se olvidaba de respirar, pero al contrario que el resto no le importaría demasiado el hecho en sí de que Armstrong pisase finalmente la luna. Le importaba un carajo que el hombre hubiese dado un gran paso para la humanidad. Lo que realmente le emocionaba es que había ganado la apuesta. Probablemente ella no le diese tanta importancia, pero  para Milo era la oportunidad que siempre había esperado y había tenido que hacerlo tres largos años.

Pensó en llamarla en cuanto terminase la retrasmisión, pero finalmente se contuvo y decidió hacerlo al día siguiente, a su oficina, consciente de que allí estaría sola y podría hablar con más libertad.

—¿Diga?

—Hola, Judith soy Milo.

—Hola, Milo ¿Qué tal? —preguntó la joven con acento cantarín.

—Bien, muy bien. ¿Y tú?

—Aquí, liada con el trabajo. El jefe se debió levantar con el pie izquierdo que no para de darnos trabajo y echarnos la bronca. En fin, ya sabes… y encima este maldito calor.

—Hablando de pies, supongo que viste como el señor Armstrong pisaba la superficie de la luna.

—Sí, lo vi. —replicó ella sin poder ocultar su  fastidio.

—No necesitarás que te recuerde la apuesta que hicimos…

—Vamos, tío. Eso fue hace tres años. De eso hace una eternidad.

—Yo no tengo la culpa de que apostases por el caballo perdedor.

—Cuando apostamos, los soviéticos habían puesto una sonda en la superficie de la luna, parecía que estaba todo a su favor.

—Sí, sí, pero una apuesta es una apuesta. Ahora no te puedes rajar. —insistió Milo.

—¡Jo, Milo! Sabes que tengo novio…

—También lo tenías cuando apostaste. —le interrumpió Milo— Y eso no te paró entonces.

—No tienes piedad.

—Tampoco la tuviste tú cuando me obligaste a atravesar el parque de Santa Eugenia en bolas, o cuando me obligaste a darme un baño en pleno enero en la playa de Gijón con tres grados de temperatura. Para una vez que gano una apuesta no pienso renunciar a las ganancias.

—Por favor.  —dijo ella intentándolo por última vez—  ¿Qué le voy a decir a Juanma? ¿Y cómo voy a cambiarme en los vestuarios de la piscina, delante de mis amigas?

—Puedes decir que pillaste ladillas.  —dijo Milo riendo— No es mi problema.

—Está bien cabrón. —respondió Judith airada— Pero estos días ando muy liada.

—No hay problema. Soy un caballero. —dijo con sorna— Elige tú el día.

—¿Qué te parece a principios de agosto? —Juanma se va da vacaciones con su familia y no tendré dificultad en quedarme sola en casa.

—Por mí estupendo, llámame cuando quieras.

***

El tiempo pasó tan lentamente para Milo como rápido para Judith. Tras un par de semanas dándole largas, su amiga no tuvo más remedio que claudicar y se presentó en casa de Milo una calurosa tarde de principios de agosto.

Estaba tan hermosa y radiante como siempre. Llevaba puesto un escueto vestido de flores amarillas y unas sandalias de plataforma blancas que hacían que sus ojos verdes quedasen  casi a la atura de Milo a pesar de que él era bastante más alto.

Entró en el piso como un vendaval, con cara de ligera contrariedad sacó una revista del enorme bolso y la blandió ante sus narices.

—Antes de nada quiero que leas algo. —dijo ella abriendo la revista por un lugar previamente marcado y tendiéndosela a Milo.

—¿Las mentiras de la NASA? ¿Qué es esto? ¿Propaganda comunista? —preguntó Milo echando un vistazo al artículo.

El artículo usaba una serie de fotos tomadas  por los astronautas y se dedicaba a buscar pistas de que todo lo relativo al alunizaje había sido una impostura. Había que reconocer que el artículo estaba hábilmente escrito y te hacía dudar de que los americanos hubiesen llegado a la luna, pero las pruebas que esgrimía eran tan endebles que Milo no pudo evitar una sonrisa.

—¿De qué te ríes? A mí me parece totalmente convincente. —dijo ella a la defensiva.

—A mí me suena a que quieres ganar la apuesta cueste lo que cueste. —replicó Milo sonriente.

—Ni siquiera lo has mirado…

—Está bien, analicemos un poco las supuestas pruebas: Veamos, aquí tenemos la primera. La bandera de los EEUU flameando en un lugar sin atmosfera. Puff, ¿Y no puede ser que simplemente este arrugada? No creo que hubiese sitio suficiente para una plancha en el módulo lunar.

—¿Y qué me dices de la ausencia de estrellas? Se supone que sin atmósfera deberían verse todas las estrellas. —dijo ella.

—Bueno, eso depende del tiempo de exposición, no creo que la luz de las estrellas sea lo suficientemente intensa como para que se vean con una exposición normal, ni siquiera en ausencia de atmósfera.

—Ya que eres tan listo ¿Me puedes decir por qué los dos astronautas que aparecen juntos en esta foto tienen las sombras tan desiguales? —insistió ella señalando una foto en la revista.

—Oh, vamos. ¿Eso es lo único que tienes? Esa es la más fácil. Los tipos estaban a distinta altura. Hasta que no me enseñes una foto en tres dimensiones, en la que me demuestres que los dos están al mismo nivel no me vale como prueba. —respondió Milo triunfante sabiendo que Judith había agotado su último cartucho.

Finalmente con un mohín  se rindió. Hasta ella reconocía que aquellas pruebas no eran suficientes para rebatir todas las que había a favor, así que obediente le siguió camino de la habitación.

Milo ya lo tenía todo preparado. Había decidido hacerlo sobre la cama aunque hubiese sido más cómodo en el baño. Sobre la cama había una toalla gruesa y mullida y en la mesita había un cuenco con agua y una brocha de suave pelo de tejón.

Con un suspiro Judith se paró al lado de la cama y con un gesto enfadado metió las manos bajo la falda del vestido bajándose las bragas hasta que estas quedaron enroscadas entorno a sus tobillos.

Milo no pudo evitar intentar curiosear cuando ella se sentó y se agachó para desenredarlas de sus sandalias y librarse de ellas.

—¿No puedes dejar de hacer eso? —preguntó Judith un poco irritada—En cuestión de segundos vas a poder vérmelo todo.

—Lo siento, es inevitable. Viene con el cromosoma Y. Cada vez que un hombre tiene oportunidad de echar un vistazo entre las piernas de una mujer no puede evitarlo, tiene que meter la nariz.

—Pues no te hagas ilusiones que aquí no vas a meter nada. —replicó ella mientras se sentaba sobre la toalla.

Con deliberada lentitud Judith abrió las piernas dejando a la vista una exuberante mata de pelo negro y rizoso cubriendo su sexo como una amorosa manta. Milo tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no relamerse. Desde la primera vez que había conocido a Judith había deseado meterse entre sus piernas. Era hermosa, inteligente y sofisticada. Estaba totalmente colado por ella. Ahora tenía una oportunidad y sabía que iba a aprovecharla, le daba igual lo que ella pensara.

—Vamos. Acabemos de una vez. —dijo ella sin disimular su disgusto.

Milo cogió una lata redonda y la abrió. En el interior esperaba el mejor jabón de afeitar que había podido conseguir.

—¿Y ese jabón?

—Normalmente uso espuma de afeitar, —respondió Milo mientras introducía la brocha en un cuenco de agua tibia y comenzaba hacer espuma — pero como esta es una ocasión especial he decidido que solo voy a usar lo mejor. Este jabón es especial para el afeitado y solo contiene ingredientes naturales, además tiene aceite de coco y otras grasas naturales que disminuyen la irritación y hacen más suave el afeitado. Solo lo mejor para tu coñito.

—Cabrito, deja ya de regodearte y empieza de una vez.

Milo la ignoró y siguió moviendo la brocha sobre el jabón mientras observaba a su amiga revolverse incómoda. Tras un par de minutos consiguió una cantidad de espuma suficiente, espesa y cremosa, tal y como prometía la publicidad.

Con una sonrisa metió su mano en el cuenco del agua y recorrió el pubis de la joven masajeándolo con suavidad.

—¿Es necesario todo esto? —preguntó ella mientras ahogaba un suspiro.

—En esto yo soy el experto. Confía en mí. —replicó Milo— El agua caliente dilatará los poros y hará que el afeitado sea más apurado.

Milo no pudo evitar sonreír al acariciar aquel monte de Venus oscuro y enmarañado, imaginando como luciría totalmente rasurado. A continuación bajo las manos y recorrió los labios de su vulva intentando parecer un poco profesional y reprimiendo el deseo de introducir los dedos en aquel chocho de delicioso aspecto.

Consciente de que estaba a punto de pasarse, cogió la brocha y comenzó a extender la espuma por el pubis de la joven.

—¿Sabes de qué están hechas las brochas de afeitar? —preguntó él con una sonrisa maliciosa.

—No, ni me interesa, pero no sé por qué estoy casi segura de que me lo vas a contar de todas formas.

—Están hechas con pelo de tejón, ya sabes ese bicho alargado y robusto al que le encanta comer conejos y entrar en profundos y estrechos agujeros bajo tierra…

—Serás cabrón, —dijo ella suspirando— ¿Me harías el favor de no disfrutar tanto?

Milo siguió recorriendo el sexo de la joven con su brocha envolviendo los pelos de su pubis en una espesa y aromática espuma blanca. A medida que aplicaba los suaves brochazos, notaba como el cuerpo de Judith reaccionaba muy a su pesar. Milo levantó un momento la vista de su sexo y se fijó en los pechos de la joven cuyos pezones empezaba a hacer relieve sobre el fino tejido del vestido veraniego.

Con satisfacción vio como las piernas de Judith que hasta ese momento se habían mantenido totalmente relajadas se empezaban a contraer ligeramente cada vez que la brocha acariciaba una zona especialmente sensible. Satisfecho apartó la brocha y sacó una afilada navaja de afeitar.

—¿Seguro que sabes usar eso? —preguntó ella al ver a Milo acercar el instrumento a sus zonas más intimas.

—Tranquila, jamás haría nada que pudiese ponerte en peligro, lo sabes.

Sin esperar la respuesta, Milo tiró de la piel del vientre de Judith hacía arriba y comenzó a pasar con suavidad el instrumento por el Monte de Venus de la joven.

Judith notó como un sudor frío recorría su espalda mientras veía como el afilado instrumento recorría sus partes más sensibles cortando su vello limpiamente sin que apenas sintiese el contacto con la afilada hoja. A pesar de habérselo propuesto, las sensaciones placenteras unidas al peligro de tener un instrumento mortal acariciando su sexo hicieron que todo tipo de fantasías recorriesen su mente inflamándola poco a poco.

Milo acabó de afeitar la parte frontal de su pubis y se apartó ligeramente para observar su obra, pero cuando levantó la vista y vio a Judith con los ojos cerrados respirando agitadamente se olvidó de todo por un instante.

—¿Ya has acabado? —preguntó la joven sin abrir los ojos.

—No, aun me queda un poco, Judith —dijo él saliendo de su ensimismamiento mientras fingía aclarar la navaja.

Con suavidad Milo tiró de las caderas de la joven para hacer más accesible la parte inferior de su sexo y tirando suavemente de la piel enrojecida y caliente de la vulva comenzó a repasarla con la navaja. Un instante después el primer gemido escapó incontenible de la boca de Judith.

En cuestión de un par de minutos acabó con los últimos restos de vello y enjuagó la navaja con un suspiro. Tirando de la toalla la sacó de debajo de Judith y la usó para limpiar detenidamente el coño de la joven y verificar que no había quedado un solo pelo.

—¿Ya hemos terminado? —dijo ella abriendo los ojos como si despertara de un profundo y placentero sueño.

—Aun falta un detalle. —dijo él cogiendo un bote con un bálsamo refrescante a base de aloe y aceite de almendras.

Sin dejarle tiempo para negarse Milo cogió una generosa porción con sus dedos y la extendió por la piel recién rasurada.

El frescor del bálsamo unido con el calor de los dedos de Milo hicieron que la joven no pudiese evitar un angustioso gemido de placer.

Convencido de que estaba a punto de triunfar Milo extendió la crema por su pubis y bajó hasta la entrada de su sexo.

Apenas se dio cuenta de lo que Milo estaba haciendo  hasta que fue demasiado tarde. Con un movimiento rápido introdujo dos  dedos en su coño encharcado de deseo. Se le ocurrieron un montón de razones y excusas para pararle y sabía que a una palabra suya él se pararía y se disculparía, pero Judith descubrió que no había nada en este mundo que desease más que a ese tipo delgado de pelo oscuro y rizoso.

Por un momento Milo notó como el cuerpo de la joven se ponía rígido, pero tras un segundo Judith se relajó y comenzó a gemir con suavidad. Era el momento que había esperado. Lo fácil estaba hecho, ahora quedaba convencerla de que nadie en el mundo la trataría como él jamás. Quería que Judith desease quedarse con él y olvidase a ese mamón de Juanma.

Tratando de no mostrar ninguna sonrisa de triunfo tiró de la joven de nuevo hasta tenerla tumbada y metió la cabeza entre sus piernas. Sin dejar de explorar el interior de su vagina con movimientos amplios y circulares acercó los labios a su clítoris y los besó con suavidad.

La joven combó su cuerpo al sentir la lengua de Milo jugando con la parte más sensible de su ser. El placer fue tan intenso que estuvo a punto de correrse y no pudo evitar una comparación con los torpes movimientos de su novio. Jamás un hombre le había saboreado el sexo y las sensaciones eran tan fuertes que hacía que temiese perder la razón.

Con un movimiento rápido Judith se incorporó y se libró de las flores amarillas. Milo apartó los labios del sexo de Judith para recorrer  su vientre con ellos hasta llegar a sus pechos. Cogiéndolos con ambas manos los estrujó y besó sus rosados pezones. Haciendo que relámpagos de placer irradiasen de ellos.

Con una sonrisa maliciosa Milo cogió uno de los pezones entre sus dientes y lo mordisqueó con la fuerza justa.

—¡Cabrón! —gritó Judith retorciéndose.

La joven iba a decir algo más, pero él le tapó la boca con un beso. El sabor el jabón junto con el de su sexo y la saliva de Milo se mezclaron en su boca. Judith respondió ansiosa y agarrando los rizos de su amante tiró de él devorándole poseída por la lujuria.

Antes de que Milo pudiese hacer nada, Judith le volteó de un empujón y se montó a horcajadas. Deshaciendo el beso, se incorporó y cogiendo la polla de Milo  se dejó de caer de golpe sobre ella metiéndosela hasta el fondo. Apoyó las manos en su pecho y comenzó a mover las caderas a un ritmo tan rápido que sin poder evitarlo Milo se corrió en su interior segundos después.

Judith sintió una mezcla de placer y decepción al sentir la oleada caliente del orgasmo de su amante derramarse en su interior pensando que todo había acabado, pero Milo aprovechó su desconcierto para girarse y ser él el que se pusiese esta vez encima de ella. Con un placer inmenso notó como el miembro de Milo seguía tan duro y caliente como antes y le asaetaba con fuerza haciendo que su placer se hiciese cada vez más intenso.

Con un movimiento sorpresivo Milo le cogió de las caderas y la levantó en vilo. Tras unos instantes la depositó de pie en el suelo y le dio la vuelta empujándola de cara a  la pared. Antes de saber que estaba pasando, notó como su vagina recibía la polla de Milo de nuevo mientras este recorría su cuerpo con las manos. Los empujones eran tan duros y rápidos que su cuerpo pronto se cubrió de sudor por el esfuerzo de mantener el equilibrio. A punto de correrse notó como una mano tiraba de su pelo obligándola a torcer el cuello.

Milo tiró del pelo de Judith con una mano mientras con otra  cogía su cuello y le daba un beso salvaje sin dejar de penetrarla.

El orgasmo llegó como una oleada que le arrasó. Durante unos instantes solo pudo gemir al sentir su cuerpo vibrar y retorcerse recorrido por relámpagos de placer que se intensificaron y prolongaron cuando Milo eyaculó de nuevo en su interior sin dejar de besarla.

Milo sujetó a la joven por la cintura y la llevó hasta la cama sin separarse de ella ni un milímetro. Tras un par de minutos Judith se dio la vuelta y le miró. No hacían falta las palabras.

***

50 años después.

 

—Cariño, ven un momento, rápido.

—¿Qué pasa? ¿Dónde está el fuego?

—Ven, quiero que veas algo que están echando en la tele. ¿Quieres darte prisa?

—Bueno, bueno. Voy tan rápido como me lo permite la cadera.

Cuando Milo llegó al salón vio que Judith señalaba la televisión y  aumentaba el volumen para que pudiese oír con claridad lo que decía el locutor.

Repetimos, los chinos han vuelto de su primera expedición a la luna con una noticia sensacional. Son los primeros en llegar a la luna. Ante la mirada estupefacta de los periodistas reunidos en la sala de prensa han mostrado fotos que prueban de manera inequívoca que los americanos nunca llegaron a la luna y que todo fue una mascarada urdida por la CIA para ganar la carrera espacial evitando unos gastos que se estaban haciendo astronómicos.

—Aun se desconocen los detalles,  parece ser que la Unión Soviética lo sabía, pero acuciada por una economía asfixiada por el inmenso esfuerzo  decidió hacer la vista gorda. El director actual de la NASA ha declinado toda responsabilidad…

Bien, creo que me debes una disculpa. —dijo Judith con la sonrisa de satisfacción que ponía cuando se salía con la suya.

—En todo caso deberías reclamarle a la NASA. —replicó  Milo.

—En todo caso he ganado la apuesta, así que ya te estás bajando los pantalones.

—De veras piensas afeitarme los huevos, mira que tu pulso no es el de antes. Ya sé que ahora sirven más bien de poco, pero sigo teniéndoles el cariño que tendrías por un coche viejo…

Sin hacer caso de las quejas de Milo, Judith comenzó a acariciar los huevos de su marido con las manos enjabonadas provocándole una erección.

Mientras Milo se dejaba hacer sonrió y no pudo evitar pensar en aquellos que decían que las relaciones que empezaban con una mentira no tenían futuro.

—Antes de que me dejes eunuco, ¿Puedo preguntarte algo?

—Claro mi amor. —dijo ella acercando la gillete al pubis de Milo con manos vacilantes.

—¿Por qué no viniste aquel día con el sexo ya depilado?

Judith sonrió de forma enigmática y sin decir nada comenzó a afeitar aquella maraña de pelos blancos y rizados.

FIN

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