LILY RUIZ

 

Una de mis más grandes ilusiones era que un día mi abuela materna me obsequiara una cajita con una joya. Al interior habría un anillo con amatista, quizá una cadena o un par de aretes de piedras blancas y rojas. Mi abuela me diría que esa joya la heredó de su madre y era el momento de entregármela a mí, su primera y única nieta. Encargándome de cuidarla y portarla con orgullo. Con el pasar de los años, yo la obsequiaría a una de mis descendientes.

Puede resultar extraño que mi madre se omitiera de esta línea de sucesión. Permítanme contar que mi abuela llegó de un pueblo lejano, con sus pertenencias dentro de un costal, un monedero con escasos centavos y sus dos hijos: mi madre de cuatro años y mi tío de siete. Mi abuelo era un hombre dedicado en el día al campo y en la noche a embriagarse en la cantina del pueblo. Mi abuela soportó agresiones de su marido alcoholizado. Hasta que una noche él sujetó a su hija y con un cuchillo amenazó con matarla. A los gritos de auxilio, llegaron los vecinos que lo sometieron y liberaron a mi madre. Mi abuelo huyó y nunca lo volvieron a ver. Días después, mi abuela abandonó el pueblo en busca de tranquilidad para ella y sus hijos.

Un comerciante los trajo a la ciudad, viajaron en la batea de una camioneta, al lado de marranos y chivos que vendía en el tianguis. Los llevó a una casa, donde vivía un matrimonio mayor que en vista de la soledad y el pesar de los años, necesitaban de alguien que los ayudara. Así mi abuela obtuvo trabajo, un techo para su familia y la seguridad que tanto anhelaban. Ella retribuyó la confianza de sus patrones, con una ferviente y leal responsabilidad a su trabajo. Ellos le tomaron aprecio llegando a considerarla como una hija.

Aunque mi abuela no aprendió a leer ni escribir se preocupó porque sus hijos fueran a la escuela. Mi tío se acopló bien, era disciplinado. Creció y se convirtió en un hombre responsable y trabajador. Un orgullo para la familia. Consiguió empleo en una fábrica, ahí conoció a su esposa, tuvieron dos niñas y un feliz matrimonio. Por desgracia, un día, un conductor se impactó en su auto, murieron las tres mujeres de su vida. Fue una tragedia difícil de superar para la familia. En la actualidad mi tío tratar de continuar, vive en una lucha contra la tristeza y sus recuerdos.

Mi madre, en cambio, no fue aplicada para los estudios, aun así, mi abuela la motivó a terminar una carrera comercial. No la ejerció, prefirió ir tras las emociones de una relación amorosa, con un hombre quince años mayor, casado y violento, ese hombre es mi padre.

Aquí es donde entro yo a esta historia. Mientras mis padres vivían su amor, me dejaron al cuidado de mi abuela, yo encantada, a diferencia de mi madre, me gustó acompañarla en la cocina, viéndola cortar verduras, mover el guiso en la estufa mientras me contaba recuerdos de su vida en el pueblo. Me inculcó el valor de la responsabilidad, decía que todo trabajo se debe hacer con una pizca de amor. Sin embargo, lo más valioso, es que de ella aprendí el gusto por cocinar. Sin haber leído una receta, mi abuela preparaba comidas con una sazón única, sus patrones y nosotros nos deleitamos con platillos como sopa de guías con ombliguitos de masa o mole dulce. Mis mejores recuerdos son a su lado, en la cocina, sus comidas, sus anécdotas. Aunque a veces me sentía triste porque mi madre se preocupó más por las migajas de amor que le dio mi padre, que por mi bienestar. Por ello pensaba que no era merecedora de la joya familiar. No pretendo juzgarla, después de todo era un joven de dieciocho años enamorada.

Como retribución y agradecimiento por los años de trabajo, sus patrones indicaron en su testamento que la casa donde vivíamos pasaría a ser de mi abuela. Ella siempre leal, los cuidó con fervor hasta que fallecieron y así mi abuela, mi madre y yo formamos una familia en ese hogar.

La parte triste de mi historia es aquí. Hace un mes enterramos a mi abuela. Dejó esta vida luego de más de 80 años. Quisiera que el mundo se detuviera y tener tiempo de asimilar que ya no volveré a verla, a besar su mejilla surcada de arrugas, ni sentir la caricia de sus manos. Limpié mis lágrimas y vi por última vez su rostro, luego el féretro fue colocado en su última morada. Después de los días de duelo, irremediablemente la rutina retornó. Mi tío volvió a su casa y mi madre a su conflictiva relación. Y yo siento que soy una pieza que no encaja en el retrato familiar.

Con la muerte de mi abuela, caí en cuenta que no existe la joya de herencia familiar. No conforme, fui a su armario con la vaga esperanza de hallar algo. Con el pretexto de limpiar saqué todo. Lo único que encontré fue polvo y el aroma de tela guardada por mucho tiempo. Luego que el closet quedó vacío, subí a una silla para revisar la parte superior. Entre el polvo acumulado, vi unos sombreros, al jalarlos cayeron junto con un envoltorio de encajes.

Bajé de la silla y desenvolví el paquete, era un libro o lo que quedaba de éste. La mayoría de las hojas estaban en blanco, unas cuantas tenían texto, escrito con caligrafía deficiente, como de un niño que apenas está aprendiendo. En una hoja leí:

“Vale la pena vivir.

Abrir los ojos y ver un nuevo día.

A pesar de las dificultades y desgracias que nos enfrentamos.

Vivir agradecidos con nuestros seres queridos, con la naturaleza… con Dios”.

En otra hoja:

“No te rindas cuando estés en el camino de la vida y veas muchas piedras en este.

No te rindas por más tristeza y dolor que sientas al caer.

No te rindas cuando no tengas a nadie que te de una mano de apoyo”.

Me agradó la sencillez y sensibilidad de estas palabras, pero no comprendí ¿Qué hacía ese libro entre las pertenencias de mi abuela? Fui con mi madre, que se arreglaba para salir. Su respuesta era la que esperaba, que no había visto esa libreta antes. Y se fue dejándome sin escuchar siquiera un texto del libro recién descubierto. La pasta estaba desgastada, limpié los restos de polvo en ella y continúe leyendo:

“Amar es despertar queriendo a esa persona más que el día anterior.

Amar es ayudar a la pareja con las tristezas alma para sean menos pesadas.

Amar es saber perdonar con el corazón.

Amar es aceptar a esa persona con virtudes y defectos.

Amar es decirlo no con la boca, sino demostrarlo con el alma y corazón”.

En otra hoja:

“La vida sigue rápido, me llevó sin darme tiempo a guardar esas cosas de mi niñez que me hacina tan feliz. Quisiera volver tener los muñequitos de pan que horneaba con mi papá y que me comía después de haber jugado con ellos”. 

Con este último texto recordé que mi abuela me platicó cuando jugaba a moldear figuras con la masa de pan que su padre elaboraba. ¿Sería posible que ella escribiera esto? Tenía entendido que no aprendió a escribir. ¿Tal vez sí? Esa noche en la primera hoja en blanco anoté el nombre completo de mi abuela, su fecha de nacimiento y muerte, en la siguiente puse mi nombre y la fecha en que lo había encontrado, cual fuera el origen de ese libro ya lo consideraba mío, como un regalo que ella tenía reservado para mí.

Días después fui con mi tío, le llevé algunas cosas que encontré en el armario, ropa, discos de acetato, pero más que nada, mi intención era preguntar sobre el libro. Lo observó, incluso leyó algunos poemas, pero no aclaró en nada mis dudas. Regresé desilusionada, no tenía a quien más acudir. Los hijos de quienes fueron los patrones de mi abuela vivían en otra ciudad. Me resigné y decidí dar uso a las páginas en blanco, convirtiéndolo en un recetario y plasmar las delicias culinarias de mi abuela. Empecé con las calabacitas con queso que tengo me gustaban.

Tiempo después, escribía la receta de la sopa de fideos. Mi mamá volvió del mercado me platicó que encontró a Doña Rosa, estaba visita en la ciudad. Le dio el pésame, dijo que era una tristeza perder a una mujer dedicada y leal como mi abuela. Salí apresurada llevando libro, no di explicaciones a mi madre, quería llegar cuanto antes a la casa de esa mujer, ella era una de las hijas del matrimonio con quien trabajó mi abuela.

La mujer me recibió. Creo que se molestó porque interrumpí su desayuno, hasta la sala era perceptible el aroma a huevos fritos y café de olla. Le dije el motivo de mi visita. Ella tomó el libro, lo observó como si hubiera encontrado algo que buscaba hacía tiempo, tuve miedo que dijera que le pertenecía y yo por saciar mi curiosidad lo viera perdido. No fue así, me explicó que su padre quiso que mi abuela aprendiera a leer, ella se negó bajo el argumento que las letras ya no entrarían en su cabeza dura. Su padre, ávido lector, optó por pasar las tardes leyendo a su esposa y a mi abuela, ésta de tanto nutrirse de las palabras poéticas que llegaron a sus oídos, tuvo el deseo de plasmar sus emotivos pensamientos en un papel. Ayudada por el padre de Doña Rosa, él escribía las ideas, luego mi abuela copiaba minuciosamente cada letra, cada espacio y así quedaron plasmados en este libro.

Quedé impresionada con la historia, tenía en mis manos la materialización de los sentimientos de mi abuela. Me levanté para despedirme, mi curiosidad estaba satisfecha, me disculpé con la mujer por importunarla. Ella me dijo que esperara, salió de la sala y regresó al poco rato, sostenía en sus manos una bolsa de la que sacó la parte que le faltaba al libro. Me lo entregó encargándome que lo cuidara y atesorara como un recuerdo de mi abuela. Por supuesto que lo haría, hasta el último día de mi vida.

En casa hojeé la nueva parte obtenida, con decepción vi que no tenía nada escrito, pero no importaba, verlo completo era suficiente y me dediqué a coser las dos piezas del libro. Así llegué a una hoja que fue arrancada, se alcanzaba a leer un fragmento de texto: “Para Leonor:”. Mi abuela había escrito algo para mí.

Con el pasar de los días, revisé cada cajón, closet y mueble de la casa, fue inútil no encontré la hoja faltante. Tenía que ser realista, que posibilidad existía de encontrar un trozo de papel escrito años atrás, decliné y me conformé con pensar que aquellas palabras que mi abuela me dedicó, las demostró con el amor que compartimos.

Aquí llega la parte final de mi historia. Tomé la decisión de continuar mi camino sola. El día que partí, cuando mi madre me despidió, pude palpar su tristeza en el emotivo abrazo que nos dimos. Me pidió perdón, estaba consciente que no fue la mejor madre, pero me amaba. Yo lo sabía y le dije que no había nada que perdonar.

Antes de irme me entregó una cajita de cartón, al abrirla encontré su anillo de graduación, me lo regalaba porque a ella le recordaba los sueños por los que no tuvo el valor de luchar y esperaba que me diera suerte. La volví a abrazar y me coloqué el anillo. Fui ahí que vi en la caja un pedazo de papel. Mi madre me dijo que era un regalo de mi abuela, que deseaba que lo tuviera cuando ella ya no estuviera conmigo. Lo extendí y leí:

“Me alegra que llegaste a nuestras vidas, espero crezcas muy feliz y seas lo que quieras ser. No dejes que nadie corte tus alas, pero si por desgracia alguien lo hace, debes ser fuerte, si ya no puedes volar, ten fuerza para correr, para ser libre y ser feliz. Te quiero mi hermosa Leonor”.

Cuando le dije a mi madre que busqué por toda la casa este papel, me dijo que si le hubiera preguntado, habría sido de ayuda. Nos miramos y reímos. Había obtenido una doble herencia, los invaluables sentimientos de mi abuela y una joya familiar legado de mi madre.

Salí sintiendo alegría que mi historia tuvo final feliz. Aunque más que un fin, es el principio de una nueva etapa. Emprendo el vuelo a ser esa mujer que mi abuela deseó: independiente, fuerte y feliz.

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