DANILO LUNA

 

La habitación estaba perfectamente iluminada, el escritorio limpio con una carpeta cerrada sobre el y una tableta con la pantalla hacia abajo. De las bocinas perfectamente ocultas en la decoración surgía la voz de un cantante francés que no supo identificar.

—Espero que no le moleste mi selección musical —dijo el empleador mirando a los ojos a la joven sentada al otro lado del escritorio—. En realidad no es el tipo de música que escucho pero estoy aprendiendo el idioma, ya sabe, negocios, y me han recomendado este método.

—No se preocupe —respondió—. La encuentro relajante ¿Quién es?

—Charles Aznavour —respondió—. Tipo famoso, tanto por su talento como por su longevidad; tiene 94 años. También canta en inglés y en español. ¿Ha escuchado La Bohemia o Venecia Sin Ti?

—Ya decía que había escuchado la voz en alguna parte —respondió con una sonrisa—. Pero bueno, ¿pasamos a lo nuestro?

El hombre se irguió en su silla un poco nervioso, aunque trató de disimularlo. Llevó su mano derecha hacia la carpeta que descansaba en el escritorio.

—No necesito la fotografía —atajó ella—-. Sé muy bien cómo luce su esposa. Lo que me interesa saber es por qué la quiere muerta.

Al escuchar esa palabra, muerta, se le resecó la garganta. De alguna forma era como si después de tanto planearlo se estuviera convirtiendo en realidad y eso, tenía que admitirlo, lo asustaba un poco.

—Con todo respeto —contestó—. ¿Por qué le importan los motivos? No veo como eso pueda ser factor para que cumpla o no el objetivo.

—Soy una profesional, señor Hernández. Los motivos casi siempre esconden comportamientos, los comportamientos me ayudan a determinar la mejor ruta a seguir. Y siempre cumplo el objetivo.

—¿Hernández? —preguntó.

—Hasta que concluyamos nuestro contrato, ese es su nombre. Trabajo con un solo cliente a la vez, siempre lo llamo igual y de esa manera lo guardo en mi teléfono para informarle cuando el asunto esté finalizado y por supuesto, para pedirle mi pago. Hernández es el apellido más común de México así que es tan buena elección como cualquiera.

—Ah, claro. Sigo sin entender la importancia de…

—Veamos un par de ejemplos —lo interrumpió—. Tal vez la quiere muerta porque es infiel, en ese caso haría el trabajo cuando se encontrara con su amante y lo haría ver  como culpable a él. O supongamos que el motivo del disgusto es porque usted es infiel, ella se enteró y un divorcio le costaría mucho dinero, en ese caso lo más recomendable sería un accidente. Por eso me interesa saber los motivos.

—Oh, ya. Me habían dicho que usted era la mejor, ya veo porque.

No pudo evitar pensar que era demasiado joven para tener tantas recomendaciones, pero se guardó esas palabras.

—¿Le molesta si me sirvo un trago? —preguntó. Puedo ofrecerle uno.

—Nada para mí —respondió ella—. Pero adelante, es su oficina.

El hombre sacó la botella de whiskey de 25 años que guardaba en el segundo cajón y se sirvió un trago.

—¿Segura? —preguntó de nuevo—. Es una botella de 2 mil dólares.

—No tomo whiskey. Soy más bien una mujer de cerveza.

—Tal vez pueda invitarle algunas cuando termine el trabajo —dijo mientras apuraba la bebida.

Ella no contestó. El negocio de la muerte no era precisamente tradicional y estaba acostumbrada a que los clientes divagaran un poco. Algunos incluso se arrepentían.

—Los motivos, entonces —dijo mientras se pasaba el dorso de la mano por la boca.

—Si es tan amable, señor Hernández.

—Bien. Tengo que admitir que esto me da un poco de vergüenza, pero no hay otro motivo que el dinero. Verá, creamos esta compañía en sociedad, aunque yo me encargué de ella desde el inicio.

—Continúe.

—Yo siempre llevé el control de los números y me encargaba de las transferencias, las ganancias. Los primeros años el reparto fue en partes iguales, pero después me di cuenta de que era algo injusto; yo hago la mayoría del trabajo.

Ella solo lo miraba sin decir palabra, tampoco apuntaba nada, pero él notaba que le estaba poniendo atención.

—Los últimos 20 años, mis cuentas han recibido más ganancias que las de ella, ¡pero tampoco es que le falte nada! Tiene suficiente dinero para toda su vida.

—Pero se dio cuenta, ¿verdad?

—Así es. No me dijo nada, pero descubrí unos correos electrónicos y llamadas a un abogado. Se dio cuenta, me va a pedir el divorcio y seguramente me quitará la empresa. Si tiene pruebas de que le he estado dando menos de lo que le toca, me puede mandar hasta a la cárcel.

Al terminar la última frase notó que su mano derecha temblaba. —Esto es más difícil de lo que había creído— dijo antes de servirse otro trago y beberlo de un solo golpe.

—Así que, es todo. Lo más vulgar del mundo, señorita. Dinero.

—Tal vez sea lo más vulgar —respondió con una sonrisa—, pero no es nada inusual. Le sorprendería saber la cantidad de gente que ordena la muerte, incluso de sus seres queridos, por dinero.

El tono que le había dado a la última frase lo hizo sentir incomodo. Tomó la botella de nuevo.

—¿Está segura de que no quiere un trago?

—No de esa botella —contestó mientras cruzaba la pierna.

El hombre la miró sin terminar de entender lo que quería decir.

—¿No de esta botella? Señorita, ya le dije que es una…

—Botella de dos mil dólares —interrumpió—. Lo sé. Y siempre la compra en el mismo lugar y la guarda en el mismo cajón.

Estaba empezando a tener dificultades para enfocar la mirada.

—Usted es un animal de costumbres, señor Hernández, y las costumbres lo vuelven a uno descuidado.

Intentó levantarse de su silla pero la habitación parecía dar vueltas alrededor de su cabeza. Con la boca abierta y un dolor creciente en su abdomen, la miró sacar su teléfono y marcar el único número que tenía en sus contactos favoritos.

—El trabajo fue completado, señora Hernández. Espero mi transferencia en las próximas dos horas.

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