ESRUZA

En un pueblo pequeño, como cualquier otro, vivía Doña Pachita. El pueblo no era ni feo ni bonito. Su casa estaba a un lado de la iglesia, frente a la cual estaba un campo donde se jugaba basquetbol, y más abajo, se encontraba el rastro, eso no me gustaba, escuchar los alaridos de los pobres animales cuando los mataban, era terrible. En ese campo jugaba mi padre cuando era mozuelo. También, según contaban mis mayores, por ese pueblo pasó la leva, en tiempos de la revolución.

La tía Pachita era una señora de “alcurnia” en el pueblo. No se sabe si había viajado o no, pero lo cierto es que era muy afecta a los libros, había leído mucho. No tenía una casa muy elegante, más bien sobria. Cuando yo la conocí ya era una anciana, pero de buena presencia. Se notaba que había sido guapa y de buen porte, todavía se le veía.

Tenía una mujer que la cuidaba, se llamaba Aurelia, no supe mucho de ella, la atendía en todo lo que necesitaba. La tía Pachita tenía, en su casa, piezas de porcelana fina, joyas antiguas, etc. Me gustaba la forma en que vestía: blusas de encaje fino y enaguas largas. Era tía muy lejana de mi padre, no sé de qué generación, tal vez su único familiar. Era muy afable, pero muy seria, educada y, creo que poco cariñosa, pero me gustaba que mi padre nos llevara a visitarla, lo cual era frecuente cuando éramos niños.

Cuando supimos que había fallecido, también nos enteramos de que Aurelia, su dama de compañía, se quedó con todo lo que la tía Pachita tenía: la casa, los terrenos, las joyas y los objetos de porcelana. Mi padre no alegó, no peleó por nada. Pensó que era lo justo, puesto que Aurelia la había cuidado siempre.

No sé cómo, pero nosotros tuvimos de ella un libro hermoso: “Los Cuentos de Andersen”, con una bella empastadura y papel fino, de cebolla, y dos pequeñas muñequitas de porcelana fina. En ese libro leí cuentos muy bellos. Recuerdo muy bien a la tía Pachita, una señora a la antigua. Nunca supe si se casó, pero creo que no y, no sé por qué, pero me hubiera gustado ser como ella y vivir en su tiempo, cuando se respetaba a los mayores, se les escuchaba y se aprendía de ellos. Hoy en día, a los mayores se les ve como un estorbo. ¡Qué tiempos aquéllos!

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