ROCÍO PRIETO VALDIVIA

 

Esa tarde mientras la multitud hacia sus compras, el reloj giraba y giraba. Ahí al lado en el café internet donde pasó los medio días escribiendo para no aburrirme mientras espero la salida del colegio, volví a verlo. Ahí estaba él. Le rocé la pierna con la mano, volteó y pícaro esbozó una sonrisa que me enterneció. Él leía algún fragmento de una novela en la computadora, por un momento atisbé un par de páginas, y él intentaba no distraer su mirada de la pantalla. Se miraba extasiado, y sentí como me desvestía; una a una caían mis prendas, yo había puesto esa canción para recordarle que lo amaba, y le alargué un auricular para que escuchara. Tarareé algunas notas, y me despedí con un Te quiero, y ese beso en la mejilla.

Recordé aquellos tiempos cuándo nos mirábamos, y de pronto las sábanas eran nubes de colores, los días de fuego volvieron a mí en plena calle Miramar. Hasta releí nuestros mensajes siempre a un metro de distancia; pero todo se acabó por culpa mía. Llegó el verano de pasiones insanas, y esa chica de lentes oscuros que lo hiciera ganarse el infierno en unos tragos de tequila; descender lento, mientras crecían mis ganas de arrebatar al tiempo aquel primer beso que nos llevó al mismo instante dónde en sus brazos le escuché cantar mientras los perros dejaban de ladrar y las sirenas de la ciudad que anunciaban muerte se silenciaron.

Me tenía que marchar y lo besé en la frente. Le dije Te quiero libre, soñador, triunfante. Sin decir palabras se levantó para abrazarme y hacerme sentir que aún me amaba, que las llamas no se habían extinguido, que seguía usando aquel reloj que le había regalado un año atrás. Lo amé porque se me dió la gana, el reloj era el objeto adecuado para que cada minuto pensará en mí.

Pero ahí estaba ella diciendo: Siempre serás la sombra que me acecha, la pasión que lo consume, la mujer que más admira y su mejor canción. Yo la miré sin reservas, le dije sin dudarlo: Tú serás sólo un capítulo en esta historia. La mujer prohibida, las mordidas al alma. Ella se agarró de su cinturón diciendo: Es mío, lo tengo, y le acarició los cabellos, le quitó los lentes oscuros, intentó besar sus labios pero él la apartó de su lado y centro su mirada en mí.

Rodrigo nos dijo: De las dos la prefiero a ella, señalándome como la sonrisa en mi memoria, el sabor de antaño. Besó mi frente, hurgó en sus bolsillos, y sacó un dije que representaba el infinito. Lo puso en mi cuello con tal delicadeza, besó mi mano diciéndome: Eres más que todo lo anterior, eres este infinito amor colgando sobre tus pechos, en los cuáles fui tan feliz, ahí al terminar tu ombligo quise dibujar el amor.

Norma hizo muecas de disgusto, tan horribles que su cara se tornó mortecina. Apretó los puños he intento golpear la cara de Rodrigo. Él tranquilo le detuvo la mano, se la besó igual con cariño y se volvió a poner los lentes oscuros, ambos salieron caminando mientras a mí en casa me esperaba Rodriguito ansioso por ese regalo sorpresa.

Rodrigo había sembrado ese infinito amor en mi vientre, un mes antes de que empezara el verano; no quise ser yo quién le destruyera sus planes de ser cantante. Con el tiempo supe que él había escrito una gran novela. Mi infinito había mudado su mundo a los brazos de otra mujer.

Yo, a pesar de todo era feliz, sonreía porque mi hijo me besaba la frente, me cantaba al oído, como lo hizo aquella vez su padre; y fue creciendo hasta encontrar a su propia mujer, y sin embargo, toda historia de repite. Mi hijo Rodrigo, también nos amaba a ambas, a su esposa y a mí, sólo que esta nueva mujer no me miraba con ninguna máscara, ni con odio. En su vientre, mi hijo Rodrigo había configurado de nuevo aquel infinito amor; yo me sentía la mamá más orgullosa del mundo, quería tener a mi nieto entre mis brazos y en su lugar llegó la pequeña Génesis que tenia los ojos de Rodrigo, su sonrisa, y el don de cantar de mi hijo y su abuelo.

Años más tardé Rodrigo, ya anciano, se enteró de que Génesis era su vivo retrato, mientras la escuchaba cantar buscó entre sus recuerdos la ultima vez que habíamos hecho del invierno esa gran hoguera, y un par de lágrimas le brotaron. El mar inmenso se hacía huracán dentro de su pecho. Me buscó pero yo me había mudado muchas veces de ciudad, tal vez evitando encontrármelo, y abrirme nuevas heridas. Fue por eso, que intuyo, construyó aquellos dos fragmentos que tuve la oportunidad de leer sobre su hombro esta tarde en el café internet, mientras espero que mi nieta salga del colegio. En su historia, Génesis lo toma del brazo diciéndole: Abuelo, cuéntame de nuevo la historia de amor, tuya y de mi mamá Rebeca. Rodrigo le besa la frente, hurga en el bolsillo izquierdo de su pantalón, y saca un anillo en forma de corazón, con un granate. Se lo cuelga al pecho a nuestra nieta, diciendo: Lo compré para tu abuela pero ella se fue de mi vida cuando mayo agonizaba.

Mi hijo Rodrigo y Génesis me esperan en el coche. Me he dado cuenta que este Rodrigo, anciano y solitario, ni siquiera logró reconocerme. Tal vez sólo he sido ahora, una cálida anciana que le roza la pierna con algún afán coqueto. No le dije nada, y salí del café internet mirando con atención los lentos pasos del reloj. Los lentes oscuros cubren el rostro de mi hijo, que sosteniendo el dije de infinito que me diera su padre acaricia la cabeza de mi nieta. El solitario anciano se ha quedado atrás, mirando en la pantalla de su computadora. En ese instante había terminado de escribir el último capítulo de la mejor historia de amor.

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