DANILO LUNA

 

No había faltado a un jueves de visita en los últimos 22 años. Le hubiera gustado conocer a su padre antes, pero cuando eres menor de edad necesitas autorización de tus padres o tutores legales para ingresar a una prisión y siempre se la habían negado.

 

Eso estaba en el pasado. Había empezado a visitarlo dos días después de cumplir los 18 y desde entonces lo veía cada semana.

 

—¡Llegó tu hija, ricachón! —le gritó uno de los reclusos que sirven como guías improvisados y se hacen llamar taxis al hombre de 76 años que esperaba sentado cerca de la cancha de basquet, frente a un árbol en donde anidaba una familia de pájaros.

 

Después de tanto tiempo y a pesar de haber perdido a —casi— toda su familia y por consiguiente la fortuna que siempre había sido de su esposa, le seguían diciendo ricachón. Había empezado a manera de burla pero de eso habían pasado décadas y se había convertido en un mote más bien de cariño.

 

—Hola, papá —dijo mientras se sentaba en una silla, después de darle un billete de 50 pesos al taxi.

 

—Hola hija —contestó sin dejar de ver a las aves—. No deberías seguir dándole dinero a esos inútiles. Sabes que siempre estoy en el mismo sitio.

 

—Son solo 50 pesos y ellos lo necesitan más que yo. Tú no te preocupes por eso. ¿Cómo has estado esta semana?

 

—Tan bien como se puede estar en prisión —replicó—. No me puedo quejar.

 

—Me da gusto. No quisiera que te pasara algo estando tan cerca de salir.

 

—Sí, ya casi. —No pudo evitar que la voz le temblara—. ¿Cómo ha estado el trabajo? ¿Has salvado vidas últimamente?

 

—Fue una buena semana. Perdí a un paciente, pero era un caso muy difícil. Por otro lado, le salvé la vida a un chavo de 16 años que recibió tres balazos en un asalto. Los paramédicos creían que iba a morir. Y otro día le pude salvar la pierna a una mujer que estuvo en un choque.

 

—Me da gusto escuchar eso. —Sonrió por primera vez—. Estoy muy orgulloso de ti, ¿sabes?

 

Guardó silencio hasta que fue él quien volvió a tomar la palabra.

 

—El jefe de cirugía que te molestaba, ¿se calmó?

 

—No —contestó levantando la vista—. Sigue siendo un idiota, pero estoy habituada al bullying. Después de todo, desde que estaba en la escuela había imbéciles que trataban de maltratarme. Debe ser porque siempre fui la más pequeña y de apariencia frágil, ya sabes, por eso de que soy tres meses prematura, ¿te acuerdas?

 

Ahora fue el anciano quien se quedó callado sin despegar la vista de sus pies.

 

—Por supuesto que te acuerdas, pero no te preocupes, ya tendremos tiempo para hablar de eso.

 

Estuvieron callados por varios minutos. Todas las visitas eran así. Ella acudía a verlo más que nada para asegurarse de que seguía saludable. También se aseguraba de que los custodios le dieran la medicina que necesitaba. Tenía planes para los dos cuando cumpliera su condena y no iba a dejar que nada los arruinara.

 

—Te pareces mucho a tu mamá.

 

—Sí, sí. Tengo sus ojos y sus labios. Ya me lo has dicho muchas veces.

 

El anciano sacó un cigarro de la bolsa delantera de la chaqueta y la miró antes de encenderlo.

 

—En otras circunstancias te diría que el tabaco mata —dijo ella—, pero supongo que ya no importa mucho.

 

—No, ya no —dijo con voz baja—. Apenas puedo creer que falten seis semanas. Después de estar encerrado 40 años, salgo en un mes y medio.

 

—Créeme, estoy contando los días para verte afuera.

 

—Lo sé —respondió con tristeza y un ligero temblor en la mano.

 

—Cuándo la gente me pregunta por qué me volví cirujana les digo que para salvar vidas, pero es una mentira. O cuando menos una verdad a medias. Lo sabes, ¿verdad?

 

El anciano no respondió. Lo había estado escuchando cada jueves durante muchos años

 

—Me volví cirujana para tener la suficiente habilidad y sangre fría para poder matarte de la forma más lenta y dolorosa posible. Calculo que podré mantenerte con vida de 7 a 10 días.

 

Volteó a verla con los ojos llenos de dolor y arrepentimiento.

 

—¿Al menos podrás perdonarme cuando esté muerto?

 

—¿Por matar a mi mamá a golpes con seis meses de embarazo para tratar de que tu esposa no se enterara de que la engañabas?

 

El anciano se llevó las manos al rostro y bajó la cabeza.

 

—Nos vemos la próxima semana, papá

 

***

 

Este relato fue publicado originalmente en el blog de #NovelaNegra De Histerias Cortas https://dehisteriascortas.wordpress.com/

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