ALBERTO ROMERO

Intranquilidad.

Antonio llegó aquella noche a casa más aliviado, después de haber hablado
con Ana. Ya sabía todo lo ocurrido y ahora hacía falta un poco de tiempo para asimilarlo
todo. No podía creerse aún que Ana le hubiese ocultado que su madre estuvo
en tratamiento psicológico, pero entendía sus razones de aquel momento.
Trató de cenar algo, pero no tenía apenas hambre, y se preparó una pequeña
ensalada más por costumbre que por ganas de comer. Su mente sólo pensaba en
la carpeta de la adopción de Ana y en los nombres que había en ella. Por un lado
quería investigar sobre aquella gente, para tratar de buscar respuestas a todo
aquel misterio. Pero por otro un temor se apoderaba de él, e incluso le paralizaba,
pensando en que aquella gente tendría secretos que daban bastante miedo.
Mientras terminaba la ensalada se decidió por fin a hacer una lista con todos
los nombres desperdigados que encontró por los papeles. Uno de los primeros
nombres que le sonó fue el de Sor Concepción. La monja que había fallecido
mientras Marta investigaba en Barakaldo ya no serviría de mucho, pero en el conjunto
de nombres podía arrojar algo de luz.
Junto al nombre de Sor Concepción había otro nombre de monja, Sor Bernarda,
que pertenecía a la misma orden y al mismo convento de Barakaldo. Antonio
estaba anotando el nombre justo cuando llamaron al telefonillo de casa. Se extrañó
de que alguien llamase a aquellas horas. Eran casi las diez de la noche y no esperaba
visita. Contestó desde el aparato de la cocina:
—¿Sí? —Al otro lado sólo se oían los ruidos típicos de la calle.
—¿Sí?, ¿Quién es? —insistió Antonio.
Pero no obtuvo respuesta. Tampoco escuchó que la puerta se abriese. Quizás
alguien se había equivocado.
Volvió al salón de nuevo y justo cuando iba a apoyar el culo en el sofá sonó el
timbre de casa. Esta vez no era el del portal, era el del piso.
Se puso nervioso y frunció el ceño preguntándose quien sería mientras se dirigía
a abrir. Miró por la mirilla, pero no vio a nadie.
Abrió con cuidado, sacando apenas la cabeza unos centímetros, pero no había
nadie en el rellano. Sólo la luz encendida. Sacó el cuerpo por completo, pero no
había ni un alma en la entrada de los pisos.
Se extrañó aún más y se puso un poco nervioso con tanto timbre sin respuesta.
Por su mente pasó un nombre al instante: ¡Josefa!. Le entraron temblores y fue directo
a por un cuchillo de la cocina, mientras entraba en pánico sólo de pensar
que fuese su suegra la que estaba llamando.
Volvió al salón y se quedó con la tele en silencio, atento a cualquier sonido extraño.
La puerta estaba cerrada con llave por dentro, cómo tenía costumbre de hacer
cuando estaba en casa, así que trató de serenarse. El cuerpo le temblaba un
poco.
Escuchó el ruido de subir y bajar del ascensor mientras apenas respiraba para
no hacer ruido. El sudor frío le recorría la columna en tensión.
De nuevo sonó el telefonillo del portal, dos veces.
Se acercó a la cocina con cuidado, y los pelos de punta. Descolgó el auricular y
no dijo nada, sólo escuchó.
Una respiración fuerte se oía al otro lado del auricular.
—¿Sí?, ¿Quién es? —dijo Antonio tratando de poner voz firme.
Nadie contestó a sus preguntas y la respiración cesó.
—Llamaré a la policía —dijo Antonio antes de colgar.
Se dirigió a la ventana del salón para tratar de ver, hasta donde le alcanzaba la
vista, si había alguien en las inmediaciones del portal, pero nada especial llamó su
atención. No había nada fuera de lo habitual en la calle.
Volvió a sonar el timbre de casa y se acercó de nuevo a la mirilla sin soltar el
cuchillo de la mano. Estaba temblando como un flan…

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