MARÍA FLORENCIA SASSELLA

“Te conozco como si te hubiera parido” … esa frase que repiten algunos, con firmeza y miedo a la vez, para predecir el comportamiento de alguien que les importa, que aman u odian…

Pero si ni yo mismo me conozco bien, ¿cómo otros van a tener el tupé de decir que me conocen? Pobrecitos, están más aterrados que yo…

Por eso mismo, me harté. No quiero ser más tan yo, tan predecible, tan…flojito. Sí, flojito. Manteca. Que le da lo mismo la política, la religión, la amistad, la sexualidad. Que no le da un peso a nadie que vive en la calle porque con eso no va a salir de pobre, ni va a cambiar de vida. Y, claro que no. Pero puede salvarle el momento, o una comida, o darle atención, que sienta que existe, que es persona y que hay otros que lo miraron.

¿De qué soy capaz? De dar y recibir amor, creo que casi seguro. De ser fiel a largo plazo en una relación amorosa, quizás. De ayudar a familiares y seres queridos cuando no llegan a fin de mes, sí (y así me fue).

Pero nunca me pregunté si soy capaz de matar. En realidad, no quiero saber la respuesta.

Prefiero no enterarme del dolor que sufrió Marga ese 24 de enero. Mucho calor, algún que otro olor insoportable, tránsito pesado todavía. Estaba tan hermosa. La pollera negra se le pegaba a las caderas, y no por transpiración, sino porque tenía el talle perfecto. La blusa celeste, liviana y con voladitos, la rejuvenecía especialmente, sobre todo a la luz del sol. Prefiero no enterarme; con imaginarlo me basta y sobra.

Abrió la puerta de casa arrastrando cansancio, trabajo, horarios, preocupaciones. Dejó la cartera en el sofá, y varias bolsas en la mesada de la cocina. Parecía que ordenaba y organizaba a cada paso, aún sin establecerse del todo. Me cuesta no verla así en mi cabeza. Esa foto en movimiento se ha ido transformando en su único retrato para mí.

Hablaba de mil cosas mientras sacaba todo de las bolsas. De su nueva compañera, de la maestra de Camila, del tratamiento odontológico que tenía que hacerse, de la película de la noche anterior. Su voz me tranquilizaba. Me llamó con una cadencia suave. Más fuerte, después. Yo no respondía.

Me buscó por las habitaciones, y me encontró acostado en nuestra cama. Se sentó junto a mí, me acarició la mejilla y me preguntó si estaba bien. Su perfume me enardeció, pero le respondí con dulzura. Me tragué la ira. Esta vez, yo iba a ganar.

Le dije que tenía ganas de cenar pastel de papas, que estaba antojado desde hacía varios días. Me replicó que no había comprado carne picada, que no tenía muchas ganas, que quedaba muy poco aceite…no escuché nada más. Me fastidié y me volví a acostar. El monstruo quería salir, y yo se lo impedía con todas mis fuerzas.

Me habló de su jefe. De capacidades, talentos, empatía y dedicación, palabras que me producían sensaciones similares a las náuseas. De que a ella le costaba, pero al final lo lograba, y él lo reconocía. Que iba a cobrar un plus muy pronto. Que le iban a aumentar el sueldo. Que en esa empresa se la valoraba. Y escuché el agua hirviendo, mezclada con ruidos de ollas.

Yo no quería escuchar, pero escuchaba. Yo quería dormir, y no podía. Yo sabía que estaba mal, pero me ganó…

El cadáver fue retirado al día siguiente. Estaba todo bastante limpio, con una cuchillada había sido suficiente. La nena se había quedado con mi mamá, y ahí se iba a quedar mientras la vieja viviera.

Ahora no tengo miedo a esa pregunta. Yo era capaz de matar. Otros pasan toda su vida sin saber que también lo son.

 

FIN

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