MANGER

Juancho es uno de esos muchachos -a menudo no muy agraciados, malamente peludos, casi contrahechos y con cara de cierto desprecio hacia los demás- que existen en todos los pueblos, esos lugares más o menos cercanos a la ciudad adonde solemos escapar esos días de corto asueto cuando queremos caer en la cuenta de que allí siguen viviendo nuestros viejos padres y abuelos. Son esas poblaciones donde tantos hechos curiosos se cuentan por esas sencillas gentes, sabedoras de la crudeza de la vida, sabios curtidos en ninguna licenciatura de pago, aferrados a esa realidad del vivir diario sin comodidades ni antojos, personas que da gusto escucharlas cuando nos cuentan sus expertos conocimientos extraídos de la simple observación y que algunos indocumentados urbanitas califican sin rubor como cavernarias, propias de un trasnochado neolítico.

 

Juancho, por bautizarle con un nombre cualquiera, es el típico personaje del “tontito”, ese mismo que nunca ha faltado en dejarse ver merodear a primeras horas de la mañana por las estrechas calles aledañas que bordean o desembocan en la plaza principal del pueblo, ésa casi siempre la única plaza donde se ubican en perfecta armonía ornamental el edificio consistorial, frente por frente al de la iglesia, la farmacia de Don Tomás, el estanco, la tasca del pueblo, el pequeño ultramarinos de Doña Fernanda que surte de alimento a toda la población y el tenderete de prensa, venta de chuches y papelería, todo al por menor al mismo tiempo, que curiosamente casi siempre regenta (aún no he conseguido descubrir la verdadera causa de tan curiosa coincidencia) el único cojo o tuerto del pueblo de entre tantos lugareños.

 

Es allí donde, a primera hora de la mañana, nada más descargar el aún pitañoso transportista sus pesados y bien atados paquetes de papel-prensa, puedes encontrar su presencia haciéndole espera fiel para ayudarle a meterlos en el local sin que nadie se lo pida, pero con la clara intención de leer gratuitamente, en primera línea de fuego y recién salidos de la imprenta, los últimos acontecimientos deportivos. Cumplida su no rogada faena, después de gritarle desde la puerta al huraño dueño del local  que se lleva un ejemplar con la promesa de devolvérselo horas más tarde (cosa que siempre promete pero que nunca cumple), sale corriendo sin darle tiempo a la protesta al burlado tendero. Y así, con su ansiado periódico bajo el brazo y contento de su osadía, al tiempo de jactarse con guturales sonidos de natural bobalicón por ver en primera página que el Real Madrid o el Barça han ganado otra vez el último partido en la Liga de las Estrellas, esta vez por un contundente 6-0 al contrincante de turno, se acerca seguidamente hasta la tahona próxima (el único comercio que casi nunca está en la plaza del pueblo) y sisa subrepticiamente esa barra de pan que a diario soslaya del cesto por el simple placer de creerse que otra vez le ha dado el esquinazo y no se enteró el tahonero del famélico hurto. Mientras se ríe socarronamente y se despide con medio ademán (que más bien dice un “¡que te den!” que un cortés “hasta mañana”), se aleja escondiendo bajo su chándal dos tallas mayores que la suya el aún caliente trofeo y esboza una pícara mirada hacia atrás por creer que ha sido otra vez más listo que él.

 

Pero ni lo come ni lo deja comer, salvo para darlo después a las gallinas de su sufrida madre, con las que juega haciéndolas rabiar con las menudillas que pellizca y regala con entusiasmo hartándose a reír al lanzarlas al aire, una a una, para que así más le dure, en medio del nutrido y cacareante grupo que le persigue ruidosamente por todo el rectángulo del gallinero mientras el esbelto gallo observa desde una esquina con cierto resquemor cómo aquel humano travieso se ha hecho dueño momentáneo de su harén.

 

Juancho, como todos los “tontitos” de esos pueblos, sabe de sus paisanos hasta sus secretos mejor guardados.

 

Es así, no lo dudes.

 

En realidad es algo que no tiene mucho misterio, porque –si te fijas- verás que siempre está muy cerca de las fuentes de datos mejor actualizadas: lo ves metido en medio de los corrillos, ya sean de bodas, bautizos o comuniones, atento oyente en los grupos de caza y pesca, en los que se cuela con mucho arte, entendido y silencioso observador de la partida de mus o dominó en el Hogar del Jubilado, en la puerta de la tasca… Asomando sus pestañas donde fuere, quepa o no, y, si se tercia, hasta en el plenario más serio escuchando atentamente tras la entornada puerta del salón de actos el complicado e ininteligible para él debate presupuestario municipal…

 

Y no digamos en las fiestas: en la churrería ambulante, en el coso, en la tómbola, al pie de  la orquesta pachanguera o en la misma caseta de proyección del cine de verano desde la que, sin pagar nunca su entrada (como es lógico suponer) ríe junto al técnico los diálogos de esas viejas películas de Pepe Isbert (el presupuesto municipal no da para más, esa es la verdad, pese a tantos impuestos que agobian al contribuyente) o hace que llora con el tierno Pablito Calvo en “Marcelino, pan y vino”, del que confiesa ser su seguidor más entusiasta.

 

Son “tontitos”, sí, pero no tan tontos como pueda parecer; saben nutrirse del dato y memorizan en su enigmático (pero muy práctico) cerebro la táctica que más les interesa…

 

Y viven felices, se les nota.

 

Por eso, la próxima vez que vayamos de nuevo a solazarnos con el descanso de un próximo fin de semana o una corta vacación estival, más cerca o más lejos de la loca metrópolis donde quemamos inútilmente nuestras capitalizadas vidas, dejemos por unos momentos olvidados los impenitentes hábitos de consentidos urbanitas y fijemos nuestra atención en esos “tontitos” que Dios ha repartido en todos y cada uno de esos pueblos; verás que viven felices sin graves pecados, sisando un simple pan para jugar con las gallinas o leyendo gratis las últimas noticias de fútbol.

 

No deberíamos enfadarnos tampoco si, después de observarnos con cara de pocos amigos en la cola de la carnicería, nos mira, nos observa con precaución, nos analiza, por fin se decide y acerca hasta nosotros con aire misterioso, nos pregunta la hora al tiempo que coge sin permiso nuestra muñeca y la lleva hasta sus miopes ojos para curiosear la marca de nuestro reloj (sí, también colecciona marcas) y después se aparta inopinadamente haciéndonos un feo desplante y nos grita: ¡TONTO!

3 comentarios sobre “Juancho

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