ALBERTO ROMERO

 

Un Recuerdo de Repente

Ana cumplió su palabra y al caer la tarde llamó a Antonio, que esperaba impaciente
su llamada.
—Hola cariño —respondió Antonio en cuanto vio el nombre de su mujer en la
pantalla del móvil.
—Hola —contestó Ana con la voz bastante seria y apagada.
—¿Cómo estás?…
—Algo mejor, pero bueno…
—¿Sigues enfadada conmigo?.
—No Antonio, entiendo lo que has pasado estos meses y no tienes la culpa —
dijo Ana sin mucho entusiasmo.
—¿Pero entonces confías en mí y en que no te miento?.
—Sí, Antonio, sé que no me mientes. Me puse muy brusca, ya lo siento, pero
fue mucho de golpe.
—Me alegro cariño, quiero ayudarte en todo. Buscaremos a tu madre si quieres
pedirle explicaciones, o lo que necesites —dijo Antonio aliviado.
—Sí, ya veremos…Tengo algo que contarte, me gustaría que vinieses mañana
temprano para hablar más tranquilos aquí.
—Vale, te llevaré el desayuno si quieres. Pero, ¿De qué se trata? —dijo Antonio
preocupado.
—Prefiero decírtelo en persona. Es algo que he recordado sobre mi madre.
—Vale, vale. Mañana me cuentas pues.
—Siento estar tan seria guapo mío. Estas circunstancias me han dejado hecha
polvo. Intentaré estar más animada mañana.
—No te preocupes, tómate tu tiempo.
—Hasta mañana cariño, Te quiero —dijo Ana tratando de animar el tono.
—Yo también te quiero mi princesa. Descansa lo que puedas, Hasta mañana.
A la mañana siguiente Antonio apareció muy pronto en el hospital. Tenía muchas
ganas de ver a Ana, de abrazarla y apoyarla en todo lo que pudiera. Entendía
el bache después de lo que le había contado. Al mismo tiempo sentía mucha curiosidad
sobre lo que había recordado Ana sobre su madre.
Al entrar Antonio con la bolsita de bollería en la habitación se encontró a Ana
sentada en el borde de la cama. Ambos se saludaron con cariño y se abrazaron tratando
de aguantar las lágrimas de emoción, que ambos tenían a flor de piel.
Ana le dijo que tenía algo que contarle sobre su madre, y que no quería dilatarlo
más. El recuerdo le vino estando con Marta la tarde del día anterior y no sabía
muy bien por donde empezar.
Antonio la agarró de la mano y le escuchó con atención.
—Cuando mi padre murió hace unos años tú me ayudaste mucho con los malos
tiempos que pasé por su enfermedad y su pérdida. Mi madre también lo pasó
mal, pero mucho peor que yo. Ella se quedó sola y los primeros meses la intenté
apoyar todo lo que pude. Recordarás que me iba por las tardes a pasar tiempo
con ella para que no se sintiese sola con la ausencia de mi padre.
—Sí —asintió Antonio con la cabeza.
—Te quiero pedir disculpas porque no fui sincera del todo contigo en aquellos
días.
—No te entiendo…
—Mi madre entró en depresión grave después de la muerte de papá y empezó
a decir y a hacer cosas un poco raras.
—¿Qué cosas? —dijo Antonio muy sorprendido.
—Pues empezó a hablar con mi padre, como si estuviera allí con nosotras. Y
también empezó a hablar mal de ti.
—¿De mí? —apuntó Antonio con cara de circunstancias.
—Sí, decía cosas como que tu querías robarme de su lado. Que eras una mala
persona…Pero yo no le hacía caso, porque lo achacaba al dolor de la pérdida y la
edad. Hablé con el médico y me recomendó que siguiera un tratamiento psicológico
en una clínica especializada.
—Sí, recuerdo que me contaste que le iban a dar un tratamiento y que tendría
una asistenta en casa en aquellos días.
—Sí, pero en realidad la ingresé en una clínica durante unas semanas…

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