MOISÉS ESTÉVEZ

La tarde del domingo y la mañana del lunes nuestros concienzudos
inspectores se afanaron en estudiar y escudriñar todo lo requisado en la
empresa de Forrester, con la imprescindible ayuda de los técnicos informáticos.
Decidieron hacer un receso, y mientras Jones mordisqueaba unas onzas
de chocolate negro que guardaba en uno de los cajones de su mesa para esos
casos, Mark se levantó y se sirvió un café.
– Creo que con el material que tenemos, podemos decir que no vamos
mal encaminados. – Comentó él, al tiempo que disimulaba una mueca de asco
al sorber el contenido de su taza y que algunos se atrevían a denominarlo café.
Jones abrió los ojos con dificultad, le zumbaban los oídos, intentó
localizar desde su posición y con la vista un poco nublada a su compañero y al
resto de agentes. Le costaba trabajo moverse, tumbada bocabajo estaba
cubierta de cascotes y restos de mobiliario de oficina.
– ¡Jones, estás bien! – Le gritó Mark.
Creyó decirle que sí, pero no estaba muy segura de si habría articulado
bien sus primeras palabras después de lo que suponía había sido la explosión
de una bomba.

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