FRANCISCO J. MARTÍN
A sus 24 años Juan Pedro era un joven enfrentado a una gran decisión sobre su
futuro. No aguantaba más en el pueblo, sin trabajo ni visibilidad sobre su
porvenir. Vivía con sus padres y desde muy joven tuvo que ayudar a la familia en
las labores del campo, aun así había acabado a duras penas la educación
primaria. Fueron tiempos difíciles los años 40 y 50, en los que con suerte se
comía todos los días. Estaba harto de ir casi cada día a la plaza del pueblo por si
algún capataz buscaba jornaleros para echar unas horas en una finca, o bien
para trabajar al día siguiente. Era pintor, se había formado a sí mismo y cuando
podía, sobretodo en primavera, pintaba habitaciones, pisos y casas enteras.
Además de por el buen resultado de su trabajo, Juan Pedro tenía mucho éxito
gracias a que utilizaba una mezcla hecha de esmalte, polvo de ocre y cerveza,
que aplicaba en las puertas interiores y sus marcos. Pero esa actividad le duraba
un par de meses al año.
La diversión en aquella zona consistía en pasear con amigos, o ir a uno de los
dos bares del pueblo, o acercarse a algún pueblo más grande, o bien a la capital
de la provincia donde había mayor variedad de actividades que realizar, aunque
esto último quedaba reservado sólo para los fines de semana en que podía
pagar las cuatro pesetas que costaba el trayecto. Necesitaba pensar en otro
futuro, eso no era vida. Algunos amigos habían marchado al extranjero, a
Europa, incluso su hermano hacía dos años que también se había ido ¿por qué
no podía intentarlo él? En aquellos tiempos Europa comenzaba más allá de los
Pirineos y era símbolo de prosperidad.
Una noche de esas de tristeza y llantos ocultos tomó la decisión: saldría de allí lo
antes posible. A la mañana siguiente llamó a un amigo, Luís, que estaba en
Alemania y le explicó su situación, éste le animó para que saliera de España, le
contó que allí se vivía bien y que poco a poco se iba conformando un grupo de
españoles que realmente formaban una comunidad, casi una familia, en torno a
una asociación. A base de hacer comidas, cantar canciones, leer libros… propios
de su país la asociación hacía que no perdieran el recuerdo. Había solteros,
casados, jóvenes, mayores, con hijos pequeños, etc. Y le comentó que en la
fábrica de automóviles donde trabajaba necesitaban más gente y seguro que no
tendría problemas en entrar ya que los españoles tenían fama de ser buenos
cumplidores; hasta le ofreció que se quedara en su casa mientras no encontrará
piso. De esta forma, Juan Pedro pasó a engrosar la lista de los cientos de miles
de emigrantes españoles que en los años 60 fueron para Alemania a buscar
trabajo y una nueva vida, ayudados por un convenio firmado entre Alemania y
España para captar mano de obra.
En la planta de automóviles de Düsseldorf el trabajo era estable, bien
organizado, y con sueldos elevados en comparación con los que había en
España. Esto unido a la buena relación que se fue creando con nuevos amigos y
compañeros, parecía el bálsamo para curar su ánimo y permitirle rehacer su
vida, ayudándole a vislumbrar por fin posibilidades ciertas de poder labrarse un
futuro mucho más agradable que el que se veía en su pueblo natal. Al principio,
su vida allí fue un poco exigente pues tenía que lidiar con un idioma que no
conocía y debía utilizarlo al menos para lo básico, como establecer nuevas
relaciones no sólo con sus camaradas de la fábrica sino también con los dueños
de las tiendas de la zona, aunque sus amigos le ayudaron bastante y lo
acompañaban inicialmente. Pero poco a poco fue tomándole el pulso a la
ciudad, a las nuevas relaciones y a su grupo de españoles, a pesar de que el
clima frío y la oscuridad de los días no ayudaban mucho.
Ciertamente el idioma alemán suponía una traba para relacionarse, y era difícil
de aprender cuando no se tenía quien ayudara. Algunos hombres y mujeres
fueron estableciendo relaciones con alemanes y eso les dio la oportunidad de
irlo aprendiendo, pero otros muchos pasaban con lo mínimo para hacerse
entender, lo que dificultaba sobremanera su integración en la sociedad
alemana. Tampoco se esforzaban mucho en conocer los hábitos o la cultura del
país, y únicamente aquellos que habían ido con su familia tenían más contacto
gracias al de sus propios hijos en las escuelas. A esto había que añadir que la
gran mayoría estaba de paso, pensando en que dentro de algunos años, no
muchos, podrían volver a sus pueblos y ciudades de origen, por lo que tenían un
sentimiento de transitoriedad continuo que les servía como excusa para no
esforzarse más y hacer su vida en Alemania alrededor de la comunidad
española. En esta última situación se encontraba Juan Pedro quien poco a poco
fue circunscribiendo su actividad y relaciones afectivas a la asociación de
españoles de Düsseldorf, o Casa española como también se la llamaba. A pesar
de que ese círculo intentaba replicar un ambiente lo más parecido posible a lo
español, eso no le curaba la sensación de estar fuera de casa. Aunque esta
situación se mitigaba un poco ya que Juan Pedro tenía por costumbre viajar una
vez al año a España, e incluso dos algún año, para ver de nuevo a sus padres,
amigos y conversar de nuevo con la gente del pueblo.
Aunque Juan Pedro era buen trabajador, la promoción profesional que podría
haberle estimulado a su adaptación al país no era fácil de conseguir. Las
jornadas se hacía cada vez más pesadas y el tipo de trabajo era bastante
monótono. Había empezado a trabajar como peón y no disponía de ningún
título académico que le permitiera evolucionar rápidamente, ni de tiempo y
opción real de formarse allí en alemán, con lo que poco a poco iba adquiriendo
una cualificación derivada exclusivamente de su trabajo en la fábrica. Esto hacía
que no pudiese buscar mejores trabajos en otras empresas. La única
oportunidad que pudo aprovechar fue la de una oferta para trasladarse a la
planta que la misma compañía tenía en Frankfurt, que le reportó un pequeño
ascenso.
Pasados unos 15 años, Juan Pedro que había ido y venido tantas veces a su
pueblo, con los golpes de alegría y tristeza correspondientes, pensó que ya era
hora de volver definitivamente. Al fin y al cabo, en Alemania había vivido
razonablemente bien y también había tenido muchos momentos de felicidad,
pero no se había hecho una vida ni había formado una familia con la que seguir
adelante, y debía volver a casa para intentar recuperar todo el tiempo que había
estado fuera. Así que en cuanto solucionó algunos asuntos administrativos
regresó a su pueblo. Entre los ahorros que había podido hacer en Alemania más
algunos trabajillos esporádicos que le iban saliendo, Juan Pedro tenía suficiente
para vivir holgadamente, aunque sin lujos, y así volvió a intentar vivir en aquel
lugar.
Muchas de las personas que como Juan Pedro tuvieron que emigrar y adoptar
nuevas culturas, idiomas, y formas de vivir, pasaron por situaciones de estrés
continuo, con sensación de pérdida de su identidad, de tristeza, de soledad ante
unas circunstancias que muchos días les sobrepasaban, llegando a la depresión
y a cobijar un gran sentimiento de culpabilidad. Fueron víctimas de lo que se
llamó “el síndrome de Ulises”, denominado así en relación al héroe griego que
sufrió innumerables peligros y adversidades muy lejos de sus seres queridos.

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