ALEX BLAME

 

-Hola, señor Pérez, bienvenido. Estoy encantada de que haya aceptado mi oferta de trabajo.  Ahora que soy diputada y portavoz de mi partido necesito que le dé un poco de lustre a mis ideas. He seguido su carrera en internet y estoy convencida de que eres el hombre que necesito. Sabes que no puedo pagarte mucho, somos un partido modesto, pero estoy convencida de que te sentirás a gusto con nosotros.

-Gracias Sra. Márquez es un honor trabajar para usted y después de llevar tres años en el paro agradezco la oportunidad que me está dando. No creo que haya sido fácil decidir contratar a un escritor de relatos eróticos.

-Tonterías hay verdadero talento en su forma de escribir y nadie puede asociarle a ese nick. ¿Verdad? -dijo la diputada con un deje de inseguridad.

-Por supuesto, además me he retirado temporalmente y he quitado todos los relatos. -me apresuré a responder- En  esta  página desaparecen de vez en cuando los autores, cambian de nick o se mudan a otra página y se llevan sus bártulos. Le aseguro que no tiene de que preocuparse señoría.

-Llámame Marta por favor. Vamos a pasar mucho tiempo juntos  así que déjate de formalidades cuando estemos aquí -dijo ella con la misma roja y seductora sonrisa que le había procurado el escaño.

Me retiré a un pequeño despachito sin ventanas que me habían habilitado para trabajar,  para una diputada nada más y nada menos. Estaba en el medio del meollo y me encantaba.

Doble M como la llamaban, era una mujer que sabía lo que quería. Había empezado en un partido pequeño, desde abajo y había ascendido meteóricamente hasta conseguir un puesto como número uno en las listas por la provincia de Valencia consiguiendo un escaño contra todo pronóstico. Unos decían que gracias a su carisma y su inteligencia, mientras que las malas lenguas que, como os podéis imaginar, en esta letrina abundan, decían que había sido gracias a su atractivo y al Photoshop.

Márquez no era muy alta pero el pelo largo, la figura curvilínea y una sonrisa de labios gruesos y sugerentes  hacía que los diputados  se diesen la vuelta  cuando ella pasaba taconeando con sus Manolos por los pasillos del hemiciclo. Tenía la nariz pequeña y respingona, los ojos verdes  y grandes,  el cabello negro brillante y siempre iba impecablemente vestida.

Ahora que el gobierno estaba de nuevo en crisis, su pequeño partido, con sus cinco escaños, era la bisagra que permitía la gobernabilidad.

Los dos grandes partidos que se disputaban el poder la habían cortejado con descaro pero ella, consciente de que firmar un acuerdo con ellos era atarse una piedra al cuello se había abstenido de la lucha y sólo se comprometió a apoyar los proyectos del partido en el gobierno si estaban de acuerdo con las necesidades de sus votantes. Y en esta posición de delicado equilibrio, siempre al filo de la navaja, me había contratado para salir al paso de las acusaciones de un partido temeroso de perder su poder y otro rabioso por no haber podido conseguirlo.

-¿Qué tal? ¿Ya te has instalado? -preguntó la secretaria de la diputada alargando la mano- Soy Rosa. Bonito escobero. -dijo señalando mi minúsculo  despacho.

-Hola, aun me estoy instalando -dije estrechándole la mano- ¿Dónde crees que debería poner la pista de Pádel?

-Ja, Ja. Muy bueno. Parece que tienes sentido del humor, te va a hacer falta. Toma -dijo poniendo una pila de periódicos  del tamaño de la Torre de Pisa – entre tus tareas está revisar la prensa todas las mañanas y hacer un resumen de la actualidad y otro de las noticias que podrían afectar tanto al partido como a la diputada.

-Gracias Rosa.

El enorme montón de periódicos no me arredró. Repasaba los titulares en los periódicos y cuando encontraba uno interesante  buscaba la noticia  en internet con la tablet y usaba el sprtiz* para leerla a toda leche y hacer un resumen. Terminé echando un vistazo a los artículos de opinión, hice un resumen y se lo envié a mi nueva jefa por  e-mail.

Al poco rato recibí una respuesta de mi jefa pidiéndome más detalles sobre un par de noticias referidas a la nueva ley de educación que estaba preparando el gobierno y me pasó el borrador de una declaración que pensaba hacer al respecto de un compañero del hemiciclo, muerto recientemente en un accidente de tráfico cuando conducía borracho como una cuba.

Terminé todo el trabajo y le envié la declaración para que la revisara. Cuando me dio el O.K. abandoné mi cuchitril y me fui a estrenar la cantina del congreso. Al ver el precio de los cubatas entendí lo del accidente de tráfico. Con el estado subvencionándote el setenta por ciento del precio de la copa hasta yo tuve la tentación de cepillarme cuatro o cinco antes del almuerzo.

Era casi el mediodía cuando volví a subir. Eché un vistazo a  mi tablet y no vi ningún correo urgente así que me acerqué hasta la oficina de Rosa, un cuartucho poco más grande que el mío y con un pequeño ventanuco que daba a un patio de luces.

-Hola Rosa. No me habías contado lo de tu vidriera. -dije devolviéndole  la puya de la mañana a la joven.

-Ya se acercará el verano y cuando tu cuartucho esté a cuarenta y dos grados vendrás corriendo a coger aire.

-¿Dónde está la jefa?

-Ha ido a su escaño, creo que hay una votación.

-¿Qué opinas de ella?

-Que tiene más pelotas que todos los ministros juntos. Les ha parado ya tres leyes a esos mastuerzos y les está obligando a todos los diputados a hacer algo a lo que no estaban acostumbrados, ¡Ahora los diputados tienen que negociar y hacer política!

-Veo que la admiras mucho.

-Es muy dura,  creo que está cambiando la forma de hacer las cosas aquí.

-Espero que tengas razón.

El resto de la jornada matinal transcurrió lentamente  sin nada que hacer. A las tres de la tarde bajé con Rosa  a la cantina y comimos el menú del día mas espléndido que había comido jamás por menos de cuatro euros.  La cosa me divirtió y a la vez me indignó consciente de que probablemente había niños que pagaban más por comer una basura inmunda a poca distancia de allí.

Marta apareció por fin a las cuatro de la tarde tan lozana como siempre y nos despidió no sin antes felicitarme por la nota de prensa.

Llegué a casa cansado pero satisfecho. El día había ido mejor de lo que esperaba y  la felicitación de Marta me había dado la seguridad suficiente para terminar de convencerme de que era capaz de realizar este trabajo.

Las semanas siguientes fueron de una actividad frenética. La nueva ley de educación que estaba elaborando el gobierno estaba casi terminada y el ministro de educación y el jefe de la oposición se pasaban a cada momento por el despacho para presionar, halagar o amenazar según lo requiriese el momento. Marta impasible les atendía y les señalaba puntos que según su criterio debían ser modificados. Todos salían del despacho invariablemente insatisfechos.

Mi admiración por la mujer aumentaba con cada gesto agriado y con cada comentario soez que expresaban aquellas sabandijas al salir de su despacho.

Aquel jueves en que todo ocurrió el pleno se había alargado por el empecinamiento de un diputado en hacerle al gobierno una pregunta sobre la financiación de su partido que llevó a la típica, larga y tediosa sesión de acusaciones y contraataques  que como siempre no llevaba a ningún sitio pero que quedaba muy bien delante de las cámaras.

Rosa tuvo que irse a mediodía porque tenía que llevar a su hija al médico con lo que me quedé yo para cuidar el fuerte. Me las arreglé como pude para atender el teléfono y para cuando  Marta llegó con cara de cansancio eran ya casi las diez.

Yo la seguí como hacia Rosa habitualmente con un montón de notas de las llamadas pendientes. Antes de que abriese la boca, me hizo una seña de que esperase, se sirvió un Whisky y con un suspiro de alivio  se sentó poniendo los pies sobre la mesa del despacho.

-Adelante -dijo Marta resignada mientras daba un corto sorbo a la copa.

-¿Un día duro Señoría? -pregunté respetuoso.

-Pandilla de borricos, lo único que les interesa son los titulares y chupar cámara. -dijo con aire de resignación – ¿Qué tienes para mí?

-Poca cosa, el ministro de educación a llamado tres veces quiere concertar una cita mañana o pasado a lo más tardar para discutir tus sugerencias. Habló de un almuerzo de trabajo en el Ritz.

-Que pesado La Virgen, mira que le tengo dicho que las reuniones deben ser o en su despacho o en el mío, pero no hay manera. En fin ya le llamaré ¿Qué más?

-El jefe de la oposición también llamó diciendo que tenía algo muy importante que contarte…

-Sí, lo de siempre, ese parece un presentador del Sálvame, con tal de llamar mi atención y cortejarme se inventa las noticias, lo llamaré mañana.

-También hay varias llamadas de empresarios y particulares de un municipio de Valencia, ¿Alderna puede ser? que están sufriendo cortes de luz. Se quejan de que la red está en un estado ruinoso y que con el aumento de población veraniego  se temen que los apagones sean más graves. El alcalde y la diputación como son del gobierno y tienen órdenes de no alborotar no han hecho nada.

-Buf, lo de siempre, dejaré una nota a Rosa para que llame a alguien de Vía Eléctrica que me pueda explicar lo que pasa.

-Perfecto y una última llamada hace nada del presidente de la comisión de interior para cenar algo en La Bola.

-¡Qué asco! Con tomar algo, ese gordo seboso se refiere a cepillarse un cocido y que luego se la chupe. Aún no entiendo que he hecho para que considere que tiene alguna posibilidad conmigo. El ochenta por ciento de esos mastuerzos se deben creer que soy una secretaría dispuesta a hacerles una mamada cuando a sus señorías se les antoje.

-Eso es todo jefa. desea algo más.

-No gracias, ya te puedes ir, hoy ha sido un día realmente largo. -dijo quitándose los zapatos con un suspiro.

-¿Le duelen los pies? -pregunté yo respetuosamente.

-Después de diez horas encaramada a esos tacones, por muy cómodos que sean…

-¿Quiere un masaje? No soy malo del todo haciéndolos.

-No sabes cuánto te lo agradecería, tengo los pies que no los siento.

Sin esperar una nueva invitación cogí una de las pesadas sillas que había para las visitas y la coloqué al lado de la diputada. Marta posó sus piernas  sobre mis rodillas y cerró los ojos.  Un suspiro de alivio fue la única reacción cuando mis manos agarraron sus pies.

Aún a través de las medias pude sentir la suavidad de los pies de Marta. Unos pies finos y pequeños, con dedos largos y regulares y un puente marcado. Tenía las uñas pintadas de color rojo y un anillo en el dedo corazón del pie derecho.

-¿Qué opinas de los políticos? -dijo ella empezando a relajarse.

-Que últimamente se les da mejor crear problemas que resolverlos, -dije yo presionando con mis dedos en la planta del pie- Que a pesar de todas las muestras de hastió que muestra la población hacia ellos, siguen pensando que la gente los ve como niños traviesos pero que en el fondo los estiman por qué no dejan de pedirles favores. Y están muy equivocados. Cómo no se espabilen les va a estallar todo en la cara.

Tras la respuesta Marta se quedó callada pensando. Yo seguía masajeando sus pies, atento a sus gestos para saber los puntos donde debía actuar con más insistencia. De vez en cuando ella suspiraba de alivio y se movía. Mis ojos no podían evitar entonces recorrer sus piernas y atisbar bajo su falda.

Con un movimiento que trató de parecer lo más natural posible adelanté mis brazos y pasé mis manos con suavidad sobre sus piernas. Sus gemelos acalambrados se relajaron casi instantáneamente a mis caricias.

-¿Y qué opinas de mí?

-Que eres una mujer que sabe lo que quiere. Que llevas poco tiempo en política. Que no pareces deber nada a nadie y que pareces inusualmente honesta.

-¿Parezco? -preguntó ella con una sonrisa sensual.

-Sí , con los políticos nunca se sabe, pero contigo estaría dispuesto a poner la mano en el fuego…

-¿Pues por qué no lo haces? -preguntó ella cogiendo mi mano y metiéndola bajo su falda.

Yo, caliente como un burro, no me hice esperar. Me incorporé y acariciando el interior de los muslos de la diputada le di un beso. Marta respondió con avidez recorriendo mi boca con su lengua mientras me alborotaba el pelo con sus manos.

Cuando  mi mano se abrió paso entre sus muslos y acaricié su sexo, ella  respondió apretando su cuerpo contra el mío con un gemido de deseo. Con un tirón apresurado le quité la chaqueta y le abrí al blusa. Mis manos se desviaron momentáneamente de sus piernas y se cerraron sobre sus pechos. Cuando me di cuenta había sentado a Marta sobre el escritorio y estaba besando y magreando su cuerpo. Marta gemía excitada y jadeaba reaccionando a cada caricia como si fuese una corriente eléctrica.

Una vez más metí las manos bajo su falda y fui subiendo por sus piernas. Acaricié su culo terso y redondo y agarrando los pantis tiré de ellos hacia abajo para sacárselos. Aproveché para acariciar cada milímetro de aquellas piernas tersas y maravillosas. Marta se tumbó sobre el escritorio y dejó que las besase y las lamiese mientras suspiraba de placer.

Me entretuve en los pies, besé sus tobillos  y recorrí sus dedos con mi lengua y los mordisqueé arrancándole pequeños grititos.

-Ven -dijo ella liberando sus pies de mis caricias y abriendo sus piernas. La falda resbaló hasta su cintura dejando a la vista un tanga de seda azul oscuro  húmedo de deseo.

Obediente me incliné entre sus piernas y a apartando el minúsculo trozo de tejido acaricié su sexo con mis labios. Con mi lengua recorrí su vulva cubierta por una fina pelusilla oscura y termine chupando su clítoris. Marta arqueó su cuerpo y gritó de placer.

-Así, más. ¡Me gusta! -exclamó.

Ajeno a sus gritos, con la sangre hirviéndome de deseo chupaba y lamía a la vez que exploraba con mis manos su sexo, sus muslos, su culo. Quería comerme ese cuerpazo a besos.

Marta sonrió al ver mi cara congestionada y se incorporó para hurgar en mi bragueta. Mi polla ya estaba caliente y dura  como una piedra antes de que sus manos frescas la tocaran.

Rápidamente me deshice de pantalones y calzoncillos y ella pudo por fin verla y jugar un poco  con ella. La agitó y la acarició arrancándome un gemido de placer. Con un suave tirón la acercó a su sexo y se lo acarició con ella. Yo gemí e intenté penetrarla pero ella me lo impidió con una sonrisa y besó mi gesto frustrado mientras se seguía acariciando su coño hirviente y rebosante de flujos.

Con todo mi cuerpo contraído por el deseo, la diputada guió mi polla a su interior poco a poco con deliberada lentitud. Cuando finalmente  retiró la mano le clavé el resto de mi polla de un solo empujón. Marta gimió y se estremeció agarrada a mis caderas preparándose para mis embestidas.

Yo, como un caballo desbocado comencé a penetrarla con movimientos rápidos y profundos mientras besaba su cuello y acariciaba sus pechos pálidos y sus pezones grandes y oscuros.

-Uff Sí. Así. -dijo ella tumbándose de nuevo sobre el escritorio.

Yo seguí empujando y resoplando, disfrutando del cuerpo bello y elástico que se retorcía y gemía satisfecho con cada embate .

No sé cuánto tiempo pasó pero cuando me di cuenta estaba follándola agarrado a una de sus piernas y besando y chupando su pie mientras ella arqueaba su cuerpo por el efecto de un tremendo orgasmo.

-Siéntate. -me ordenó con su cuerpo aún estremecido por el orgasmo.

Obediente me senté en su cómodo sillón de cuero mientras ella sentada en la mesa comenzó a acariciar mi polla con sus pies.  con un gesto de apremio agarré sus tobillos y junté sus pies haciéndome una paja con ellos hasta que me corrí. Dos, tres, cuatro chorreones de semen caliente y pegajoso salpicaron sus delicados pies mientras me sonreía satisfecha.

-Creo que al escritor se le han acabado las palabras -dijo ella sonriendo al ver mi expresión azorada al ser consciente de lo que habíamos hecho.

-Yo…-intenté decir.

-No digas ninguna tontería -me interrumpió ella componiéndose el traje.-Yo estaba estresada y tú estabas salido, ambos somos mayorcitos y ambos hemos disfrutado.

-Entonces…

-Te espero mañana a las ocho como siempre.

-De acuerdo jefa. quiero que sepas que esto no saldrá jamás de aquí.

-Cuento con ello. Sé que puedo confiar en ti. -dijo despidiéndome con una sonrisa.

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