MOISÉS ESTÉVEZ

Inclinado sobre la barra de un bar, la cara sobre las palmas de sus
manos y los codos apoyados en aquella, lloraba como un niño lo que no supo
mantener como un hombre.
Había perdido la cuenta de las copas bebidas, de las lágrimas caídas…
Esa mañana cuando se levantó, apático, cansado, más desanimado que
nunca, terminó por no reconocer lo que vio al mirarse al espejo.
Un terrible sentimiento lo atormentaba, una afección de culpabilidad
profunda y oscura fluía por las venas de su cuerpo, castigado y abandonado
con la excusa evitable de la situación que vivía.
Más de un año cumplía su soledad, una soledad triste y absoluta. Su
mujer y sus dos hijas lo abandonaron, sus tres soles, sus tres partes que por
igual dividían su corazón, ahora negro y carcomido por una ponzoña que él
mismo se había inyectado.
Con el tiempo llegó a la conclusión lógica de que fue culpa suya. No
supo cuidarlas, no hizo nada por quererlas como se merecían, había sido un
mal padre y un esposo lamentable, y cuando vino a darse cuenta de lo que
estaba haciendo, era demasiado tarde…

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