ESRUZA

 

Los niños y los animales domésticos son los seres más indefensos que hay. La diferencia entre ellos es que los niños crecen y, por muy mal que les vaya, encuentran las armas para defenderse; los animales en cambio no; siempre serán como niños indefensos y se comportarán según el trato que reciban o el tipo de adiestramiento. Los gatos son bellos, sensuales e independientes, pero no susceptibles de ser adiestrados. Los perros, en cambio, siempre leales a su dueño, aunque sean maltratados, siempre lo defenderá y hará lo que éste le pida. Como se sabe, hay una gran diferencia entre los perros de compañía y los grandes, que difícilmente se pueden tener dentro de casa. Esta historia tiene como uno de los “personajes” principales a un perro.

Liliana y Eduardo vivían en un pequeño poblado, muy caluroso; en el tenían todo al alcance de su mano. Estaba a unos cuantos kilómetros de la ciudad, por lo que era muy fácil recorrerlos y obtener lo que les hiciera falta, aunque, en realidad, era él quien se encargaba de hacerlo al salir de la oficina. Ella era una mujer joven, guapa, que había dejado su profesión al casarse con Eduardo, un hombre quince años mayor que ella, de buena presencia, culto, pero retraído y con un empleo bien remunerado. Liliana se había enamorado perdidamente de él y después de un noviazgo de seis meses había aceptado casarse.

Eduardo era divorciado, con dos hijos varones con su exmujer, quien se encontraba recluida en una casa de salud. No era muy expresivo ni cariñoso, pero sí muy atento con Liliana; le hacía obsequios, le regalaba flores, y esto a ella le encantaba. Nunca le dijo por qué se había divorciado, ni ella preguntó; sólo sabía que ella se encontraba en una casa de salud, no quería saber más.

Cuando se casaron, él puso dos condiciones (¡!): que ella aceptara a su perro, un Rottweiler hermoso. A Liliana no le gustaban los perros, pero pensó que no habría ningún problema si él se encargaba de cuidarlo, advirtiendo, no obstante, que no lo quería dentro de casa

— ¡No te preocupes, -dijo él- no lo tendremos dentro; yo me haré cargo de él!

La segunda fue que no tendrían hijos; condición que le pareció extraña, pero no le hizo cambiar de opinión. Aceptadas las condiciones, se casaron.

Al principio todo iba bien; ella se quedaba en casa, se hacía cargo de ésta y hacía largos paseos por el bosque cercano al lago para distraerse.

Ya por la tarde, regresaba y preparaba la cena; esperaba a Eduardo y compartían un agradable momento; se platicaban los sucesos del día, y después, él salía a pasear al perro, mientras ella lavaba los platos, y así, todos los días.

Esporádicamente, sus hijos lo visitaban; eran dos jovencitos de veinte y veintidós años. Liliana observó que, aunque iban a verlo, la relación entre ellos era muy tirante, pero no le dio importancia; se dijo a sí misma:

— “Deben estar resentidos por la separación de sus padres”

Los dejaba solos para que platicaran, pero, también, se dio cuenta de que la observaban con una mirada de lástima que no se explicaba; sólo cruzaban unas cuantas palabras con ella cuando llegaban.

   — ¡Hola Liliana!, ¿cómo está?

   — ¡Yo muy bien!, ¿y ustedes?

   — ¿Desean algo de tomar?, les prepararé algo para que “piquen”

Liliana se dirigía a la cocina, preparaba bocadillos y limonada. Al llevárselos notaba que a su entrada guardaban silencio, no era una plática normal; los tres tenían una cara adusta, casi de enojo. Ella no le daba importancia, puesto que así era cada vez que lo visitaban.

La casa que habitaban era muy grande, demasiado para dos personas; tenía un jardín bastante amplio, que era lo que le importaba a Eduardo para que su perro pudiera disfrutar de él; tenía su casa, bien alimentado, cuidados del veterinario, en fin, todo lo que necesitaba.

Después del divorcio Eduardo había seguido viviendo en la casa, completamente solo; sus hijos se habían ido a vivir con los abuelos maternos cuando su madre fue internada, el perro era como su hijo, sólo a él obedecía.

Liliana no se atrevía a hacer uso del jardín, realmente, le temía al perro; su nombre era “Diávolo”. Si caminaba unos pasos más de los que Diávolo le permitía, éste le gruñía ferozmente.

Dueño de rutinas muy marcadas, todos los días, al llegar, tomaba una ducha y cenaban; posteriormente, salía a pasear con su perro, pero nunca le pedía a ella que lo acompañara.

A pesar de haber aceptado no tener hijos, Liliana empezaba a arrepentirse de eso. Como mujer joven deseaba ser madre; tener una compañía cuando Eduardo no estaba, y lo normal sería tener un hijo a quien cuidar y amar. En una ocasión se lo externó a su marido…

   — Cariño, ¿por qué no tenemos un hijo?, sé que acepté no tener, pero me siento    muy sola, soy muy joven aún y me gustaría, ¿por qué no cambias de opinión?

Eduardo tuvo una reacción violenta y, casi a gritos, exclamó:

  — ¡Fue un acuerdo Liliana, te lo advertí desde el principio!, mi respuesta es ¡NO!

Liliana no quería discutir, realmente lo amaba y no deseaba contrariarlo, así que no insistió.

El bosque y el lago se encontraban muy cerca de donde vivían, lugar al que acostumbraba Eduardo pasear con Diávolo. El bosque tenía árboles hermosos que en otoño dejaban ver sus hojas color amarillo oro y, en el lago, se podía navegar en una pequeña barca; ahí acudía Liliana a sus paseos en solitario. Se sentaba a la sombra de un árbol y se ponía a leer. El canto de los pájaros era música para sus oídos, ésa era toda su diversión; en su casa, en su jardín, no podía hacerlo, era el espacio de Diávolo.

En una ocasión en que Eduardo tuvo que salir de viaje, por requerimientos de su trabajo, le explicó a su esposa que uno de sus hijos iría a hacerse cargo del perro, ella no debería acercársele. El viaje duraría una semana, así que el hijo mayor, Roberto, llegó a la casa y empezó a hacerse cargo.

En esa semana, de trato más o menos cercano con Roberto, Liliana se atrevió a preguntar por qué era tan tirante la relación con su padre.

  — Roberto, -dijo ella- ¿De qué platican tan seriamente tú y tu hermano con tu papá y callan cuando yo me presento? Yo los quiero a ustedes y deben tenerme confianza.

Roberto, dándose cuenta de que ella, realmente, estaba interesada por ellos, le dijo:

— Liliana, te voy a contar la historia de mis padres, pero es algo que debe quedar entre nosotros; yo he llegado a estimarte y quiero a mi padre, pero creo que debes tener cuidado, mucho cuidado de no discutir con él enfrente de Diávolo.

Liliana se quedó muy sorprendida…

   —¿Por qué me dices eso?, ya me estás preocupando; Eduardo y yo llegamos a tener discusiones sin importancia, pero nada más, y siempre dentro de la casa, yo no me acerco a Diávolo.

— Bueno, ya empecé y creo que debo continuar, pero te advierto que mi padre no se debe enterar de nuestra plática.

— No te preocupes, seré una tumba.

— Diávolo es el causante de que mis padres se hayan divorciado y mi madre esté internada. El creció en un orfelinato, nunca supo quiénes fueron sus padres. Al cumplir la edad requerida salió del orfelinato para vivir por su cuenta; sufrió muchas privaciones; durmiendo bajo los puentes, comiendo lo que podía, haciendo mandados,  y un día, caminando por la mañana para buscar el sustento, vio a un perrito, un cachorro Rottweiler, escondido en el parque, maltratado, con heridas; se le acercó poco a poco, y con palabras cariñosas logró agarrarlo; le curó las heridas y lo que tenía de comer para él, se lo daba al cachorro y desde entonces se convirtió en su compañía; por lo tanto, es totalmente leal a él y puede defenderlo a la más mínima orden de mi padre.

Tiempo después entró a trabajar al periódico como mensajero, y así fue prosperando hasta lo que es hoy, un reconocido redactor.

Cuando mis padres se casaron le advirtió a mi madre lo mismo que a ti, pero un buen día tuvieron una discusión muy fuerte en la puerta de la casa, mi madre lo empujó y, súbitamente, Diávolo se le echó encima, ella entró en pánico y corrió por todo el jardín sin que mi padre, por el enojo, le diera la orden de parar. Mi madre cayó en el pasto, Diávolo la alcanzó y casi le arrancó un brazo ante la mirada impasible de mi padre; no la llevó al hospital, él le hacía las curaciones; el brazo se infectó y entonces sí tuvo que llevarla al hospital, pero ya no había nada qué hacer; el brazo estaba engangrenado y tuvieron que amputárselo.

Mi madre era de carácter muy débil, y después de ese incidente, hablaba muy poco y desvariaba, lentamente, fue perdiendo la razón. Gritaba con sólo ver a Diávolo a través de la ventana y corría por toda la casa, hasta encerrarse en su habitación; tuvieron que internarla. Mi padre nunca la visita y promovió el divorcio.

Cuando nosotros lo visitamos es para pedirle la mensualidad de la casa de salud y todo lo que mi madre necesita. Lo queremos, pero estamos resentidos por esta razón.

Te aconsejo que te cuides de nunca discutir con él enfrente del perro. Te hago notar que nosotros estamos sorprendidos de la edad de Diávolo.

Liliana se quedó horrorizada, nunca hubiera esperado esa historia. Cuando Eduardo regresó no le hizo el más mínimo comentario al respecto.

El tiempo pasó, Liliana se aburría sola en casa y empezó a alejarse de Eduardo, sentía que, realmente, no lo conocía. Ya no era tan atento con ella, prefería jugar en el jardín con Diávolo y sacarlo a pasear, en vez de salir con ella al lago.

Un buen día, decidió leer su libro fuera de la casa, en una parte del jardín, en su zona, lejos de Diávolo y cuando llegó Eduardo, por primera vez, lo increpó diciéndole:

— Eduardo, necesito que salgamos a un restaurant, al cine, a pasear, me estoy muriendo de aburrimiento ya no soporto más, ¿por qué no descansas un poco y salimos a cenar fuera?

Su marido la miró con enojo y le respondió:

— Sabes muy bien que no me gusta salir, vengo cansado, quiero darme un baño mientras preparas la cena, y después iré a pasear con Diávolo, si quieres entretenerte ¿por qué no sales durante el día, por qué no vas de compras o visitas alguna amiga?

Liliana le respondió molesta:

— No tengo amigas desde que nos casamos, lo sabes muy bien, y no me gusta entretenerme sola yendo de compras, quiero salir contigo.

— Pues ya te dije que no y punto, no quiero discutir, no seas necia.

Fue tal el enojo de ella que le espetó:

— Pues prepárate tú la cena, en este momento me voy con mis padres, ya estoy cansada de esta situación.

Sin más preámbulo entró rápidamente a la casa, tomó su bolso, y decidida se dirigió a la salida. Durante esta discusión, no se dio cuenta de que Diávolo los observaba fijamente, sus ojos parecían lanzar fuego, y al dirigirse hacia la puerta, Eduardo sólo volteó a ver a Diávolo y casi en un susurro le ordenó:

— ¡A ella Diábolo!

Liliana al ver a Diávolo ir hacia ella, corrió con todas sus fuerzas y entró a la casa, cerrando la puerta tras de sí. El aquietó al perro y entró.

— ¡No me vuelvas a hacer eso Liliana, prepara la cena!

Liliana no hizo caso, llorando subió a su habitación y se encerró por dentro; esa noche no permitió que Eduardo durmiera con ella. A la mañana siguiente, no salió hasta que él se hubo ido. Arregló una maleta, llamó a Roberto, le explicó someramente el problema y le pidió que la ayudara a salir de la casa. Antes de salir escribió una nota:

“Sé por qué te divorciaste de tu anterior esposa, por qué está en la casa de salud y no espero que me suceda lo mismo que a ella. Sigue con la compañía de Diávolo, yo no te hago falta, adiós”

Liliana nunca regresó y Eduardo no la buscó, siguió una vida solitaria en compañía de su leal y querido perro Diávolo.

Tiempo después, Eduardo falleció. A su sepelio acudieron Liliana, sus padres, sus hijos y unos cuantos compañeros de la oficina. El velorio se llevó a cabo en la casa y ella, al llegar, se sorprendió de no ver al perro.

Nadie se percató de que Diávolo, al morir Eduardo, salió a la calle y, súbitamente, se volvió a convertir en cachorro, se escondió entre unos matorrales y aparecieron, nuevamente, las señales de maltrato. Pacientemente, esperó a que otra alma caritativa lo adoptara.

Un comentario sobre “Diávolo

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