ALBERTO ROMERO

 

Todos en Vela

“Siento haberme puesto hoy así. Tu hermana me ha ayudado a entender que
no era fácil darme esta información. Me gustaría que vuelvas y hablemos, pero te
pido un día para asimilar todo lo que me has contado. Mañana por la noche te llamaré,
mientras tanto descansa tranquilo. Voy a estar bien y quiero que tú también
lo estés. Te Quiero!”
Antonio se metió en la cama leyendo de nuevo el mensaje que acababa de recibir
de Ana. No sabía si contestarle o no, y mientras lo releía una y otra vez decidió
ser breve diciéndole que agradecía su mensaje y que le quería. Trató de dormir,
intentando estar tranquilo como le decía Ana en el mensaje, pero no le venía
el sueño, estaba muy despejado.
Ana dejó el móvil sobre la mesilla y trató de aguantar las lágrimas hundiendo
la cara en la almohada de aquella cama hospitalaria. No funcionó y lloró en silencio
la desesperación del engaño que sentía que había sido toda su vida. Antes de
escribir a Antonio había tratado de llamar de nuevo a su madre, buscando explicaciones
en primera persona, pero el mensaje de apagado o fuera de cobertura seguía
siendo la única respuesta. Leyó una y otra vez la carta de Antonio, punto por
punto, letra a letra, tratando de entender y asimilar aquellos sucesos que la desgarraban
con cada frase.
Marta se abrazó a Deyan buscando el calor de su marido, que tanto había
echado de menos en su huída convertida en persecución. Su marido roncaba hacía
rato y mientras miraba la luz tenue de la noche, que se colaba por la ventana
pensó en todo lo sucedido en los últimos días. Los gemelos dormían en la habitación
contigua y la respiración acompasada de Deyan en la cama la hicieron sentir
tranquila a pesar de todo. La sensación de vacío se mezclaba con el calor humano
que sentía de su familia querida.
Josu Aguirre dejó que el agua caliente de la ducha aliviara la tensión del cuello
y la espalda tras un duro día de trabajo. Quieto contra la pared de la ducha miraba
al suelo mientras el agua se precipitaba por todo su cuerpo. Los pensamientos
que se mezclaban en su cerebro sin respuesta ni sentido alguno no le dejaban
en paz. El interrogatorio a la Madre Superiora del convento no había resultado
muy fructífero, pero estaba claro que algo ocultaba sobre Josefa. Sentía entre sus
dedos la punta del hilo que unía a Josefa con las Dominicas de Barakaldo, y sólo
tenía ganas de tirar y ver que salía de todo aquello.
Antonio sintió un ruido en el pasillo que le puso en tensión al instante. Su primer
pensamiento fue que alguien había entrado en el piso y trató de agudizar el
oído sin mover ni un músculo. No se repitió pero decidió levantarse dispuesto a
enfrentarse a quien fuera. Agarró una figura africana decorativa de la mesilla a
modo de arma y abrió la puerta con cuidado. Sacó la cabeza despacio y trató de
ver algo en la penumbra del pasillo. No había nadie.
Recorrió la casa acojonado y paranoico, pensando que su suegra había vuelto
para matarlo. Registró cada rincón del piso, pero no había nada ni nadie.
El miedo se estaba apoderando de él, y no podía dormir, así que salió a fumar
al balcón, esta vez con el pantalón del pijama puesto. El frescor de la noche le sentó
bien.

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