XAVI ALTA

Ha pasado medio año desde mi afortunada vuelta al mundo. Soy capaz de expresar frases pseudo inteligibles, aunque me es casi tan costoso como escribir mis ideas en la tablet. Casi no se me cae comida de la cuchara cuando como, logro pinchar con el tenedor, pero cortar con el cuchillo aún es misión imposible. Al menos soy capaz de agarrarme la polla cuando meo, porque de momento no sirve para nada más. De allí que para mitigar los probables avances de mi socio en su opa hostil sobre mi mujer, que acumula mucha necesidad, me haya convertido en el Yorkshire de mi casa, el perrito comecoños que toda abuela que se precie necesita.

Hoy visitamos a la doctora que confirma que mis procesos son estimables, se nota que siempre has sido muy deportista y te cuidabas, que he sido muy afortunado pues no las tenían todas consigo los primeros días pero que viendo la evolución, mi esfuerzo y el cariño de mi esposa, la mira sonriéndole, tuvieron claro que iba a lograrlo.

La visita dura más de media hora. La doctora va desgranando de dónde venimos, dónde estamos y dónde llegaremos, todo muy filosófico aunque se refiera a mi recuperación, pero yo tengo la mente en otro sitio pues no está comentando nada que no sepa o que no me hayan repetido ya un centenar de veces el equipo médico o los fisios. Lola me sujeta la mano con intensidad, feliz ante cualquier comentario positivo de la galena, pero yo estoy trazando un plan en mi cabeza que sé que va a funcionar. Estoy convencido.

Salimos de la consulta despacio, a mi ritmo, todos sonrientes y asquerosamente educados, pero antes he logrado arrancar a la doctora la promesa de atenderme ante cualquier cambio imprevisto. Parece una nadería, pues se trata de una clínica privada cuyo desorbitado precio les exige satisfacer al cliente hasta límites casi pecaminosos, pero la inteligente mujer capta el tono de mi mensaje pues la recuperación de mi sexualidad ha sido uno de los temas tratados.

Dos semanas después estoy solo en la consulta. He aprovechado que Lola tenía una reunión de trabajo para salir solo de casa, tomar un taxi y presentarme en la clínica sin decírselo. La doctora sí estaba avisada pues concerté la visita directamente con ella, comprendiendo que prefería tratar temas tan espinosos sin mi esposa delante, pues di a entender que su necesidad me presionaba.

-Es habitual que algunos pacientes con graves traumatismos cerebrales tarden más tiempo del esperado en recuperar una movilidad completa de la totalidad de su cuerpo. Suele ser parcial, como en tu caso, pero no tienes de qué preocuparte. No hay daños físicos en la zona y tu cerebro nos ha demostrado tener voluntad de regenerar…

-No van por ahí los tiros –la corto balbuceando más que hablando con el aplomo que solía. Y me tiro a la piscina. –¿Se dan casos de alucinaciones o visiones en lesiones como la mía?

-Pueden… -duda –…el cerebro es aún hoy el gran desconocido del cuerpo humano…

Como me cuesta hablar, prefiero realizar un ejercicio práctico pues estoy convencido que será más esclarecedor, así que, cortándola de nuevo, le pido que se levante y se siente en la silla de mi derecha, la que usó Lola en la anterior visita. Me mira sorprendida pero accede. Al tomarla de la mano, me rehúye automáticamente, incómoda pero le pido calma, pues necesito su contacto para explicarle lo que veo.

Tendría cojones que ahora no tuviera ninguna visión, pues quedaría como un loco ante la mujer, pero mi interior, tanto el subconsciente como el consciente no me van a fallar. Lo presiento.

En pocos segundos se enciende el decorado. Textualmente, pues veo un escenario, adusto, de teatro de barrio o de pequeña sala de cine viejo. Se lo voy relatando a la doctora con la lentitud propia de mi estado pero trato de ser descriptivo. Su mano presiona la mía con intensidad cuando comienzo mi relato.

La mujer está de pie, vestida deportivamente, camiseta amarilla, pantalón corto azul y zapatillas blancas, recogiendo su cabello claro en una cola de caballo. Sobre el escenario solamente hay una colchoneta de gimnasio verde militar muy gastada por el uso, al lado de un potro. La doctora mira hacia la colchoneta con intención de realizar una voltereta o algún ejercicio gimnástico pero se detiene a la espera de las indicaciones del maestro que se acerca cruzando el sombrío patio de butacas. El hombre es alto y corpulento pero no parece el típico especimen de sala de fitness, más bien parece el profesor de educación física de la escuela. Al menos viste un chándal del mismo verde que la colchoneta con el nombre de una congregación educativo-religiosa estampado en la espalda.

Le ordena hacer la primera voltereta, con lo que queda sentada de espaldas a él. Ahora la segunda, hacia mí, lo que la deja sentada de cara al docente. De nuevo hacia adelante, de nuevo vuelve. Así media docena de veces, hasta que la chica se detiene cansada, mirando fijamente al profesor, respirando aceleradamente.

-¿Qué miras? –pregunta el hombre, pues la chica ha levantado la vista pero no la ha posado en los ojos de su interlocutor. La ha detenido más abajo, bastante más abajo, donde asoma un bulto que se ha ido hinchando a medida que ella se retorcía sobre el colchón.

Nada, balbucea, pero el docente impone su autoridad apremiándola a responder. Nada, repite avergonzada, hasta que el hombre baja el elástico del pantalón y le muestra un miembro ancho y muy oscuro.

-Mira qué me has obligado a hacer. Ahora deberás pagar por ello.

Lo siento, suena un hilo de voz, pero ella ya sabe qué debe hacer para compensar al señor profesor. Acerca su cuello ligeramente, sin levantar el culo de la colchoneta, abre la boca y toma su penitencia.

-Basta. –La doctora me ha soltado la mano con violencia, levantándose de la silla escandalizada. -¿Cómo puedes saber eso?

No es fácil calmar a un ser humano que ha visto hurgar en sus secretos más íntimos, pero lo intento. Le explico que desde que desperté, sueño repeticiones exactas de momentos sexuales de mi vida y que en cinco ocasiones, he tenido estas visiones que también parecen recuerdos.

A medida que se va calmando, razona, clavándome aquellos ojos avellana tan intensos que la caracterizan, sin duda valorando qué sé y qué puedo ver. Hasta que me lo pregunta. También quiere saber quiénes han sido las otras cuatro víctimas. Le respondo tratando de calmarla.

-Las visiones son incontrolables para mí. Han venido y se han marchado para no volver jamás, como si solamente tuviera una oportunidad en cada caso. –Me pregunta quién de nuevo. Se lo explico, dejando a Lola para la última pues quiero que comprenda mi inquietud. Comprende que he visto algo referido a mi mujer que no me ha gustado, así que su nerviosismo se va relajando.

-No se trata de ningún recuerdo.

Vuelve a sentarse en la silla y ahora es ella la que me toma de la mano permitiéndome continuar. Me sorprende pero su gesto me deja claro que consentirá la visión hasta el límite que considere apropiado.

La doctora, sentada en la colchoneta, parece más joven debido al atuendo escolar pero las facciones de la cara y el cuerpo son las de la mujer de treinta y largos que está sentada a mi derecha. La penitencia a la que el maestro la ha castigado avanza obscenamente, con calma pero sin pausa, pues la joven alumna conoce su lugar, su cometido y el desempeño esperado. Pronto, los sonidos de succión son acompañados por soplidos masculinos, señal inequívoca que el hombre se acerca a la meta, pero la joven no se detiene. Tampoco pierde el ritmo, ni siquiera cuando los bufidos del gigante anuncian el final del castigo.

La doctora me ha soltado de nuevo, preguntándome otra vez cómo lo hago. No lo sé, respondo sincero. ¿Puedes avanzar en la visión? Tampoco lo sé, repito tomándola de nuevo del brazo.

Entonces la chica oye otros sonidos, más lejanos que los que emite el profesor, pero también intensos, molestos, como el frito de un disco mal grabado que ensucia la canción. Son murmullos. De otros hombres, profesores sin duda que se acercan famélicos a través del patio de butacas. ¿Cuántos serán? ¿Media docena? ¿Una? ¿Dos docenas? Debería detenerse, piensa, hacerle eso a un hombre atenta contra las buenas costumbres de cualquier señorita que se precie, pero hacérselo a varios supera en mucho la indecencia. Pero no puede detenerse. Ese mismo pensamiento la excita con una intensidad malsana. Más cuando el inductor de tamaña tropelía inunda su boca.

Varios hombres la rodean cuando se separa del profesor pero la chica no puede, no debe, repetir el acto recién finalizado con cada uno de ellos. Así que se deja caer de espaldas sobre la colchoneta, expectante a que los hombres tomen la iniciativa. Muchas manos, al menos una docena, la tocan, la soban, hasta que las más atrevidas la desnudan para palpar su piel, para hurgar en su inocencia. La chica se deja hacer abriendo las piernas, excitada, esperando recibir también ella su premio.

El primero que se acomoda entre sus extremidades es el profesor de Literatura. Lo siente entrar, profundo, cálido, mientras las manos de los otros no cesan en sus caricias…

-Estás detallando con una fidelidad casi fotográfica una de mis más íntimas fantasías –anuncia la doctora soltándome para acabar con el espectáculo. La miro sorprendido, como el que sale de un sueño porque han encendido la luz bruscamente. Pero la realmente sorprendida es ella, pues sus ojos abandonan mis ojos para posarse en otra parte de mi anatomía, volver a ascender e invitarme a comprobar mi estado con un gesto de cabeza.

Bajo la mirada, pues noto presión sanguínea en mi pene, sensación que no es nueva para mí que en anteriores ocasiones no ha significado nada, pero el bulto es visible a través del pantalón. La toco, me la agarro por encima de la tela de lana de verano y sonrío feliz. Sí señor, es ella, ha vuelto.

Hago el gesto de levantarme en busca de mi mujer para mostrárselo, ¡qué coño mostrárselo! para ensartarla como solía, cuando la doctora me detiene. Su mano también se ha posado en mi masculinidad, dirige la mía hacia su feminidad, anunciándome que recordar su fantasía más íntima la ha puesto caliente como una perra.

Mi yo de las últimas treinta semanas quiere salir de la consulta pues sería lo correcto. Pero mi yo afortunado, el que no esperaba la intercesión de la Diosa Fortuna sino tirársela a la menor ocasión, decide quedarse pues nunca le ha amargado un dulce y nunca ha dejado escapar una presa, menos si está tan buena y dispuesta como la doctora.

Mis movimientos son lentos, así apenas he logrado desabrocharme el cinturón cuando mi compañera de confidencias se sienta a horcajadas sobre mí con la falda por la cintura y las bragas en el suelo, abriéndome la cremallera y sacándome la renacida barra. Se encaja, dejando caer su peso, repitiéndome lo caliente que la he puesto.

Ella marca el ritmo, lento, profundo, como la mamada que le realizaba al profesor de educación física, ella marca la pauta, desabrochándose la blusa para que el par de perfectas tetas adornadas con un pequeño lunar que he contemplado en la visión queden en mi cara, apetitosas, exuberantes.

-Cuando el profe de Lite acaba de follarme, corriéndose en mi interior, me folla el de Mates que se corre en mi estómago, después el de Filo que lo hace en mis tetas, después el de Lengua, el de Sociales, el de Música –va recitando sin dejar de moverse cadenciosamente, -hasta que estoy tan pringosa que les doy asco, me levantan en volandas y me encajan boca abajo sobre el potro. De espaldas no puedo ver quién me folla, pero noto como el líquido caliente me mancha una nalga, la columna, la otra nalga…

Los suspiros le impiden continuar, su musculatura vaginal aumenta la presión sobre mi pene, gime, y grita suavemente cuando siente mi semen anegar su sexo. No he podido aguantarme, no he sido capaz de retrasarlo, también esto tendré que reaprenderlo, pero no le importa pues al poco rato llega a un orgasmo intenso que la deja desmadejada sobre mi cuerpo.

Sentado en la consulta médica, sosteniendo a la doctora que no sólo me ha devuelto al mundo de los vivos sino que además me ha aclarado qué significado tenían las visiones de mi subconsciente, tranquilizándome, vuelvo a sentirme afortunado.

Pues siento que volveré a mi vida anterior, y ésa y no ésta es la vida de un hombre afortunado.

Fin.

Un comentario sobre “Afortunado (9)

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