XAVI ALTA

 

He tardado exactamente 11 semanas en volver a caminar. Llamémosle caminar a mover un pie delante de otro con el cuerpo prácticamente erguido apoyándome en un andador de geriátrico o en un adulto que me hace de muleta.

La semana siguiente logré articular la primera palabra. Lola, eso oyó mi mujer y eso quise decir, pero yo solamente oí dos vocales unidas: oa. La semana 16 fui capaz de ir solo al lavabo, por fin me desembaracé del humillante pañal, y la 18 ya me movía por casa con cierta autonomía.

Eres muy afortunado me repetían todos viéndo moverme como un puto anciano de 115 años, incapaz de sostener una cuchara sin mancharme toda la ropa o de mandarlos a todos a la mierda pues mi lengua no obedece las órdenes de mi cerebro con la efectividad que solía.

Pero soy muy afortunado. Tan afortunado, que además de la lengua, el otro músculo que no ha reaccionado aún es el más importante en cualquier hombre que se precie. El cerebro, sí también, pero me refiero a la polla. Un colgajo inerte que ni siquiera las constantes atenciones de mi mujer, una de las mejores felatrices del mundo, una de las razones por la que me casé con ella, no logra despertar. Cuando la retiro con un gesto y un gruñido que quiere ser una palabra, me mira con aquella tristeza que sólo yo capto, pues la adorna de falsa felicidad, animándome, con frases tan tópicas como que Roma no se construyó en un solo día.

Pero el instinto me avisa de que estoy a punto de perderla. No como esposa, no como pareja. Como amante, pues aunque ella lo niegue, empieza a desesperarse. ¡Qué bien me vendría ahora confirmar que mis visiones son profanaciones de mentes ajenas! Pero el pálpito que surgió en mi interior al poco de despertar del accidente, avisándome que Carlos podía quitarme algo más que la empresa, comienza a intensificarse en mi estómago, señal inequívoca de que el Diablo está al acecho.

No hay mucho que pueda hacer aún, pero al menos pararé el golpe, pienso. Puedo mover brazos, manos y dedos, aunque aún no con demasiada fuerza, pero sí la suficiente para acariciar y masturbar a mi mujer. También puedo usar la lengua así que la semana número 20 Lola estalla en un necesitadísimo orgasmo encajando su feminidad sobre mi cara mientras adopto la versión cómica de Rintintín. ¿Es así como se sentían las tías a las que ponía de rodillas, como perritos falderos?

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