XAVI ALTA

La tercera semana postrado en la cama trae pocas novedades. Físicamente, ya son dos los dedos que puedo mover, gordo e índice, lo que me permite agarrar pequeños objetos con ellos, pero es la mano de Lola lo que más cojo. Otro paso agigantado según la feliz valoración de mi amada esposa, una mierda según mi más atinada percepción. Pero debo seguir escuchando lo afortunado que soy.

Psíquicamente, el avance es distinto. Cada noche sigo soñando, recordando, con una claridad meridiana episodios de mi vida sexual, desordenados, con una atención al detalle que nunca había sentido cuando aún era un ser vivo. Una compañera de universidad que me tiré en el baño entre clase y clase, un polvo rápido con una colega en el despacho del que entonces era mi jefe, un trío con dos clientas en una feria comercial, incluso la primera paja que me hice a los trece años después de que una amiga de mis padres nos visitara y mostrara más canalillo del que mis aceleradas hormonas podían soportar.

Pero no he vuelto a tener ninguna visión. Gertrudis me asea cada mañana con su innata simpatía. Lola, Rita y mi suegra vienen a menudo, me tocan, mi mujer me abraza constantemente y ahora que notamos ambos el tacto del otro, no suelta mi mano ni que le prendan fuego, pero nada de nada. Me tiene muy desorientado. Una parte de mi piensa que he podido ver episodios secretos de la vida de las cuatro mujeres, pero la felación de la enfermera y el viaje en metro de Mercedes no pueden ser reales. Un pensamiento al que me agarro como a un clavo ardiendo pues significaría que mi mujer no me ha engañado. Pero ¿por qué aparecieron? ¿Por qué han cesado?

Por otro lado, han pasado más personas por esta habitación. Tres camilleros, alguno de los cuales también me ha tocado el rato suficiente como para que haya podido ver sus experiencias o recuerdos o lo que sean. Tal vez solamente puedo sentirlo en mujeres. ¿Y la doctora qué entonces? Aunque bien pensado, nuestro contacto físico nunca ha pasado de breves segundos. A diferencia de los enfermeros, no es cariñosa. Los médicos no suelen serlo. A lo mejor, el poder únicamente queda restringido a mi familia. Pero Doña Gertrudis desecha esa teoría.

La quinta semana supone un punto de inflexión importante en mi recuperación. Me trasladan a casa. Nuestra habitación ha cambiado, decorada según la imagen que Lola me mostró semanas atrás. La cama de matrimonio es más pequeña, 1,35cm de ancho cuando la que teníamos era de 2 metros, pero así cabe cómodamente una cama de hospital de estructura basculante pues Lola dormirá conmigo sí o sí, en la misma habitación de momento, juntos en la nueva cama de matrimonio cuando logre ponerme de pie, pues ya no me queda mucho, afirma.

Es cierto que ya muevo ambos brazos, aunque aún no tengo fuerza suficiente para sostener objetos, por más tensos que note mis dedos presionándolos. Ya muevo el cuello con cierta normalidad, así que puedo asentir o arbitrar un partido de tenis, pero las piernas aún no me sostienen. Pero no tardaré mucho, afirma el fisioterapeuta que viene dos horas cada día, pues la columna ya está tomando vigor, dejando de ser una raspa de pescado para convertirse en un tronco, me dice jocoso en una de las sesiones.

-La verdad es que has sido afortunado –sentencia, -pocos viven para contarlo después del accidente que tuviste y los que sobreviven, no se recuperan con la velocidad con que tú lo estás haciendo.

¡No te jode! pienso. Otro con la puta intervención de la Diosa Fortuna. Afortunado no es el que sobrevive gracias a ella, afortunado era yo cuando me follaba a todas las diosas del Olimpo.

Los sueños se mantienen puntuales pero no sé cuánto durarán pues me he tirado a muchas tías en mi vida aunque a experiencia diaria tarde o temprano llenaré el cupo. Ya había olvidado las visiones cuando aparecen de nuevo, en la séptima semana.

Elías, así se llama el fisioterapeuta que me atiende en casa, ha venido un par de veces acompañado de una chica rubia de ojos claros. Debe rondar los treinta años pero su cuerpo es pequeño con pocas formas lo que, unido a una cara de facciones infantiles, la hace parecer mucho más joven, casi adolescente. Sorprendentemente, es una mujer fuerte, capaz de sostenerme de pie obligándome a concentrar toda mi energía en los pies, en los tobillos, en las rodillas, pues estamos a punto de lograrlo, me anima. Su jefe se ha ido, cumplidas las dos horas contratadas, pero la chica ha querido quedarse un rato más pues hoy lograré que des tu primer paso, sentencia.

En eso estamos, de pie apoyado en su hombro, mi cuerpo tenso, recto como un palo, mientras mi cerebro ordena infructuosamente a mis tobillos que se muevan, cuando cierro los ojos y lo veo.

Un callejón oscuro, sucio, con papeles y alguna bolsa tirados por el suelo, cerca de un contenedor gris, de los antiguos. Si no fuera porque pertenecen al mobiliario urbano de Barcelona, el escenario podría ser el de cualquier película americana. Entonces oigo los gritos, agudos pero apagados. Berta, que es como se llama la chica, es arrastrada hacia el fondo del callejón por un hombre alto y delgado. Viste el uniforme blanco, zuecos incluidos, lo que me lleva  a pensar que el suceso se produce cerca de la clínica de rehabilitación en la que trabaja. La chica patalea, forcejea con ambas manos tratando de soltarse del abrazo del oso que llega a levantarla del  suelo, pero nadie acude en su auxilio. No hay nadie en el callejón ni nadie se asoma a la entrada de éste. Superado el contenedor, el hombre la tira al suelo, violentamente, haciéndola impactar dolorosamente con la espalda contra el pavimento. El golpe la aturde un par de segundos pero basta con notarlo acorralándola de nuevo para que la chica reanude la lucha.

-Estate quieta zorra, si no quieres que sea peor para ti.

Pero ella no obedece. Mueve los brazos descontroladamente tratando de sacarse de encima el apestoso cuerpo de aquel malnacido que la ha inmovilizado sentándose a horcajadas sobre su cintura. Si estuviera un pelín más abajo trataría de soltarle un rodillazo en la entrepierna, pero aunque hace el gesto, su extremidad no llega. Lo que sí asoma es la mano derecha del individuo que ha logrado superar la resistencia de las de la chica y cae con brutal violencia sobre su mejilla izquierda. Su cuello gira automáticamente, por poco su cabeza no impacta contra el suelo, y la cara le arde. El sabor metálico de la sangre le anega la garganta. Debe haberme roto algún diente, es capaz de pensar, mientras nota que los brazos van perdiendo fuerza.

El agresor la amenaza de nuevo, estate quieta si no quieres que te haga daño, mostrándole el puño a escasos milímetros de los ojos, mientras aparta las muñecas de la chica con la mano izquierda para proceder a rajar la bata. Por favor, suplica la joven, cerrando los párpados a través de los que caen las primeras lágrimas.

Al tercer tirón el hombre se da por vencido. El tejido es demasiado grueso y no se rompe con la facilidad que esperaba, así que saca una navaja del bolsillo, cuyo brillo en la oscuridad provoca otro grito de la enfermera acompañado de tópicos ruegos, no me hagas daño, por favor. Pero no la clava en la piel. Prefiere perforar el algodón reforzado que se rasga con suma facilidad detrás del que asoma un sujetador blanco, inmaculado. Cuando el filo del arma se cuela entre los juveniles pechos de la chica para rasgar la prenda interior, ésta junta los codos tratando de evitarlo, pero una mirada amenazante del hombre es suficiente para apartarlos. El tirón es respondido con otro grito que nadie más a parte de ellos dos oye.  Sin soltar la navaja, sujeta con dos dedos, las manos del cerdo asqueroso toman los breves pechos amasándolos con agresividad, pellizcándole los rosados pezones.

Desde que asomó el arma, Berta ha cerrado los ojos, incapaz de mirar, evitando sentir como aquel delincuente hace con ella lo que le apetece. No tarda en mover su cuerpo hacia el sur, sentándose ahora sobre los muslos de la joven para cortar también la tela del pantalón. Desciende un poco más, ahora posándose sobre las rodillas para terminar el corte. Por un momento, la chica piensa que ahora es el momento, el escroto del hombre está a tiro de sus rodillas pues ha tenido que incorporarse ligeramente para tirar de la prenda y acabar de rajarla, pero notar el cuchillo tan cerca de su sexo la frena. La aterra fallar y que se lo clave en el corazón de su feminidad.

No ha notado frío cuando le ha arrancado el sujetador, pero cuando su entrepierna queda expuesta nota claramente la corriente de aire que la recorre. El agresor se acomoda entre sus piernas, abriéndoselas para contemplar sediento toda su intimidad, sin que ella oponga la menor resistencia. Que acabe lo antes posible, ruega.

Oye como el hombre se desabrocha la ropa, en un acto interminable, hasta que acomoda su cuerpo al de ella, apunta y, al cuarto empujón, entra. No puede evitar gemir, de dolor, de asco, pero el delincuente le acerca la boca con la que también la agrede.

-Venga zorrita, que te va a gustar.

Afortunadamente, la vagina no está completamente seca, así que la penetración no es tan dolorosa como temía. Tampoco el hombre tiene un pene grande por lo que el trago es físicamente soportable. Otro cantar es la melodía que lo acompaña, una serenata de guarradas casi susurradas que la hieren mucho más que la barra de carne.

-Eso es zorrita, eso es, muévete a mi ritmo. Te gusta, te está gustando. Ningún medicucho te ha follado como yo lo estoy haciendo. Por fin te folla un macho de verdad, eso buscabas en el callejón, ¿verdad? una buena polla que te llene ese coñito de zorra que tienes…

Hasta que no llegan los estertores del orgasmo, el hombre no ceja en su retahíla de caricias verbales. Berta nota claramente los disparos en su interior, acompañados de pequeños gemidos, lastimeros, aunque el hombre los confunda con placer.

Besos en el cuello y lametones en la cara son la última humillación que tiene que padecer, antes de que el hombre la abandone, despidiéndola con un sé que te ha gustado zorrita.

Durante unos minutos se queda inmóvil en el suelo, parcialmente desnuda, desmadejada, notando la semilla de aquel hijo de puta en su interior. Poco a poco se va serenando, recobrando una respiración relajada, abriendo los ojos, mirando hacia la entrada del callejón por si alguien viene en su ayuda. Pero está sola.

Vuelve la mirada hacia el cielo, fijándola en la única estrella que asoma en el firmamento. Sus manos tiran los girones de la bata para taparse, pero cuando lo hace, éstas toman vida propia, soltando la tela y acariciando sus pechos, pellizcándose los durísimos pezones con saña, sintiendo el dolor que le atraviesa el esternón.

Incapaz de apartar la vista de la estrella, su mano derecha recorre su abdomen mientras la izquierda mantiene activos ambos pitones, castigándolos alternativamente. Supera el estómago y recorre el pubis, lentamente pero sin demora, hasta que llega al vértice superior de sus labios vaginales. El dedo índice lo acaricia suavemente hasta superarlo para accionar el clítoris. Una descarga recorre su espina dorsal, del coxis al occipital, arqueándola, separándole las piernas, exponiendo obscenamente su sexo. Como aprendió a hacer en su pronta adolescencia, mientras el dedo gordo se apoya en el pubis y el índice mima el botoncito del placer, los otros tres recorren sus labios de abajo arriba, de arriba abajo, abriéndolos, estimulándolos, hasta que el corazón se adentra en su vagina. Está asquerosamente pringosa, pegajosa, rellena de un flujo invasor mucho más denso de lo habitual.

Su mano izquierda abandona sus mamas para colaborar con la derecha en su expedición. Espera a que los dedos diestros abandonen la cueva para colar los zurdos, pues los primeros  viajan por el espacio sórdido de aquel callejón hasta acercarse a los labios de su dueña que se abren y chupan con ansia la ácida semilla del malnacido.

Retornan los derechos mientras los izquierdos son bebidos con creciente ansia. De nuevo los primeros, de nuevo sus mellizos.

La enfermera Berta está estirada en aquel sucio callejón boca arriba, semi desnuda, con las piernas completamente abiertas, moviendo rítmicamente las caderas, mientras la succión de sus grasientos dedos acallan los soeces vocablos que su garganta escupe. Eso es zorrita, te gusta que te folle ¿verdad?, te gusta que te folle un macho, que te trate como mereces, como una zorra… Hasta que el orgasmo la estremece intensamente, curvándola exageradamente, penetrada vaginal y oralmente.

El estrépito me devuelve al mundo real. He caído al suelo, de espaldas. La enfermera está agachada a mi lado, parece que no ha llegado a dar con sus huesos en el suelo, pero trata de levantarme tirando de mí con todas sus fuerzas. Lo logra, sonriente pues he dado el paso.

-Lamento el golpe, pero ha valido la pena –sonríe. Sí ha valido la pena, pienso para mí, pero solamente respondo con otra sonrisa, que cada vez es más amplia.

Un comentario sobre “Afortunado (7)

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