XAVIA ALTA

En tres días  no ocurre nada especial. Mi rutina hospitalaria se mantiene inmutable con la salvedad que mis ejercicios gimnásticos van dando sus frutos. Soy capaz de levantar el dedo índice casi un centímetro y mi cuello ya logra girar mi cabeza cuando quiero expresar negación, aunque lo haga a cámara lenta.

Cuando me quedo solo, por las noches, sigo dándole vueltas a mis nuevos poderes. La verdad es que me anima a seguir luchando pues en mi fuero interno me convenzo de que si la información es poder, conocer los secretos inconfesables de la gente de tu entorno te dota de un ascendente sobre ellos con el que puedes someterlos a tu antojo. Y esto, en el mundo de los negocios, es un poker de ases. No, si al final será cierto que he sido afortunado.

Pero no logro controlarlo. No veo lo que quiero, solamente lo que aparece, sin avisar, aunque después de mucho analizarlo, me he dado cuenta que las imágenes surgen cuando la persona me toca. Pero debe ser un gesto sostenido. Así ha ocurrido las tres veces.

Lo incomprensible es por qué no se ha repetido. Doña Gertrudis me lava cada día, pero solamente en uno tuve la visión. Lola no deja de tocarme, acariciarme, de darme la mano ni medio segundo y en cambio no he vuelto a sentir ni ver nada. Debo aprender a dominar mi poder, pero ¿cómo?

Tal vez, mi propio aburrimiento me esté llevando a ver películas donde no hay nada. Tal vez sea mi mente la que está inventando fantasías en un cerebro que está más estropeado de lo que me han dicho. Pero entonces, ¿cómo me explico la perfección del recuerdo, cómo puede ser tan detallado? ¿Y qué hay de los sueños? Cada noche he recordado, soñando, episodios de mi vida amorosa con mayor detalle de lo que percibí en su día, haciéndolo. Tiene que significar algo. Tengo que averiguarlo.

Hasta que me llega otra oportunidad.

Mercedes es mi suegra. Es una buena mujer de la que no tengo ninguna queja. No sé si se parece más a Lola o a Rita. Supongo que ambas tienen características de su madre, una señora de clase alta que ocupa su tiempo entre actos benéficos y encuentros con sus amigas. Se acerca a los 60, así que ya no es ningún bellezón, pero lo fue, sin duda. Aún hoy, conserva un atractivo que ya gustaría poseer a mujeres diez o veinte años más jóvenes. Una vida tranquila y el dinero suficiente para cuidarse le han ayudado.

Ha venido un par de veces por semana en las que se ha mostrado atenta y optimista. Hoy me está dando conversación, sin esperar más respuestas que mis monosilábicos parpadeos, pero sé que le caigo bien, a pesar de no provenir a su círculo social. Su marido, en cambio, siempre ha sido más distante conmigo.

Lola vuelve a estar reunida con Carlos y alguien más, así que esta tarde mi cuñada ha venido acompañada de su madre. No se quedarán mucho, me han avisado, pero Rita atiende una llamada de Gonzalo que está de viaje en Brasil, así que me deja solo con ella un buen rato. El suficiente.

Repite los ejercicios que ha visto en su hija hace unos minutos, masajeándome los dedos de la mano para estimularlos, mientras me va contando chismorreos del barrio. Como hice días atrás, cierro los ojos y me concentro en su tacto. De nuevo, empieza la función.

Mercedes está incrustada en un vagón de metro o tren en hora punta. Me sorprende, pues dudo mucho que una mujer de su posición haya utilizado alguna vez el transporte público durante los últimos cuarenta años. Viste elegante, con un vestido entallado de una sola pieza azul turquesa, zapatos de tacón Manolo Blahnik, es su marca de cabecera, y las elegantes pero discretas joyas doradas que la caracterizan.

El habitáculo está lleno, pero no es agobiante. Ella está de pie, agarrada a la barra vertical que preside la plataforma. El convoy se detiene en una parada que no sé identificar, se apean un par de viajeros pero entran una decena. Ahora está más lleno, tanto que dos manos más se han agarrado a la barra, hombres ambos, pero sigue manteniendo el suficiente espacio para que no se le echen encima.

El tren reanuda su marcha pero extrañamente ya no se detiene, como si la siguiente estación estuviera a muchos kilómetros de distancia. El hombre que tiene a su izquierda mueve la mano que lo sostiene un poco hacia abajo, hasta que roza la de Mercedes. Ella no dice nada. Él aparenta no haberse dado cuenta. La mujer mira al frente, aunque debería llamarle la atención, pero no se atreve. Nota los ojos del individuo clavados en su cuerpo, sucios, recorriéndola. Se siente incómoda pero no intimidada. Un hombre corriente como este no tiene nada que hacer ante una dama como ella.

Pero sí lo hace. Mientras su mano izquierda se posa sobre la suya, oprimiéndola en la barra, la derecha se acerca a su muslo hasta que lo toca. Nota claramente dedos  procaces acariciándola, ascendiendo por su extremidad. Sabe que debe pararlo, sabe que debe afearle el comportamiento pues esto es un abuso. Pero es incapaz de reaccionar.

La mano ha recorrido el muslo hasta llegar al nacimiento de su nalga. Esto es demasiado, piensa para sí, pero no lo es para él, que abre la mano y toma toda la nalga, meciéndola, sopesándola. En vez de gritar, de apartarla, de abofetearlo, suspira profundamente ante tamaña osadía. ¡Qué se ha creído este cretino!

Se ha creído, sabe, que la mujer que ha entrado en aquel vagón de metro es tan sucia como él y que no lo detendrá hasta que él, ambos, lleguen a puerto.

La desfachatez del individuo es tal que no se contenta con sobarle la nalga izquierda a conciencia. Cambia a la derecha, vuelve a la izquierda, repite en la derecha, para lo que debe moverse un palmo para acercarse más a la nerviosa mujer.

Siente calor, mucho calor. Su respiración se ha acelerado, sus aún bonitos pechos se han hinchado, su entrepierna se ha humedecido. Siente el aliento del hombre cerca de su oído. Pero no puede evitar separar un poco las piernas cuando la mano del hombre desciende por la parte posterior de su muslo derecho buscando el bajo del vestido. Cuando llega a él, Mercedes se tensa, anhelante aunque temerosa. No debería estar aquí. No es su lugar.

La mano ha atravesado la cabaña. Ahora la siente claramente sobre su piel, ascendiendo. Seguro que la falda también se está alzando, pero mostrar sus piernas a cualquiera que esté al tanto del juego la excita más de lo que la avergüenza. Cuando los dedos llegan a su nalga desnuda se siente morir. Debe reprimir un gemido, que ahoga en su garganta. Los dedos dan paso a la mano entera que vuelve a sopesar la masa aún joven.

Cambia de nalga. Y es entonces cuando el hombre repara en la sucia mujer con que ha topado. No hay ninguna tela que separe ambas carnes, no nota la tira del tanga que esperaba encontrar. La muy zorra ha entrado en el metro sin bragas para que él la sobe a su antojo. Viste como una dama, se comporta como una mujer elegante, pero no es más que una furcia.

El hombre se acerca un poco más a ella, casi sin dejar espacio entre ambos. Se entretiene palpándole las nalgas hasta que decide dar un paso más. Centra la mano para que su dedo corazón se cuele en la raja. Nota el ano pero no se detiene. Continúa hasta que el chapoteo de un coño empapado lo recibe ansioso.

Ahora sí gime Mercedes. Ya no puede evitarlo. Intenta moderarse, ser prudente, pero ¿cómo puedes pedirle prudencia a una zorra que entra en un vagón de metro para ofrecerse al primer pervertido que la asedie?

Abre las piernas un poco, menos de un palmo, suficiente para facilitar la labor del invasor. Este, a través de sus dedos, no se detiene. Acaricia su sexo con calma, introduciendo un dedo, sacándolo, mientras la señora se derrite, gimiendo con ganas, indiferente a los demás viajeros.

No tardará en llegar al orgasmo, lo siente cerca, pero el desencadenante es un gesto aparentemente sutil. La cercanía del hombre ha propiciado que note su aliento cerca de la nuca, cálido, sucio, y que el brazo que lo sujeta a la barra roce ligeramente el poderoso pecho de Mercedes. Tampoco lleva sujetador. Es tan fina la tela que su pezón la atraviesa claramente. Ella gira el torso ligeramente, escasos centímetros, suficientes para que el tenso bíceps del hombre lo roce.

La penetración digital, la masturbación, la está llevando al final del trayecto. La fricción con el enardecido pezón, la hace estallar. Sin poder evitarlo, jadea como una cualquiera mientras sus piernas se tambalean, anegando los dedos del desconocido.

El episodio de mi suegra me deja descolocado. Hay algo que no cuadra en todo esto. No puede ser cierto. Es irreal. El vestido existe, se lo he visto puesto, así como los zapatos, el bolso y las joyas. Pero si ya me parece increíble que la señora Mercedes entre en un vagón de metro, que lo haga sin ropa interior y se deje sobar por un desconocido roza el absurdo.

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