XAVI ALTA

 

He pasado la noche en blanco. El espectáculo que mi mente me ha brindado protagonizado por mi mujer me tiene alteradísimo. Puedo mover párpados, labios y un poco el cuello, pero siento convulsiones en todo mi ser, pues una nueva idea ha nacido en mi cabeza y me tiene loco.

Tal vez mi subconsciente pueda leer secretos inconfesables de las personas que me rodean. Tal vez, mi mujer se lió con un negro estando yo en coma. Tal vez, la enfermera me hizo una mamada cuando yo aún estaba vegetativo. Tal vez… sí, ya lo sé, soy muy afortunado por poder leer la mente de las personas, pero ¿qué pasa cuando no quieres leerla? ¿O no te gusta lo que ves?

He decidido tomar cartas en el asunto, pues siempre he sido una persona resuelta que encara los problemas de frente. El ataque es la mejor defensa, pienso, así que debo averiguar si ha ocurrido o no. Pero no puedo hablar y mis párpados, por más activos que estén, difícilmente llevarán a mis conversadoras a sacar el tema. A Lola le preguntaría directamente, pero a Doña Gertrudis… también. ¡Qué coño! Soy el cliente y estoy pagando.

Además, la enfermera podría confirmarme que mi miembro es otra parte de mi cuerpo que ya ha renacido. ¿Pero cómo lo hago? No me queda otra que estar muy pendiente de sus movimientos cuando me asee, a ver si mi pene reacciona.

Pero no noto nada cuando lo hace y, forzando el cuello un poco más, lo miro atentamente mientras trabaja. Y no reacciona. Es desesperante, pero lo peor es que tengo que oír de nuevo lo afortunado que soy ante los mínimos avances que mi cuerpo va logrando.

Así estoy, más deprimido que vegetativo, cuando entra Rita, mi cuñada, dos años menor que Lola y con la que siempre he tenido buena relación. Esta mañana, me informa, mi mujer no puede venir pues tiene una reunión con Carlos y unos clientes, no sabe cuáles y su hermana tampoco se lo ha dicho, como tampoco me lo dijo a mí ayer, así que me hará compañía mientras la esperamos.

Su presencia no me incomoda pues es una joven agradable y muy risueña que, en mi estado, tiene la virtud de no mirarme con pena ni incomodidad, pero mi mente está en otros menesteres. También es una mujer decidida, más que Lola, así que lo primero que hace es interesarse por mis progresos y ayudarme a ejercitar mi musculatura para avanzar. Así, igual como me ha pedido la doctora hace escasos minutos, debo mostrarle como muevo los labios y el cuello. No es mucho, pero es más que hace unos días. Lo conseguiré, me anima, pero a este ritmo voy a necesitar años antes de ponerme de pie.

Como si me leyera el pensamiento, me pide que trate de mover manos y pies. Ante mi imposibilidad, opta por la musculatura más pequeña.

-Concéntrate en un dedo de la mano derecha e intenta moverlo. –Lo hago pero es en balde. Entonces toma mi mano, masajeándome los dedos, estirándolos, dejándolos inertes sobre la suya. –Venga, prueba de nuevo.

Concentro toda mi energía en el dedo índice, poniendo todo mi empeño en algo tan simple como levantarlo un milímetro, cuando cambio de dimensión.

El cuerpo de Rita yace, completamente desnudo, sobre un lecho satinado que debe ser de la habitación de un hotel. ¡Qué buena está la cabrona! Tiene un cuerpo muy parecido al de su hermana, aunque le saca una talla de sujetador. Con las piernas completamente abiertas, mira a su amante expectante, ansiosa. Pero no es Gonzalo, su novio con el que lleva años prometida, el que se le acerca. Ni siquiera es un hombre. Una joven rubia, también desnuda, se le acerca gatuna alabando lo guapa que es y el maravilloso cuerpo que muestra.

Se funden en un tórrido beso, en un abrazo que las une como un solo ser, jadeantes, entregadas. La desconocida toma la iniciativa bajando por su cuello hasta aquel par de esculturas que engulle glotona, mientras su mano ha bajado hasta el cuidado sexo de Rita que acaricia diligente. Ésta gime con fuerza, sintiendo su ser profanado por dedos expertos y una lengua hambrienta. Se lamenta cuando la amante abandona sus pezones, pero es momentáneo, pues sus labios han descendido hasta su entrepierna. Si los dedos la estaban llevando en volandas, la lengua la transporta al Paraíso.

¡Dios! Ningún tío se lo ha comido como se lo está comiendo la chica. No pares, no pares, llévame a término, piensa, mientras suspira sonoramente. La compañera no se detiene cuando las caderas empiezan a convulsionarse, al contrario, la sujeta de una nalga para controlarla mientras dedos y boca la hacen rugir poseída.

La rubia asciende de nuevo, permitiéndole recobrar el aliento, lamiendo su estómago, sus pechos, sus pezones, su cuello, hasta besarla de nuevo, profundamente. Sabe a coño, a su coño, el primero que prueba en su vida, algo que la excita más aún si cabe. La morrea con ansia, secándole los labios de flujos femeninos, hasta que la chica se separa, incorporándose, acerca su pubis a su cara y le pregunta:

-¿Alguna vez te has comido alguno? –Rita niega con la cabeza, tímida, cuando oye la orden. –Este será el primero. Cómemelo.

El sabor no le desagrada, aunque la sensación no es la misma que ha tenido al besar su boca pringada. Es intenso, ligeramente ácido y muy viscoso. Nada que ver con comerse una polla, algo que hace más por obligación, convencida que una mujer debe hacérselo a un hombre, que por gusto.

Lamer los jugos que emana la vagina, recorrer los labios hinchados, jugar con el clítoris con la punta de la lengua como le acaba de hacer a ella, le encanta, la excita. Nada que ver con hacérselo a un tío. Esto es una delicia. Ávida, degusta la húmeda flor hasta empaparse de su néctar. Tanto está disfrutando, que cuando la rubia se convulsiona agarrándola de la cabeza para que no se aparte, siente una pequeña descarga en su propio sexo. No es un orgasmo, pero es muy placentero.

La amada se deja caer de lado resoplando, felicitándola por el trabajo hecho. Lo has hecho fenomenal, ¿seguro que era tu primera vez? Asiente orgullosa, besándola de nuevo, ansiosa por recorrer ella también el cuerpo de la chica. Ésta se deja hacer, contenta de someter a una hetero. Aunque le parece que la joven morena que se ha follado es más lesbiana de lo que ella quiere reconocer.

Rita vuelve a la carga. Se siente segura de sus actos, así que busca el segundo asalto. Esta noche será única para ella y la quiere perfecta. Quiere volver a comerse un coño, le ha encantado, y quiere volver a correrse, ha sido la hostia. ¿Cómo será llegar al orgasmo mientras practicas un cunnilingus? Sólo hay un modo de saberlo.

Se tumba invertida sobre la chica rubia, encaja sus piernas alrededor de la cabeza de la joven, introduce la suya entre las de ella y hacen el amor. Estaba en lo cierto. Si hace quince minutos ha llegado al Paraíso, un 69 con otra mujer te lleva a recorrer toda la Galaxia. Es tan potente el clímax que la sacude que acaba completamente mareada. Y feliz.

-¡Lo has logrado! ¡Lo has hecho! –exclama Rita radiante. Abro los ojos automáticamente encontrándome con los suyos que sonríen más que sus labios. –Has movido el dedo. ¿Lo has notado?

Niego con los labios en un gesto extraño que más bien suele expresar desconocimiento, pero ella insiste, apremiándome, venga hazlo de nuevo. Tiene razón, mi dedo índice se eleva la barbaridad de un milímetro. ¡Joder, qué afortunado soy!

Por más que Rita me anime, es una evidencia que he necesitado dos semanas para lograr movimientos mínimos de mi cuerpo. Únicamente mis párpados responden a la velocidad supuesta, aunque los labios cada vez se mueven con menor esfuerzo. Así que ahora, el siguiente paso en mi recuperación será martillear con mi dedo como si clicara un ratón de ordenador.

Pero mi cabeza está en otro sitio. Nunca hubiera imaginado que a la modosita Rita, pues aparentemente siempre ha sido más conservadora que Lola, le chiflaran los bollos. Empieza a gustarme este juego de los secretos, aunque lo de Lola se me ha clavado en el estómago.

Hablando del Rey de Roma, reina en este caso, por la puerta asoma. Preciosa, elegante, guapísima como siempre, aunque mancillada, pienso. Compartimos espacio los tres en que mi mujer se me lanza a abrazarme cuando Rita le comenta el último avance, con qué poco se contenta, pienso, hasta que nos quedamos solos. Comemos juntos, yo la papilla que ella misma me da, ella un menú de hospital, decente en su opinión que a mí se me antoja un manjar de dioses, mientras me cuenta la reunión de la mañana con unos inversores italianos. Por primera vez en varios días, no me alarma lo que me cuenta, pero tengo un mal presagio respecto a ella y Carlos.

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