XAVI ALTA

Lola tarda casi una hora en aparecer. Rato que he pasado completamente aturdido. Pensando, tratando de encontrar una explicación a lo sucedido. ¿Tan desesperado estoy que necesito fantasear con la madura enfermera que me cuida? ¿Se trata de alguna variante del síndrome de Estocolmo en su vertiente sexual? Dudo que la doctora se refiriera a esto cuando me exhorta a trabajar la mente, entre otras cosas porque no lo he buscado. Además, el hecho de que haya empezado sin razón aparente y que haya acabado de un modo abrupto, aún me tiene más desconcertado.

Mi mujer entra en la habitación tan alegre como es capaz. Está acostumbrada a esconder sus emociones, pues en los ambientes que se ha movido desde pequeña es necesario, pero la conozco demasiado bien para que me engañe. Si bien es cierto que se va haciendo a la idea y su estado de ánimo va mejorando cada día que pasa.

Me besa y por primera vez mis labios logran darle una forma a mi boca parecida a un beso, algo que ilumina su semblante, por lo que me felicita efusivamente. Tan contenta está que repite la operación varias veces, dichosa. Mi sexto o séptimo beso ya no es tan heterodoxo, así que detiene el ejercicio, sin dejar de congratularme.

Como cada mañana me cuenta qué ha hecho las últimas horas, chismes del vecindario, así como temas del trabajo, de mi empresa, que me demuestran que no tiene ni puta idea y que, como era de prever, Carlos la está manejando como más le conviene. No puedo hacer nada aquí postrado, pero me obligo a retener en mi mente todo lo que me cuenta para estar listo el día que abandone este infierno.

Al rato llegan mis suegros, a los que les cuenta que ya soy capaz de besar, lo que celebran como si hubiera comenzado a caminar, pero la cara del padre de Lola es un poema. Lo ha sido las tres veces que ha venido y preferiría que no me visitara, la verdad, pero no puedo decírselo. No sé el rato que permanecen en el hospital, pero agradezco que se vayan cuando lo hacen.

Entonces sucede de nuevo. Lola se ha sentado en la cama, a mi lado, tomándome de las manos mientras me está contando no sé qué de no sé cuándo ni de no sé dónde. La única ventaja que tiene mi estado es que puedes no estar haciéndole ni puto caso a alguien y que éste no se dé por aludido. Aunque mis ojos hablan por mí, dice mi esposa, pues se te ven más vivos, más expresivos.

Será cierto, si ella lo percibe, pero lo que no sabe es que la visión que acaba de cruzar mi mente es la razón que los ha activado.

Lola está bailando en un local de salsa, sensualmente, provocativamente. No sabía que le gustara este tipo de música pues nunca la he visto bailarla, ni siquiera escucharla. El local está concurrido, lleno sin ser agobiante, por una mayoría de clientes de raza negra o mulatos. Caribeños, supongo, pues es su cultura musical. Un tío muy oscuro de piel, el más negro del antro, se le acerca siguiendo el ritmo. Mi mujer, no sólo no lo rechaza, le sigue el juego entregada, acompasando su baile al de él, cada vez más próximos, cada vez más unidos.

El baile dura un buen rato, al menos resuenan en mi cabeza dos canciones completas que no recuerdo haber escuchado en la vida, aumentando la sensualidad del mismo, entrelazando manos, separándolas para que el hombre la tome de la cintura, de las caderas. Las piernas quedan enlazadas, intercaladas, de modo que un muslo de cada uno roza sin rubor el sexo del otro. Las manos del caribeño descienden desde la cintura hasta llegar a las nalgas de mi fiel esposa, que las detiene en un gesto coqueto, infantil, claramente impostado. La diferencia de altura, le ha obligado a bajar la cabeza para susurrarle al oído lo bien que baila, lo guapa que está, las ganas que tiene de acariciarla. Lola sonríe juguetona, dejándole avanzar pero a pequeños pasos. Se dejará seducir pero no es una chica fácil.

El tonteo sigue un rato hasta que el calor es insoportable. Él le propone salir a tomar el aire. Ella acepta, sabedora que fuera ya no habrá marcha atrás.

Cruzan la pista agarrados de la cintura mientras el desconocido sigue adulándola. Salen al exterior, atraviesan una estrecha terraza menos concurrida que la pista de baile y se adentran en la playa. Ahora ya se están abrazando. Él camina de espaldas, ahora la voltea para que sea Lola la que ande sin ver. Trastavilla, pero los fuertes brazos del negro la sujetan. Ríe divertida, también excitada. Se miran a los ojos. Se besan. Los carnosos labios del hombre abrazan a los de mi esposa que responde entregada. Nota las poderosas manos del joven asiéndola de las nalgas suavemente.

El beso dura una eternidad, tiempo suficiente para que ambas lenguas se conozcan, para que multitud de sabores se mezclen. Al separarse, sus miradas se comunican interrogantes. La respuesta es inmediata. Cogidos de la cintura de nuevo, ladeados, besándose cada pocos pasos, se encaminan hasta el final de la playa donde las rocas los cobijarán. Allí, en penumbra pero sin plena oscuridad, vuelven a besarse, más intensamente, más ansiosamente pues la primera muralla ya ha sido derribada. Mientras Lola toma del cuello a su próximamente amante, éste la aprieta contra sí tomándola de las nalgas. Le encanta sentir las potentes manos acariciándola suavemente.

Es ella la primera en desabrochar un botón. Lleva una camisa clara, de lino. Cuando ha abierto varios ojales sus manos recorren el fibrado torso del hombre, sintiendo su fuerza. Él tampoco se ha quedado atrás. Le ha levantado el vestido, virginalmente blanco también, para acariciar directamente la tersa piel de sus perfectas nalgas. Los besos profundos continúan, hambrientos, pero mantenerlos se torna más difícil pues las respiraciones mutuas se están acelerando.

Tal vez por ello, Lola separa los labios y le ofrece el cuello, que el hombre ataca con fiereza, recorriéndolo, arrancando suaves gemidos a la entregada mujer. Una mano ha abandonado la nalga para recorrer el pecho acariciándolo al principio, sobándolo a continuación. Los labios han descendido desde el cuello hasta el nacimiento del busto que pronto queda visible pues la mano que lo poseía ha bajado la tira del vestido y del sujetador. La lengua lo recorre, descendiendo con decisión, hasta que lame el pezón, lo muerde, lo chupa, lo engulle. Mi mujer gime, profundamente, mientras el negro mama como un niño de leche.

La ha notado varias veces. Bailando, abrazados, rozándola. Ahora quiere tocarla, así que baja la mano derecha, la izquierda sigue acariciando su nuca, hasta notarla en toda su plenitud. Será un tópico, pero este negro tiene una buena polla. La agarra con decisión, la soba de arriba abajo, la mide. Quiere sentirla, quiere quitarle el pantalón y notarla en la palma de la mano. Le desabrocha botón y bragueta mientras él tira del vestido para que caiga al suelo. Afortunadamente las rocas los ocultan pues ha quedado prácticamente desnuda al aire libre.

Como si de una competición se tratara, ambas manos llegan a la meta casi al unísono. Ella ha abierto las piernas para facilitarle el paso, a la vez que el calor de un miembro orgulloso le abrasa la mano. Menuda polla me voy a calzar, piensa. La masturbación es recíproca, suave pero intensa, hasta que ella cede. Siempre le ha resultado fácil llegar al orgasmo, pero la maestría táctil de su amante combinada con la excitación de sobar un miembro descomunal han sido definitivos.

Necesita unos segundos para recomponerse, para volver a acompasar su respiración, para estabilizar las piernas que siguen tiritando, así que se ve obligada a soltar la caliente barra de carne para apartar la oscura mano de su pubis. El hombre la mira satisfecho, orgulloso de la labor desempeñada, expectante ante la recompensa que se merece.

No sólo se la ha ganado. Ella también quiere ver de cerca el trofeo. Le besa, desciende por su cuello, lame su pecho, suciamente, pringándolo, hasta llegar al ombligo donde se detiene para que sus manos liberen definitivamente al protagonista de la velada. Buf, exclama cuando aquella cantidad ingente de músculo, venas y sangre negra casi la agrede. Debería jugar un poco con él, con su impaciencia, pero es incapaz, el ansia le puede. Golosa abre la boca.

¡Se ha acabado el espectáculo! Súbitamente, como si acabara de despertar, le hubieran dado a un interruptor o cortaran la emisión para poner anuncios. Noto mis ojos abiertos como platos, desconcertados, tanto por la nítida visión como por su abrupto final. Hasta que vuelvo a oír a Lola, a mi izquierda, pues se ha levantado de la cama y está rebuscando entre un fajo de revistas de decoración que ha traído.

-Aquí está. –Pasa varias páginas hasta que llega a la meta. Me la tiende, elevada, acercándola a mi cara para que pueda ver un dormitorio de matrimonio de paredes claras presidido por un tatami de nogal con un estante a cada lado, sin duda, incrustados en el propio somier.  -¿Qué te parece? ¿Te gusta?

Asiento con los párpados, aunque no sé qué coño me está enseñando. Ella, en cambio, sonríe encantada. Le apasiona la decoración, está suscrita a varias revistas, y desde que nos casamos se ha gastado un dineral en su hobby. Continúa con su charla sobre los cambios que deberemos hacer en casa cuando vuelva, en pocas semanas, afirma, pues deberemos adaptar nuestra habitación a mi estado del que saldré pronto porque ya tiene apalabrado al cuidador-rehabilitador que me ayudará a volver a ser el que era.

Apenas la escucho, ansioso por volver a la visión anterior, pero ésta se ha desvanecido, algo que me tiene completamente pasmado. En ese momento, además, aparece la doctora con Doña Gertrudis, la enfermera, y otro médico más joven.

Desde que el primer día se dieron cuenta que comprendía todo lo que me decían, se comunican conmigo con normalidad, haciéndome preguntas que solamente puedo responder asintiendo. Después de que Lola les cuente radiante mis avances con los labios, me obligan a moverlos para confirmar que mi musculatura comienza a responder a los estímulos. Si pudiera les diría que tengo otro músculo desbocado, pero ni puedo expresarlo ni puedo estar seguro de ello, aunque yo lo sienta duro como una piedra después de la sesión voyeurística. ¿A esto se refiere la gente cuando habla de paja mental? Pero solamente logro sentirme como un puto mono con tanta mueca labial.

En media hora me quedo completamente solo. El equipo médico me ha dedicado más tiempo de lo normal, la abultada factura que debemos estar pagando así lo justifica, y mi mujer ha quedado para comer con Marisa, una amiga, así que se despide prometiéndome volver en un par de horas. También me ha dicho que el Maserati es una gozada.

Durante las tres horas y media que estoy solo, solamente interrumpido por un enfermero nuevo muy joven que me da la papilla, trato de dormirme para volver al sueño, pero no lo logro pues estaba despierto, así que no sirve de nada tratar de soñar. Además, no acabo de comprender de qué se trata.

¿Son simples fantasías de mi subconsciente? No creo, pues Doña Gertrudis no encaja dentro del perfil de las felatrices que yo elegiría y ver a mi mujer liándose con un negro en una playa desconocida tampoco entraría dentro de mis fantasías más recurrentes. Si tengo alguna que incluya a mi mujer, tal vez sea haciendo un trío con su hermana o con la propia Marisa, por ejemplo.

¿Se trata de episodios reales vividos por ellas? Espero que no, pues no me gustaría nada saber que Lola me ha sido infiel. Sé que con mis habituales escarceos no es justo pensar así, pero así lo siento. Aunque descarto rápidamente esta idea pues la enfermera no me ha hecho ninguna mamada desde que me han ingresado, al menos estando yo despierto. Además, creer algo así implicaría que me he convertido en un mentalista capaz de leer las mentes de la gente que me rodea. No digo que me disgustara, pues te otorga un poder casi ilimitado, pero han sido dos episodios que han ido y venido sin yo poder controlarlos.

Y luego están los sueños. Reproducciones exactas de actos pasados, estos sí son reales, rememorados con una nitidez excesiva. Otro hecho inexplicable que para mí significa la cuadratura del círculo.

Al entrar en la habitación, Lola se disculpa por el retraso pues se siente culpable por dejarme solo más rato del previsto, pero ya sabes cómo somos cuando Marisa y yo nos ponemos a charlar y bla, bla, bla. Me besa varias veces, logro corresponderle, y me detalla pormenorizadamente la comida, tanto que me deja planchado y me entra sueño. Baja la persiana para atenuar la luz, sale de la habitación para pedir que no nos molesten pues me he dormido, dice, y vuelve para hacerme compañía.

Logro dormir algo, aunque no demasiado. Cuando me despierto la veo sentada en el butacón de la esquina chateando con el Iphone 6+. Tarda un rato en darse cuenta pero cuando lo hace se levanta cariñosa, abrazándome. Al principio creo que es debido al peso de su cabeza apoyado en mi cuello, pero no es así. He logrado mover el cuello unos milímetros. Lo intento de nuevo. Sí, señor. Otra vez. Mis ojos se encuentran con los de mi esposa, grandes, húmedos, eufóricos, ante otro paso de gigante en mi recuperación. Eso dice ella. Cuando logre dar un paso de pie, ni que sea del tamaño de un ratón, tal vez me sienta un gigante.

Me rodea efusiva hasta que acaba por tumbarse a mi lado, ladeada, mientras me susurra que pronto estaré bien, que recordaremos todo esto como una vieja pesadilla, aderezado con lo mucho que me quiere y me necesita. Me da varios besos en la mejilla y en la oreja, mientras me confiesa las ganas que tiene de que nos acostemos de nuevo. Lamiéndome el lóbulo, me pregunta si no me apetece una mamadita, y posando su mano sobre mi paquete añade, no sabes las ganas que tengo de vaciarte estos huevos que debes tener a punto de reventar.

Y se hace la luz.

Los perfectos pechos de mi amadísima esposa se mecen libres al compás del cuello que se mueve adelante y atrás mientras un oscuro cilindro cárnico la profana. No sólo chupa con ganas. Engulle, saborea, paladea, se relame, tragando con ansia la descomunal polla del negro. No sé si tengo los ojos abiertos o cerrados, pero vuelvo a ver en la distancia mientras soy incapaz de escuchar las palabras que me susurra cerca del oído.

La mamada dura un rato, un buen rato, el tiempo suficiente para que Lola pueda probar hasta el último poro de aquella piel, testículos incluidos, lamidos con hambre, llegando incluso a testar su garganta, pues quiere saber cuánta polla es capaz de alojar en ella. Un par de arcadas le muestran el tope, pero no se da por vencida. Hasta que lo nota. Las convulsiones del escroto, la retracción de los testículos, el temblor del miembro, señal inequívoca que va a descargar. Bebe golosa el cálido néctar hasta que el manantial se seca.

Ahora es él el que necesita un pequeño descanso, pero ella no piensa darle tregua. No solamente los negros son los mejor dotados. También son los más resistentes y los que más aguantan, se dice a sí misma. Aunque tiene poco tiempo, pues a las doce la carroza se convertirá en calabaza, no piensa desaprovechar la oportunidad de ser empalada por tamaña monstruosidad, así que se incorpora, se da la vuelta apoyando las manos contra la roca para ofrecerse a su dios de ébano. Éste le rompe el tanga, apunta y entra.

Nunca ha sentido nada igual. Nunca ningún hombre la ha llenado como lo está haciendo este desconocido. Nunca ha sentido todas y cada una de las terminaciones nerviosas de su sexo activadas como en este momento. El orgasmo es brutal, tanto que es interminable, llevándola a una espiral desconocida, de continuos clímax de distinta intensidad, que la hacen temblar, gritar, mientras el joven percute potente.

Para cuando el hombre eyacula en su interior, en su matriz, está segura de ello, no sabe cuántas veces se ha corrido. Sean decenas o sea una sola pero interminable vez, nunca nadie la ha elevado hasta los cielos como este joven negro ha hecho. Pero se separa de él, rápidamente pues las campanas empiezan a sonar anunciando la medianoche.

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