XAVI ALTA

Llevo tres noches seguidas soñando. Ayer fue la rememoración exacta del primer polvo de mi vida, a los dieciséis años, con una pelirroja medio borracha en la playa de S’agaró. Oyéndola esta noche he descubierto que era holandesa. No me di cuenta hace veinte años.

Esta noche he vuelto a sentir los vigorosos labios vaginales de Débora, la catedrática de Economía Social con la que estuve liado mientras yo estudiaba tercero de carrera. No sabía chuparla y tenía las tetas pequeñas, pero su sexo era una trituradora. ¡Qué tiempos aquellos!

Aquí llega Doña Gertrudis. Se llama Rosa, pero le pega más un nombre de institutriz de post guerra. Por edad, pero sobre todo por su gesto serio, su actitud distante y sus maneras de sargento de hierro. Me trae el desayuno del que me hará algún comentario pretendidamente simpático que no me hará ni puta gracia, pero moveré los labios tratando de mostrar una sonrisa. Creo que no llego a tanto pero debo hacer gimnasia muscular, así que por eso lo hago. Me dará de comer como si de un mocoso de un año se tratara, expeditiva, sin apenas cruzar palabra, retirará la bandeja y volverá a los pocos minutos para desnudarme y lavarme. ¡Vaya mierda de trabajo!

La enfermera es lo suficientemente fuerte para mover sola mis 70 kilos de peso, suponiendo que siga pesando lo mismo, así que me tiene desnudo en un santiamén. Ha cerrado la habitación de modo que nadie pueda entrar. Me explicó que lo prefiere así pues es más cómodo y rápido para ella, ya que no tiene que desvestirme y lavarme por trozos. Bien por Rosa, parece que ha descubierto las ventajas económico-logísticas de la cadena de montaje de Henry Ford.

Me dejo hacer, llevo días dejándome hacer, así que me limito a observar cómo trabaja, asintiendo con un leve movimiento de párpados cuando me hace algún comentario. Sí, como en las películas.

Y entonces sucede. Cruza mi mente como un fogonazo. Real como la vida misma, así lo siento aunque no lo es. Estoy completamente desnudo, boca arriba, mientras mi cuidadora me está pasando una esponja húmeda por todo el cuerpo. Ha ido bajando desde el cuello, ha pasado por mi pecho, mi estómago, mis piernas y ahora sube hacia mis partes inertes.

Eso es lo que ven mis ojos. Mi mente ve nítidamente como Rosa, que aún no tiene edad para ser mi madre pero estará cerca de la menopausia si no la ha pasado ya, agacha la cabeza, lame mi miembro de abajo a arriba hasta llegar al glande, lame de arriba a abajo hasta llegar a mis huevos que también son ensalivados, para retornar lentamente a la cabeza de mi mástil y engullirlo.

Abro lo ojos, tanto como mi musculatura facial permite, pero los tengo abiertos. Si me concentro soy capaz de ver la realidad, Rosa pasándome la esponja por los testículos después de haberme abierto un poco las piernas, pero si cierro los ojos, los labios de la madura mujer me están haciendo una mamada al menos tan experta como las de Lola. Es tan real la sensación, que gimo. Mudamente, sin que nadie me oiga, hasta que la voz de la mujer me saca de mi ensoñación.

-Ya estamos aseados, como debe ser, preparados para comenzar un nuevo día. –Entonces, como si por dejar de frotar mi cuerpo apagara un interruptor, el juego acaba.

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