XAVI ALTA

 

Nunca he estado en la cárcel, ni creo que vaya a ir nunca, menos en mi estado actual, aunque tal vez algún competidor o, incluso, algún ex amigo pueda opinar que lo merezco, pero ¿cómo se le llama a quedar encerrado en un cuerpo que no reacciona? Tetraplegia, dirán. Pues no. No soy tetraplégico porque he tenido mucha suerte y mi espina dorsal no ha quedado afectada de modo irreversible. Es mi cerebro el que debe sanar y ponerse a trabajar. ¡A trabajar! Eso ha dicho la doctora. ¡Hija de puta! Mi cerebro lleva una semana trabajando a destajo, carcomiéndome pues no puedo hacer nada más que ver la televisión, aunque mi vista se cansa a las pocas horas y me mareo, o escuchar de mi familia todas las falsedades que van soltando para animarme. Ni que fuera un crío de cinco años.

Pero esta noche ha pasado algo curioso. Mi memoria se ha vuelto prodigiosa, capaz de recordar detalles nimios, insignificantes, de situaciones que no tenían más enjundia o que directamente había olvidado. Esta desconocida capacidad parece que también está activa mientras duermo, pues he soñado, algo extraño en mí, y lo he hecho con una intensidad que nunca había sentido. Es más, lo de esta noche no ha sido exactamente un sueño. Ha sido el nítido recuerdo del último polvo que pegué con Lola.

No fue una de mis mejores actuaciones. Ya hace tiempo que mis mayores esfuerzos amatorios los ofrezco fuera de casa, pero me había fallado un plan con una modelo que me presentaron en una feria, tenía a Lola a mano y, como otras veces, la utilicé de calmante. Acababa de llegar a casa, más pronto de lo esperado, pero como siempre ella me recibió risueña, entregada. Me serví una copa mientras mi amantísima esposa me preguntaba por la jornada, expectante ante otro de mis relatos adornados de éxito y triunfo. Estaba sentada en el sofá Verzelloni de tres piezas, ladeada, atenta a mi declamación, vestida con aquel salto de cama beige Vogue que le regalé en Navidad ceñido a su espectacular cuerpo, así que detuve el cuento, me acerqué mirándola fijamente y cuando llegué a su altura, pregunté imperativo:

-¿Por qué no me sacas la polla y tú también me demuestras de qué eres capaz?

Me miró sonriente, feliz por sentirse deseada por la sucia mirada del hombre que ama fijada sobre su par de tetas perfectas, contenta por satisfacerme. La sacó y la engulló, con amor, conociendo mis gustos y esmerándose en ello. Me encanta que la niña de papá me deje seco. Pero al poco cambié de parecer, a pesar de que nunca he tenido queja de sus excelsas habilidades. La aparté del biberón, le di la vuelta tomándola de la cintura para tener aquel culo en pompa, con las rodillas al filo del Verzelloni, le levanté el camisón para admirar el par de apetitosas nalgas, le bajé el tanga a medio muslo y embestí, agarrándola de las tetas en un primer momento, del cabello cuando quise babearle la cara.

Lola llegó al orgasmo antes que yo, siempre he pensado que se corre haciéndome feliz, así que cuando sus espasmos se fueron aplacando, salí de su sexo para cambiar de objetivo. Empujé su cabeza hacia abajo, gesto suficiente para que sepa qué quiero, así que antes de que le separara las nalgas, rogó, con cuidado, por favor. Fui con cuidado al principio, hasta que mi excitación y la dilatación de su recto me llevaron a joderla sin misericordia.

El final del sueño me ha despertado, con un compendio de sensaciones completamente sorprendentes. Por un lado, estoy convencido que el sueño ha durado exactamente el mismo tiempo que duró el polvo, ni un segundo más, ni un segundo menos. Por otro, he podido sentir en las yemas de los dedos el tacto de la piel de Lola, la turgencia de sus pechos, la finura de su lacio cabello. He notado perfectamente como mi polla entraba en ella, como era lamida, como rozaba húmedas paredes, el estrecho anillo. También he olido mis fluidos, pero sobre todo los suyos, así como la atmósfera cargada de una sesión amatoria.

Pero lo que más feliz me ha hecho ha sido despertarme con la polla dura como una roca. Así lo he sentido, aunque no puedo confirmarlo pues mis manos son incapaces de apartar la sábana y la oscuridad de la habitación me impedía ver mi hombría enhiesta. Por eso y por el pañal de geriátrico que me decora. El dolor de cabeza, además, parece que va remitiendo y ahora, esperando anhelante que me traigan la mierda de papilla que en el hospital llaman alimento, casi no me molesta.

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