ALBERTO ROMERO

 

Una Bofetada de Realidad.

Cuando Antonio volvió al hospital después de comer se encontró a Ana en un
mar de lágrimas. Había descubierto la carta que él había dejado en el cuaderno, y
la había leído en su ausencia.
Cuando Ana vio entrar a Antonio paró de gemir y su gesto se volvió muy serio.
—¿Qué es toda esta mierda Antonio? —preguntó Ana con la carta en la mano.
—La verdad, Ana, lo siento mucho… —dijo Antonio mientras bajaba la cabeza
apesadumbrado.
—¿En serio?…No me lo puedo creer. No, mi madre no hace estas cosas.
—Yo tampoco me lo podía creer al principio.
—¡¡¡Qué no es mi madre!!! —chilló Ana desesperada.
Antonio se puso a temblar y las lágrimas también llegaron a sus ojos. Parado,
junto a la puerta, no sabía que hacer, ni que decir.
—Lo siento, Ana —susurró casi sin voz —Sé que es difícil.
—No puedo, no puedo asimilar todo esto así. ¿Por qué no me lo has dicho a la
cara?.
—No sabía por donde empezar, Ana, era muy difícil.
—¡¡Quiero que te marches, sal de aquí, vete!! —gritó Ana lanzándole la carta
que tenía arrugada en el regazo.
Antonio no dijo nada y salió de la habitación enjugándose las lágrimas. Caminó
por el pasillo sin pensar, dirigiéndose a la salida del hospital, necesitaba respirar.

Ana se llevó las manos a la cara y lloró con rabia y desesperación. No podía
creerse todo lo que acababa de leer. No podía ser cierto.
Trató de calmarse como pudo, pero las manos y el cuerpo entero le temblaban
de los nervios. Buscó en el cajón de la mesilla su teléfono móvil y lo encendió
mientras se sonaba los mocos con un pañuelo de papel.
Cuando la pantalla del móvil le pidió el PIN para desbloquearlo maldijo su amnesia
porque no lo recordaba. Un rápido pensamiento de rabia le incitó a lanzarlo
contra la ventana, pero se contuvo a tiempo. Llamó a una enfermera y cuando esta
apareció en la habitación se asustó al verla con aquella cara de desesperación, enrojecida
y empapada en lágrimas.
—¿Qué te pasa? —preguntó la enfermera asustada.
—Un disgusto que me he llevado, tranquila, estoy bien.
—¿Estás segura?, ¿Qué ha pasado? —insistió la enfermera.
—Sí tranquila, necesito que contactes a mi marido, que me llame al teléfono de
la habitación por favor.
La enfermera le facilitó el número de Antonio, y fue ella misma la que marcó
los dígitos desde el propio teléfono.
—Cariño….
—Dame el PIN del móvil, Antonio.
—Te lo dejé anotado en tu libreta. ¿Qué vas a hacer?, ¿Puedo volver? Necesito
hablar contigo Ana….
—Vete a la mierda Antonio, necesito estar sola, déjame tranquila.
Ana colgó el teléfono enfurecida y buscó el maldito PIN en la libreta de los recuerdos.

Cuando lo encontró y desbloqueó el teléfono sintió un pequeño alivio momentáneo
y esperó a que el móvil estuviese operativo.
Buscó en la agenda de contactos a su madre y pulsó el botón verde de llamada.

La locución saltó al instante: El teléfono al que llama está apagado o fuera de
cobertura en este momento. Inténtelo de nuevo más tarde.
Ana repitió la llamada tres veces más y el resultado fue el mismo. El teléfono
de su madre no estaba disponible.
Buscó de nuevo en la agenda de contactos y esta vez escogió el teléfono fijo
de casa de su madre. Esperó varios tonos, pero nadie respondió tampoco…

http://demasiadopersonal.blog

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