GAMBITO DANÉS

Día 3

Aquella noche tampoco pudieron dormir demasiado. Cada uno en su habitación y con sus demonios. Carolina atemorizada por aquel secuestro 3.0 y Bruno trastornado por lo acontecido el día anterior. Se mentalizó a sí mismo de que había sido algo inevitable. Fruto del miedo y del forzado voyerismo. Desayunaron juntos, casi en silencio hasta que la madre dijo:

—Si no te importa me voy a duchar. Ya me contarás si nuestro pervertido psicópata da señales de vida.

—Ok —fue la única respuesta del hijo, que seguía ensimismado jugando con los cereales.

Bruno veía la tele mientras que su madre comenzaba su riguroso ritual de belleza cuando esta dejó de emitir señal para volver a transformarse en un medio de comunicación.

No es mala o insana la curiosidad, Bruno.

—Vete a la mierda —susurró el chico.

No hay de que avergonzarse.

El muchacho apretó los puños con rabia, consciente del secreto que sin querer compartía con aquel siniestro personaje.

Jamás te delataré, expresó el texto como leyéndole la mente.

El adolescente temblaba por la adrenalina, concentrado en respirar profundamente y recuperar el control. Pero aquel autoimpuesto observador parecía saber mucho de la psique humana.

No soy tu carcelero, solo un vehículo. A partir de ahora solo hablaré contigo.

—¡¡Qué quieres de mí, cabrón!!

La respuesta tardó unos segundos en aparecer:

¿Qué quieres sacar tú de una ocasión única? Puedes ser más libre encerrado en estas cuatro paredes que en toda tu vida. Utilízame.

—¿¿¡¡De qué coño estás hablando??!!

Sé libre. Seréis libres cuando seas sincero contigo mismo. Experimenta.

Bruno empezó a andar nervioso por todo el comedor. En tan solo tres días aquellas letras se habían metido dentro de su cabeza con una facilidad pasmosa. Sentía que podía leerle la mente y hasta le dio miedo pensar en según qué cosas. Aumentó su rango de acción y siguió andando como un autómata por el resto de la casa, rozando el histerismo. Nuevamente, sin saber la razón, movido por una especie de fuerza primitiva, se sorprendió a sí mismo con su siguiente acción. Irrumpió en el baño dónde se estaba duchando su madre y se desnudó completamente. Sacándose patosamente la ropa como si estuviera infestada de pulgas. Pudo ver su silueta desnuda a través de la amarillenta cortina de la bañera y supo que ella ni siquiera había reparado en su presencia. Cuando corrió la cortina con violencia Carolina casi se murió del susto, tapándose al instante como pudo la desnudez.

—Dice que tenemos que ducharnos juntos, mamá —mintió el hijo cabizbajo.

La madre seguía cubriéndose los senos con los brazos y el pubis con una mano, cerrando las piernas instintivamente mientras intentaba salir del shock.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!

—Ni idea…

—¡¿Pero cómo podría saber si obedecemos o no?! No hay cámaras en los baños.

—No lo sé, pero me da miedo que vuelva a castigarnos.

—Pero…

—¡Joder mamá! ¿Crees que me lo paso bien con esta situación?

—Vale, vale, perdona hijo, perdona.

No tuvo que decir nada más para que el contrariado muchacho entrara con ella en la ducha. Carolina le dio la espalda y siguió aclarándose el pelo. Intentando darle a todo aquello una falsa pátina de normalidad. Bruno la contempló descaradamente. Recreándose nuevamente con su preciosa espalda y su apetecible trasero en forma de corazón invertido.

—De todas formas ya estaba terminando —informó ella.

—Muy bien —respondió el hijo notando como su miembro empezaba a estar medio erecto.

—Solo me faltaba terminar de aclararme el pelo.

Al erguirse y recorrer su cabello con las dos manos el adolescente pudo ver uno de sus pechos de refilón, adornado este por un precioso y erecto pezón. La imagen fue suficiente para que su falo se pusiera tan tieso que incluso estuvo, por un momento, a escasos milímetros de tropezarse con el cuerpo de la madre. Notó su respiración tan agitada que le recordó a la de un toro a punto de embestir

—Me salgo ya —dijo la madre saliendo de la ducha y corriendo de nuevo la cortina rápidamente, haciendo que la tela les separara otra vez.

Bruno ocupó el espacio dónde hasta hacía unos segundos estaba su madre. Más cerca de la alcachofa de la ducha. Se agarró el erecto pene y apoyó la cabeza contra los azulejos de la pared. Desesperado. Aún podía oír a su joven madre secándose a menos de dos metros.

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