LOIS SANS

 

¿Y ahora qué? – me pregunto sentada en el suelo de la cocina.
Debido a que durante toda mi vida he recibido órdenes para todo lo que debo hacer, no
sé tomar decisiones. Ahora me doy cuenta de que nunca he tomado ninguna decisión
importante, bueno esta es la primera vez.
Tal vez es porque soy la pequeña de cinco hermanos, todos chicos y mucho más
mayores que yo. Por lo visto mi madre no esperaba quedarse embarazada, incluso,
cuando tuvo un par de faltas, pensó que era el principio de la menopausia y se quedó
atónita cuando el médico le explicó que sería madre por quinta vez después de diez
años.
Cuando nací y durante mi infancia mi madre me protegía ante los ataques sexistas de mi
padre y mis hermanos, educándome para servirles y así evitar que no se enfadaran,
ordenándome que hiciera todo aquello que ellos querían.
Mi padre tenía un taller mecánico donde todos los chicos de la familia se habían ido
incorporando a medida que llegaban a la edad conveniente, así pues, llegó un momento
en que todos mis hermanos trabajaban con papá.
Cuando llegaban a casa, mi madre y yo, teníamos la obligación de mantener el hogar
acogedor, limpio, ordenado, al tiempo que todos pretendían ser servidos en todo aquello
que se les antojara que podían necesitar.
Y aunque yo iba a un buen colegio privado, regentado por monjas y, mi deber era sacar
excelentes notas e intentar ser la mejor de la clase, tenía una serie de tareas en casa para
que estuviera todo perfecto cuando llegaban los hombres, los cuales siempre me
recordaban que gracias a su duro trabajo yo podía estudiar en una escuela de calidad.
A los trece años una bronquitis me dejo postrada en cama durante un mes y, cuando
intenté volver a la normalidad me encontré con que mi cuerpo había cambiado
completamente.
Encontrarme con mis piernas demasiado largas, una abundante cabellera rizada y esos
enormes pechos redondos no me ayudo a aceptar el fin de la infancia para entrar en una
adolescencia complicada que, mis hermanos no ayudaban a conciliar con sus continuas
burlas, las cuales solamente conseguían que me acomplejara más
Volver al colegio fue mucho más duro de lo que pensaba, a parte de mi amiga Candela,
no tenía nadie más. Éramos amigas desde muy pequeñas, porque nuestras madres ya
eran amigas. Las dos éramos igual de tímidas, vergonzosas y también muy inteligentes,
sacábamos siempre las mejores notas de la clase.
Pero ahora nuestras diferencias físicas eran muy marcadas, ya que mientras yo me había
estirado, era alta pero delgada, ella era bajita y regordeta, lo cual creaba siempre
situaciones de mofa entre las chicas ricas y populares, que antes ya nos amargaban la
vida, aprovechando para hacernos todo tipo de bromas, algunas de las cuales eran muy
desagradables.
En el Instituto las cosas no mejoraron, siempre fuimos las chicas raras y listas, frikis nos
llamaban. Aunque tal vez eso fue lo que nos ayudó a esforzarnos más, consiguiendo las
dos una beca para estudiar en la Universidad.
Nos decidimos por un grado de química, donde la mayoría eran chicos, aunque
conseguimos juntarnos seis chicas listas y trabajadoras, cada una con sus cualidades y
nos ayudábamos a superar nuestros complejos y sintiéndonos como súper héroes con
poderes.
Conocí a Alfredo cuando cursaba el último año en la Universidad, en una reunión del
Ayuntamiento, donde nos encontramos los responsables de diferentes grupos culturales
y deportivos de la ciudad para organizar las fiestas de carnaval.
Yo acompañaba al presidente de un grupo de arte y cultura al que hacía un par de años
me había unido. A petición mía nos sentamos en la última fila, puesto que era donde me
sentía más segura, en medio de tanta gente desconocida, aparte de poder observar los
movimientos de cada uno de ellos.
Alfredo era de la junta directiva de un grupo de teatro y tenía por costumbre llegar tarde
a todas partes, así pues, ya que solo quedaba un asiento libre, cuando llegó, no tuvo más
remedio que sentarse a mi lado.
El suave aroma de su colonia me obligó a espiarle por el rabillo del ojo, observando una
sonrisa blanca que destacaba entre los pelos rizados de la barba y el poblado bigote. Me
fijé en la mirada alegre y brillante de sus ojos oscuros y redondos. El pelo castaño,
bastante largo, con alegres rizos en el cogote.
De vez en cuando soltaba un comentario ocurrente y yo no podía parar de reír. Así pues,
a medida que avanzaba la reunión, se creó un aire de complicidad entre él y yo,
consiguiendo un nivel de confianza que ni yo misma comprendía.
Luego llegó el momento de las votaciones, él puso su mano sobre la mía y el pelo de la
nuca se me erizó, intuyendo que, a partir de ese momento, quedaba a su voluntad, no
sabía cómo ni de qué manera había caído en el embrujo de un amor a primera vista.
Cuando acabó la reunión, mirándome a los ojos me preguntó:
– ¿Quién eres? ¿Qué hace una princesa en esta reunión?
– Soy Marina – respondí sin poder evitar una sonrisa mientras intentaba disimular
mi nerviosismo.
– Yo soy Alfredo, encantado de haberte conocido – me dijo mientras me besaba en
las mejillas y mi corazón saltaba desbocado.
Sin embargo, tuve la mala suerte de que, cuando lo vieron algunos de sus amigos, se lo
llevaron dejándome aturdida y sin saber como reaccionar, deseando parar el tiempo en
el momento que me tocó suavemente con su mano o cuando me saludó besándome en la
mejilla, dejándome su fresco aroma en mi piel.
Para mí el Carnaval siempre ha sido mi fiesta favorita, me encanta disfrazarme sin que
nadie me conozca, es el único día del año que me atrevo a cualquier cosa, incluso bailar,
porque sé que nadie me reconocerá, ni siquiera mi familia.
Cada sociedad había decidido un tema diferente, por ejemplo, nosotros, que no éramos
muchos, resolvimos disfrazarnos del cuento de Caperucita Roja y, aunque a mí me hacía
ilusión ser el lobo, por mayoría decidieron que me quedaba muy bien el disfraz de
Caperucita.
Cuando llegó el día del desfile, me vestí con una falda roja y blusa blanca. Mi tía
Encarna me cosió una capa con capucha roja y me compró una pequeña cesta de
mimbre. Y mi cuñada Rosa me regaló una preciosa máscara de plumas blancas que me
cubría toda la cara y me daba un toque místico, incluso sexy.
El grupo de Teatro iban todos disfrazados de bailarinas y Alfredo estaba impresionante
con un tutú de color rosa, medias blancas y una corona de flores en la cabeza, que
remarcaba su bonito pelo rizado.
Estaba tan tranquila imaginándome que nadie me reconocería cuando, de repente, se me
acercó Alfredo y me susurró al oído
– ¿Qué te parece si a la hora de cenar nos sentamos juntos?
– Vale – le dije sorprendida y con voz trémula, notando como si miles de alas de
mariposa revolotearan en mi estómago.
– No me falles, Caperucita – siguió susurrando mientras me guiñaba un ojo.
– Por supuesto que no, bailarina – contesté sin poder dejar de sonreír.
El desfile fue insuperable, cada comparsa llevaba su carroza con su música, nosotros
llevábamos la casa de la abuela y aunque solamente había una Caperucita Roja,
teníamos varios lobos, muchos leñadores, alguna abuela y un par de madres.
En el polideportivo estaban preparadas las mesas para la cena de todos los que habíamos
participado en el desfile. Cuando vi que cada grupo tenía un cartel en las mesas que le
habían adjudicado, me sentí decepcionada, pensando que no podría sentarme al lado de
Alfredo, como habíamos planeado, sin embargo, él lo tenía todo previsto, consiguió que
uno de sus amigos se sentará junto a mi amiga Candela y yo ocupé su lugar.
Al principio me sentí avergonzada, ya que no conocía a nadie, pero Alfredo consiguió
que me olvidara del resto del mundo, hablando sin parar conmigo, haciéndome reír toda
la noche, consiguiendo que me sintiera especial.
Después de la cena, un conjunto musical empezó a tocar y Alfredo me pidió que
bailáramos, creo que nunca había bailado tanto como esa noche. Cuando acabó la fiesta,
se empeñó en acompañarme a casa, así que me despedí de Candela, mientras Alfredo
me cogía de la mano y tiraba de mí suavemente, obligándome a correr calle abajo
mientras una fina lluvia iba calando en nuestros cuerpos y también en nuestros
corazones.
Paseamos bajo la lluvia, que cada vez era más potente y a alguna hora de la madrugada
llegamos delante del portal de mi casa, nos metimos dentro y mientras acariciaba mi
cara húmeda y ruborizada, me besaba tierna y apasionadamente en la boca, sellando así
nuestro compromiso de amor.
Acabé mis estudios con Matrícula de Honor y me ofrecieron un puesto de trabajo en la
misma Universidad, formando parte del equipo de investigación, en un horario de siete
a tres, disponiendo de todas las tardes libres.
Alfredo trabajaba como Jefe Administrativo en una importante empresa multinacional,
y tenía bastante flexibilidad en los horarios, así pues, se acostumbró a venir a buscarme
a la salida y cada día me llevaba a comer a un restaurante distinto.
Luego dábamos un paseo y, normalmente acabábamos en su casa, donde hacíamos el
amor apasionadamente, al compás de un himno militar. Debido a que, anteriormente, no
había tenido sexo con nadie, creí que todo lo que hacíamos era lo que hacían todas las
parejas. En aquel momento, no me pareció extraño que para excitarse tuviera que
escuchar marchas militares, de las que disponía de un amplio repertorio.
Vivía en un enorme ático en uno de los pocos rascacielos de la ciudad y la primera vez
fui a su casa me asombró lo ordenado y limpio que estaba todo, de alguna manera, sentí
que estaba en casa.
La vivienda era como un pequeño palacio, tal vez demasiado grande para una persona
sola. En el recibidor tenía un par de sillones y un armario para que los invitados
guardaran sus pertenencias.
En el centro del salón había una chimenea redonda muy original que le daba calidez en
invierno, alrededor había dispuesto un par de sofás de cuero rojo y unos sillones,
también de cuero, negros.
La cocina era enorme, con una barra americana y una mesa de cristal con cuatro sillas
metálicas. El cuarto de baño disponía de una ducha de hidromasaje y una ventana con
vistas a la terraza.
En la terraza había una pérgola con una mesa de madera y seis sillas a juego, un sofá
con grandes cojines estampados en color verde que le daba un toque tropical y un par de
tumbonas para poder tomar el sol. Grandes macetas y jardineras con flores y árboles
decoraban por completo la azotea.
Las tres formidables habitaciones las tenía decoradas por temas. Así pues, en una de
ellas tenía una fantástica biblioteca, con un equipo de música y dos sillones para poder
leer. En otra tenía una sala de juegos, con un billar, un futbolín, un enorme televisor, un
par de consolas de videojuegos, una fantástica alfombra con variedad de cojines para
jugar desde el suelo y una mesa con cuatro sillas para juegos de mesa. Y la última era su
habitación, con una enorme cama redonda, un equipo de música preparado con las
marchas militares que más le ponían, acceso a un cuarto de baño privado y un bastidor
con centenares de pantalones, camisas, chaquetas y ropa deportiva.
Desde el primer día me puntualizó las normas de su casa tanto respecto al orden de cada
cosa como en la limpieza, sobre todo del baño y la cocina, sin embargo, estaba tan
enamorada que no me daba cuenta de que estaba cayendo lentamente en una trampa.
Después de un tiempo prudencial fuimos a comer a casa de sus padres, unos ancianos
encantadores que vivían en una granja junto a su hermano y su cuñada. Pasamos el fin
de semana con ellos, en plena naturaleza, con las vacas, gallinas y conejos. Nos fuimos
a casa con una caja repleta de verduras recién recogidas del huerto.
Por fin, un domingo, mi padre dio su consentimiento para que lo llevara a comer a casa.
Los domingos y festivos nos reuníamos todos los hermanos con sus mujeres y los niños,
en total veinticinco. A parte de mí, el único que no se había casado era Pedro que, desde
hacia un par de años, era sacerdote. Alfredo se integró en la familia con mucha
facilidad, su don para el habla y su cargo en una gran empresa hizo que todos le
escucharan embobados y le pidieran consejo para cualquier tema. Así que, a partir de
ese día, se convirtió en costumbre que, después de asistir a la Iglesia, escuchando la
misa de Pedro, todos nos reuniéramos a comer en casa.
Y mientras los niños corrían en el patio, jugando al escondite, los hombres hablaban
animadamente de fútbol, política o economía y las mujeres nos apresurábamos para
tener la comida a punto.
En uno de esos días de reunión familiar, después de los postres, Alfredo se arrodilló
delante de mí y, ante todos me pidió que me casara con él. Cuando contesté que SI,
todos aplaudieron y luego brindamos con cava.
Aunque a mí me hubiese gustado una boda íntima, Alfredo dijo que quería gastar una
parte de sus ahorros en ese día tan especial, buscó un hotel de cinco estrellas con playa
privada, donde se organizó una boda con más de quinientos invitados, la mayoría de los
cuales ni siquiera conocía.
Como siempre me dejé llevar por las decisiones de todos, sobre todo mi futuro marido y
me encontré que mi madre escogió mi vestido, mi padre y mis hermanos decidieron el
menú, mis cuñadas la decoración, y Alfredo la tarta y el viaje.
Yo solamente pedí a mis mejores amigas que fuesen las damas de honor y ellas
escogieron sus vestidos, largos, de color rosa.
No sé como me convenció de que mi llegada al altar fuese montada en un caballo
blanco, cabalgando por la orilla del mar. Estuve un mes en una escuela de equitación,
pero, reconozco que, llegué a amar a Estrella, una yegua muy cariñosa y paciente con
mi torpeza.
Montar a Estrella con el vestido largo blanco, la cola y el velo fue realmente
complicado, aunque mi aparición por la playa encima de una hermosa yegua blanca,
mientras el atardecer teñía el cielo de rosa, azul y naranja sorprendió a todos los
invitados.
Desmontar de la yegua sin perder la compostura fue una tarea complicada, que conseguí
gracias a la ayuda de Facundo, su dueño y mi padre, que me esperaba impaciente para
acompañarme hasta el altar, donde Alfredo aguardaba sonriente a que llegara caminado
sutilmente por la larga alfombra roja.
Primero pasaron las damas de honor, después mis sobrinas con los anillos y luego me
toco el turno de caminar lentamente cogida del brazo de mi padre al son de un himno
nupcial, mientras yo, avergonzada, intentaba no mirar las quinientas personas allí
reunidas haciendo fotos y videos, en ese momento desee volver a ir disfrazada de
Caperucita Roja con la hermosa máscara de plumas blancas.
Mi hermano Pedro nos obsequió con una hermosa y emotiva ceremonia y nos dio su
bendición, luego Candela cantó una conmovedora canción de amor y mi madre nos
sorprendió con una poesía escrita por ella.
Luego, los fotógrafos nos hicieron miles de fotos en la playa, aprovechando los últimos
momentos del maravilloso atardecer. A continuación, nos sirvieron una fastuosa cena,
cortamos una magnifica tarta, luego bailamos hasta el amanecer y acabamos en una
suite de ese caro hotel, amándonos al ritmo de un himno militar, como siempre.
Al día siguiente volamos con destino a Venecia, donde pasamos una semana romántica
paseando en góndola, deambulando por callejones estrechos, bebiendo cappuccino en la
hermosa Plaza de San Marcos y haciendo el amor en la suite de uno de los mejores
hoteles de la ciudad.
Todo parecía perfecto hasta que llegamos de nuevo a casa y su actitud empezó a
cambiar. Cuando todo salía como el quería estaba cariñoso, sin embargo, si no hacía las
cosas como él quería me gritaba, llegando, incluso, alguna vez, a pegarme.
Pasaron un par de meses y me obligó a dejar mi trabajo para que, igual que mi padre y
hermanos, estuviese todo a su gusto cuando llegase de trabajar. Así pues, a parte del
hogar, yo también debía estar siempre vestida elegantemente, adecuadamente peinada y
maquillada, o sea, a punto de salir a comer, pasear, ir al cine o tener sexo, según sus
deseos. Y, sobre todo, si le acompañaba a alguna cena, ceremonia o evento, tenía que
estar perfecta y actuar siempre en segundo plano, dejándole a él todo el protagonismo.
Al principio no le di demasiada importancia, pero con el paso de los años, esa manía
suya por el orden, la limpieza y los himnos militares fue empeorando, así pues, si me
equivocaba en alguna tarea, no hacía la cama como me ordenaba o no iba
adecuadamente vestida o peinada, me levantaba la falda y me azotaba en el culo hasta
que me lo dejaba en carne viva y si lloraba o gritaba, recibía unos azotes de propina.
Cada mes me preguntaba si me había quedado embarazada, produciéndome una gran
angustia al contestarle que no. Supongo que la sabía naturaleza decidió que era mejor
que no tuviéramos hijos. Se empeño en ir a los mejores médicos, sin embargo, cuando
le dijeron que sus espermas no tenían suficiente fuerza para llegar hasta el final, se
volvió más huraño y exigente, empeorando nuestra relación, escuchando marchas
militares a todas horas, aunque luego no consiguiera su propósito, lo cual le ponía cada
vez de más mal humor.
No me atrevía a hablar con nadie de mi problema y la única persona que sabe la verdad
sobre mi desgraciada vida marital es mi amiga Candela, que, desde hace mucho tiempo,
viene pidiéndome que me divorcie, aunque yo no me atrevo, porque sé que esto podría
traerme muy malas consecuencias, ya que nadie de mi familia lo aprobaría y,
seguramente mi hermano Pedro me castigaría a arder en el fuego del infierno.
Esta noche, cuando se ha enfadado porque se me había olvidado cambiar la toalla del
cuarto de baño, ha empezado a gritarme como un loco, luego ha levantado la mano para
pegarme, me he asustado y he ido a refugiarme a la cocina, mientras me perseguía,
intentando cogerme de las manos.
A continuación, me ha alcanzado y agarrándome la mano, me la ha retorcido hasta que
se han oído crujir los huesos de la muñeca, generándome un dolor insoportable,
haciéndome gritar y llorar de dolor y de miedo.
Y ya no he podido aguantar más, he cogido el cuchillo de desmenuzar carne y, con la
mano sana se lo he clavado con todas mis fuerzas en el lugar donde creía que tenía el
corazón y, supongo, que lo he logrado, porque ha caído fulminado al suelo, donde ahora
se está desangrando.
Y ahora ¿qué hago? No sé si avisar si avisar a una ambulancia, porque seguro que
llegará tarde y ya estará muerto.
Si llamo a la policía seguramente me acusaran de asesinato, aunque sea en defensa
propia.
Si pongo algunas ropas en una maleta y desaparezco, seguro que acabarán
encontrándome y me encarcelarán.
Es mejor que llame a Candela, porque ella decidirá qué debo hacer.
Fin

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s