GAMBITO DANÉS

Día 2

Apenas pudieron dormir. Entre el miedo y el intenso frio que sentían ninguno de los dos consiguió conciliar el sueño. Se instalaron en la habitación de la madre pero ni la ropa de invierno ni todas las mantas y los edredones de los que disponían les había protegido de los dos grados que hacía en el exterior. Diciembre era un mal mes para según que castigos y cortarles la calefacción había sido toda una lección.

—En la central se darán cuenta y vendrán a ver qué pasa —afirmó la madre intentado disimular los temblores, acurrucada y desprendiendo vapor por la boca a cada palabra.

—No si “la casa” les informa de que todo está bien —respondió lacónico el hijo.

—El jardinero se dará cuenta. Hoy es lunes, esta tarde vendrá.

—¿Richard? Con la música y su pasotismo habitual no creo ni que se dé cuenta de que están las persianas bajadas.

—Alguien en el trabajo vendrá a comprobar que pasa cuando no aparezca y vean que los teléfonos no dan señal.

—Mamá, no te esperan hasta el viernes.

—Pues algún amigo tuyo del colegio…

—Lo dudo…

—¡Joder! ¡Pues algo tendremos que hacer! —gritó Carolina desesperada.

Hubo un turbador silencio que duró varios minutos antes de que Bruno dijera:

—Lo único que podemos hacer de momento es obedecer.

Con esfuerzo debido al entumecimiento de los músculos el muchacho descubrió las tres cámaras y ambos se sentaron en el sofá, esperando. No tardó mucho en encenderse el televisor.

Calefacción encendida, obedecer tiene sus recompensas.

—¡¿Qué quieres de nosotros?! —Exclamó la madre como si estuviera en medio de una sesión de ouija.

El televisor tardó varios interminables segundos en responder:

Un científico nunca les cuenta los planes a sus ratones. Usted debería saberlo Dra. Del Val.

Madre e hijo lanzaron varias preguntas más al aire, pero como respuesta solo recibieron el led rojo indicativo de que el aparato se había apagado de nuevo. Decidieron inspeccionar la casa y pronto se dieron cuenta de las cosas que funcionaban y de las que no. Su captor lo había habilitado todo excepto las persianas, los teléfonos e internet. Intentaron hacer una vida medianamente normal, a la espera. Angustiados por la situación y con una casa enrarecida iluminada por la luz artificial, protegida de la luz natural del exterior. Aquello hizo el ambiente más claustrofóbico. De búnker.

Habían comido ya y acomodados en el sofá una duermevela les invadía, derrotándolos después de aquella terrible noche, cuando el ensordecedor ruido del jardinero les despertó. Richard estaba en el jardín empleándose a fondo con su soplador de hojas. Limpiando el suelo de las hojas secas del magnolio y el castaño de indias. El televisor se encendió de nuevo:

Obedecer al pie de la letra es la única salida. Un error puede ser fatal.

—¡¿Qué es lo qué quieres?! —insistió la madre.

Un solo error será imperdonable.

La madre y el hijo miraban hacia todas partes con extrañeza cuando observaron como una de las persianas del salón subía lentamente, dejando entrar algo de luz natural a la estancia.

Al pie de la letra…, insistió el texto.

—Lo hemos entendido —dijo Bruno en voz baja, casi ininteligible.

Carolina, acércate a la ventana. Una señal al jardinero y será terrible para los dos.

Extrañada, se levantó pausadamente y se acercó al cristal. Una vez allí pudo ver como Richard la observaba extrañado. Vestido de verde, con gorra y cascos para protegerse del molesto ruido del soplador que, apagado, había apoyado en el suelo. Carolina vestía con un pijama grueso de invierno, el más grueso que tenía. Enseguida se sintió avergonzada.

—¿Y ahora?

Se dio cuenta que desde su nueva posición no podía ver el televisor e insistió:

—¿Y ahora, Bruno?

El joven tosió nervioso antes de responder:

—Dice que te quites la parte de arriba.

—¿Cómo? ¡¿Se ha vuelto loco?! Voy en pijama, ¡no llevo ni sujetador!

—Eso es lo que pone…mamá —insistió él profundamente violentado.

La madre titubeó un momento y pudo ver como las luces, aún encendidas, parpadeaban en señal de poder.

—Hijo…esto es una locura…

—Lo sé. Pero si no nos mata de frío nos matará de hambre. No sabemos cuánto tiempo tardarán en darse cuenta de esta situación.

Richard observaba embobado a su empleadora esperando algún tipo de instrucción cuando ella, tiritando de miedo que no de frio, se quitó la parte de arriba tapándose hábilmente los pechos con los brazos. Abrazándose a sí misma. Desde el sofá su hijo pudo observarle la espalda desnuda. Espalda delgada y fibrosa, bonita. Bruno se dio cuenta que nunca había visto desnuda a su madre. No por lo menos con la edad suficiente para acordarse. Ni siquiera la había visto en bikini o con escasa ropa. Su adicción al trabajo hacía que pasara del traje chaqueta al pijama. De la bata médica al conjunto de trabajo. Tampoco en verano solía vestir cómoda.

Cuánto mides, Dra. Del Val.

—¿Y ahora? —preguntó nuevamente, incómoda, la madre. Viendo los ojos desorbitados y sorprendidos del jardinero.

—Pregunta que cuánto mides.

—¡¿Qué?! Pero qué demonios… 1.73 cm.

Carolina seguía tapándose como podía mientras que Richard la observaba desde el jardín, desconcertado.

—Pregunta por el peso.

—Cincuenta y cuatro kg. —contestó casi en un susurro.

Pasaron un par de minutos más de silencio sepulcral hasta que la doctora volvió a preguntar, al borde del colapso:

—¿Y ahora qué?

—Me…—titubeó—. Dice que cuál es tu talla de sujetador.

—Una talla noventa pervertido de mierda.

Buenos pechos para una persona tan delgada.

Bruno decidió no leer en voz alta la última frase. Notó como se le aceleraba el pulso y empezaba a transpirar. Se sintió raro, mal. Enfermo. No podía ver al jardinero pero se lo imaginaba gozando de la maravillosa vista de su jefa. Una auténtica MILF que le regalaba un improvisado striptease. La madre siguió preguntando y el televisor, de momento, no daba nuevas instrucciones. Se puso aún más nerviosa cuando vio al empleado deslizar su mano hasta la entrepierna y acariciarse ligeramente por encima del pantalón.

—¡¿Y ahora qué?! ¡Gilipollas!

—Dice que te quites la parte de abajo.

El muchacho se sorprendió a sí mismo. ¿Por qué había dicho eso? ¿Se había vuelto loco? ¿En qué estaba pensando? El televisor seguía con un impoluto fondo negro mientras él mentía de manera tan asombrosa.

La madre se quitó los descansos de ir por casa y poco a poco deslizó el pantalón del pijama hasta los tobillos. Lo hizo con tanta dificultad para no enseñar los pechos desnudos con la acción que fue incluso más erótico. Deshaciéndose de la prenda y quedándose tan solo con unas finas braguitas negras. Richard alucinaba con las vista de sus senos que se escapaban por momentos entre la piel de los brazos, su vientre plano y sus piernas algo delgadas pero bien torneadas mientras que Bruno veía como se ponía casi en pompa, mostrándole un trasero redondeado y firme que acompañaba su cintura y espalda perfectas.

En ese momento se materializaron los peores temores del hijo, que tuvo una insana, perturbadora y potente erección. Tragó saliva e intentó respirar cuando Carolina pudo ver como el jardinero intensificaba sus tocamientos y se acercaba hacia la ventana. En ese preciso instante la persiana volvió a bajar y el televisor reaccionó de nuevo:

Interesante.

—Bruno, ¿qué está pasando?

—Dice que ya es suficiente.

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