GAMBITO DANÉS

Hogar dulce hogar

Cuando Carolina, de treinta y seis años, y su hijo de dieciséis Bruno se mudaron a la nueva casa, solo vieron las ventajas. Un entorno ajardinado y exclusivo en Arturo Soria, alejado del infernal ruido de Madrid. Una vivienda completamente informatizada, domotizada hasta el extremo. La casa más segura del mundo, les dijo el constructor antes de decidirse. Tan moderna que no necesitaréis nunca más llaves, bastará con vuestra huella dactilar. Veinticuatro horas conectada a un centro de control que velará por vuestra seguridad.

No es que fueran ricos, pero Carolina del Val era una médica reconocida en una especialización tan extraña como la reumatología infantil, y eso le había dado cierto nombre además de un buen poder adquisitivo. Todo ganado con su esfuerzo y su adicción al trabajo, sin olvidarnos de la ayuda de sus padres que tantas veces cuidaron de Bruno después de que ella se quedara embarazada a los veinte años. ¿El padre?, un don nadie. Otro estudiante de medicina lo suficientemente valiente para querer ser cirujano pero lo suficientemente cobarde para desentenderse de su paternidad.

Eran solo ella y él, Carolina y Bruno, Bruno y Carolina. Aunque el adolescente muchas veces había sentido que era solo él. Él y sus abuelos. Su madre y sus pacientes.

La casa más segura del mundo, les habían dicho…

Día 1

—Bruno cariño, me voy ya a las ponencias. Ya sabes que vuelvo en cuatro días y que los abuelos están en el pueblo. Cualquier problema llámame al móvil, ¿vale? —anunció Carolina dirigiéndose a la puerta, arrastrando una maleta con ruedas tan grande que parecía mentira que sus finas piernas pudieran andar.

—¡¡¿¿Bruno??!! ¡¿Es que no me oyes?!

—Que sí mamá, te oigo —respondió apareciendo en el recibidor vestido aún con el pijama—. Todo controlado.

—Vale cariño dame un beso, pórtate bien. No te acuestes tarde que ya es domingo y mañana te toca madrugar. Te llamo cuando llegue a Barcelona, me voy pitando que el taxi ya me está esperando para llevarme a la estación.

—Que síiiii —insistió el muchacho con voz de paciencia.

La madre volvió a mirarse en el gran espejo del recibidor. Se colocó bien el pelo, bajó la falda que llevaba un rato pensando que quizás era demasiado corta, estudió las medias en busca de alguna inexistente carrera, repasó los tacones y retomó su marcha hacia la puerta diciendo:

—Ayúdame con la maleta, anda, que pesa como un muerto.

Colocó su pulgar en la ranura y enseguida una pequeña luz roja le informó del error de lectura.

—¡Ya empezamos con este trasto! —maldijo mientras lo volvía a intentar con idéntico resultado.

Lo intentó hasta tres veces más cuando Bruno la hizo a un lado.

—Te tiene manía, déjame a mí.

Pero el chico se equivocaba. Esta vez aquel artilugio no reconocía a ninguno de los dos.

—Bruno, hijo…hazme el favor de llamar a la central y que desbloqueen la puerta, el taxista me va a matar.

El hijo fue al salón y pronto regresó con el móvil en la mano y cara de circunstancias.

—No tengo cobertura.

—Pero bueno, ¡¿qué pasa hoy?! Siempre estas tonterías cuando más prisa se tiene.

Asqueada, la madre agarró su bolso lleno de cosas y buscó nerviosa su teléfono, escondido entre pintalabios, pañuelos, caramelos, bolígrafos e incluso un mapa del metro.

—El mío tampoco me da señal —dijo con voz preocupada, con la mirada clavada en la pantalla.

—Habrán activado los inhibidores por error, por eso tampoco se abre la puerta. Voy a llamar desde el fijo —explicó el joven.

Hizo un amago de irse pero entonces un ruido lo paralizó del susto. Ambos se miraron desconcertados mientras oyeron las persianas de toda la casa bajándose a la vez.

—Hijo, ¿qué demonios está pasando?

A medida que se quedaban completamente a oscuras Bruno intentó tranquilizar a la madre:

—No te preocupes, por un error la casa se debe estar cerrando. Si fuera una amenaza real nos habrían llamado.

La explicación tenía sentido, pero el tono de su voz transmitía cierta preocupación. Completamente en la oscuridad, alumbrados solo por sus teléfonos, vieron como la luz del salón se encendía. Les sorprendió ya que habían apretado todos los interruptores cercanos y ninguno obedecía, como si hubieran cortado la electricidad. Lentamente y muy cerca el uno del otro, paso a paso, fueron hasta la estancia iluminada. Una vez allí pudieron ver como la Smart Tv se encendía también, y sobre el fondo negro aparecían unas palabras, creándose letra a letra:

No tengáis miedo. Esto no es un robo. Es solo un hackeo.

Madre e hijo se miraron, esta vez con razón, asustados.

Nada os pasará si obedecéis. A partir de ahora yo tengo el control.

—Dios mío hijo, van a pedirnos dinero.

No quiero dinero. Solo vuestro control.

—¡¿Cómo es posible que nos oigan?! —gritó la madre completamente atemorizada.

—Las cámaras —contestó Bruno—. Pueden oírnos y vernos. Hay cámaras por toda la casa excepto en las habitaciones y los baños. ¡Esto es como un puto gran hermano!

Casi histérico, el joven desapareció y volvió al poco tiempo decidido y con un rollo de celofán negro en la mano. Se hizo con un taburete y subido en este comenzó a tapar el objetivo de las tres cámaras que apuntaban al salón.

No hagas eso, advirtió el siniestro texto del televisor. Y viendo que el adolescente no obedecía añadió:

Tendré que castigaros.

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