XAVI ALTA

 

¿Cómo he podido caer en la trampa? Sabía que podía pasar, que podían estar esperándome, pues los últimos indicios apuntaban a que podían haberme descubierto, pero esto es demasiado arriesgado, he quedado expuesta. La situación se ha vuelto crítica.

No me dejaré atrapar. No puedo permitirlo pues no saldría viva. Aunque lo peor no será morir, será cómo morir, cuánto tiempo tardaré en morir. Cinco tíos cabreados, muy cabreados, persiguiendo a una chica aún joven pueden ser muy crueles, pero sobre todo, pueden llegar a ser muy cerdos.

No me van a tocar, no lo pienso permitir. Dispongo de dos piernas ágiles y rápidas, de dos brazos acostumbrados a luchar, además de un cuerpo menudo y escurridizo, pero fuerte y maleable como una caña de bambú. La Glock también ayudará claro, llegado el momento, pero no puedo permitirme que llegue.

El escenario juega a mi favor. Una antigua fundición cerrada hace varios años que últimamente he recorrido varias veces pues la gran cantidad de maquinaria abandonada, calderos gigantes, escaleras y rampas colgantes del techo, me han permitido esconderme para recabar toda la información que he venido a buscar. Pero el suelo metálico e inestable me delata, juega en mi contra cuando arranco a correr.

El rectángulo debe tener unos 1000m2, pero no es diáfano pues varias docenas de silos metálicos y armatostes que no sé para qué se usaron convierten la nave en una especie de poblado con más penumbra que vida. Por encima, dónde me hallo, dos niveles de rampas de alguna aleación de acero que se ha roído hasta niveles peligrosos, suspendidas del techo o las paredes laterales, coronan el espacio al estilo de los puentes colgantes de las películas de Tarzán. Las lianas de las que se mecía el hombre mono son cadenas lúgubres en mi jungla.

Corro. Corro como alma a la que persigue el Diablo. Tal vez no lleguen a tanto, a lo mejor no pasan de duendes cabreados u orcos bárbaros, pero no quiero saberlo.

Mis zancadas, retronando sobre la pasarela lateral, suenan acompañadas de los gritos del quinteto de marras. Hoy no está el Capo, no ha aparecido, lo que no sé si me conviene o juega en mi contra. Los cinco muñecos son eso, títeres obedientes acostumbrados a trabajar según las órdenes dictadas. Hoy no las están recibiendo. ¿Serán capaces de actuar con cabeza sin disponer del cerebro pensante? ¿Serán capaces de frenar sus ansias vengativas sin un jefe que las mitigue?

Las chispas escupidas por los barrotes denotan que han comenzado los disparos. El ruido también, claro, pues no usan silenciador, no hace falta en este desierto. Entre lo rápido que me muevo y la larga retahíla de mobiliario roñoso es difícil que acierten, pero un par de balas me han estallado muy cerca, así que mejor no jugar con fuego, nunca mejor dicho.

Tres zancadas y llego al codo de la pasarela, giro a la derecha, agachándome pues quedo expuesta un par de metros, para ascender cuatro escalones hacia la izquierda de nuevo. Si hubiera tomado la escalera hacia el suelo, hubiera llegado a la puerta del hangar en medio minuto, pero me han cortado el paso, tan bobos no son, así que me veo obligada a dar un rodeo. Ascender para descender, un sinsentido que ha de salvarme la vida.

El Barbas me ha cerrado la salida, el Joyas y el Rubio están en la sala, disparándome, gastando munición sin ton ni son, así que el Ronco debe haber subido a las pasarelas para atraparme, pues dudo que el Viejo se ponga a correr. Pero no lo tengo controlado, algo que me incomoda pues es el más listo de los cinco con diferencia.

¡Mierda! Por poco caigo de la pasarela agarrándome a una cuba cuadrada que estaba suelta. Calla. Voy a usarla. No veo al Ronco cerca, así que puedo detenerme un par de segundos. Me agacho detrás del recipiente metálico, debe pesar 50 o 60 kilos, lo empujo, bien, se mueve, y chasco los labios, chist. Es el Rubio. Me busca, apuntando con la Magnum, pero no me ve. ¿Cómo es el tópico de las rubias? Pues en rubios parece que también es aplicable.

Empujo la vasija. El estruendo es ensordecedor. Ha caído desde unos 15 metros, distancia que sumada al peso del cuerpo más la aceleración da una fuerza igual a X. ¡Qué bueno estaba el profe de física de bachillerato! Si no fuera por eso, me tenía con los cinco sentidos recorriéndolo de arriba abajo, sería incapaz de recordar nada de sus clases.

El Joyas chilla como un desesperado. Aquí, aquí, ayudadme, mientras me insulta, maldice, amenaza y algo más que no oigo bien. 1-0. Comienza la remontada. Necesitamos meter cinco goles para remontar, me diría mi hermano, el problema está en que a ellos les basta con uno para pasar la eliminatoria.

Me muevo rápido pues oigo los pasos del Ronco. Apoyo solamente los dedos de los pies tratando de hacer el menor ruido posible para cambiar de dirección. Tiro una pequeña herramienta, ¿un trozo de destornillador?, hacia el lado derecho para saltar por encima de un murete a la izquierda y ascender otro piso. El ático del mega-apartamento.

Desde las alturas, puedo divisarlos mejor. Como era de prever, el idiota del Ronco ha seguido el ruido. Si le hubiera tirado un hueso o una pelota, me lo hubiera devuelto. El Joyas ha abandonado lo que haya quedado del Rubio para ascender también. Viene por la izquierda, así que se encontrará con su compañero en nada. El Barbas se mantiene atento en la puerta de la nave y el Viejo… ¿Dónde coño está el Viejo?

No puedo quedarme mucho rato quieta dónde me he escondido, pues tarde o temprano se darán cuenta del engaño, pero me permite recapacitar, trazando el plan de fuga. Con el Barbas en la puerta lo tengo crudo para salir por allí a no ser que le vuele la tapa de los sesos. Difícil desde mi posición actual, pero factible si logro bajar los dos pisos que he subido y enfrentarlo a diez o quince metros. Pero para ello, debemos quedarnos solos, en plan duelo del oeste, así que pospongo el tiroteo hasta que sus secuaces hayan menguado.

El Ronco ha descubierto el pastel cuando ha visto aparecer al Joyas de frente, así que se ha girado hacia mí, sin verme pero sí oliéndome. No me ha localizado, no exactamente, pero ya sabe dónde buscar. El problema, mi problema, es que me he metido en una ratonera. No me importa si viene hacia mí solo, puedo torearlo, pero son dos y eso ya es harina de otro costal.

No salgo de mi escondite hasta que está a un par de metros de mi posición. El Joyas no viene detrás, venía pero ha preferido darle metros, supongo que para cortarme alguna opción de escape no prevista. Pero no hay otra. La pasarela o volar. Y eso sólo lo hacen los superhéroes o los actores de película cutre. Y esto va muy en serio.

No me queda otra que correr el riesgo. Quedaré expuesta por lo que debo ser muy ágil. Me levanto rápidamente, como un rayo, y percuto. Golpe seco en la muñeca para que pierda el control del arma y patada en la rodilla, casi simultáneamente. Sus más de 80 kilos de peso se doblan lo suficiente para perder el equilibrio. Es ahora. Le empujo con un golpe seco, hombro contra hombro, como si de un placaje se tratara, para dotarme de la fuerza suficiente. Da resultado, su pie de apoyo trastabilla dando con sus huesos hacia el vacío, pero no me detengo a ver la caída. Porque no debo, porque no puedo.

La detonación ha sonado clara, la quemazón en mi costado ha ardido como una pira de San Juan. No he podido evitar el lamento, pero no me he detenido, pues el Joyas me hubiera rematado. He saltado cambiando de piso, sin ver, guiada por el instinto hacia la pasarela inferior. Solamente habrán sido cuatro o cinco metros, pero he sido incapaz de caer de pie. El hombro percutor se ha llevado el golpe, pero el mal gesto ha incidido en toda la espalda. Chillo, no puedo evitarlo, pero debo levantarme rápida pues en pocos segundos el Joyas volverá a tenerme a tiro. Gateo, corro, caigo, serpenteo.

Otro disparo, otro, y otro. No me ve bien, lo que evita que me acribille, pero no puedo detenerme. ¡Mierda! Este impacto viene de delante. ¿Quién…? El Barbas. El cabrón ha avanzado su posición, aún cerca de la puerta, pero me dispara desde abajo. No soy una diana clara pero me han acorralado. Mierda, mierda, mierda.

Debo saltar de nuevo, pero en la dirección opuesta. Espera, otro caldero. Me agazapo detrás. Me protege pero me torna más indefensa. Mi inmovilidad les permite avanzar, acercarse, acechándome, así que tendré que enfrentarme al Joyas cuerpo a cuerpo, pero para ello debo protegerme del Barbas.

Saco la Glock. Oigo a mi perseguidor pero no le veo. No importa, debo centrarme en sacarme al Barbas de encima, aunque sea un término figurado pues él me dispara desde abajo. Dos detonaciones son suficientes para que el tío se acojone. No tengo una buena diana pero sí la suficiente puntería como para hacerle cosquillas. Ahora me giro hacia el Joyas y lo reviento…

¡Mierda! Ha sido más rápido de lo esperado y me ha atrapado. Pero no ha disparado. Me ha golpeado la muñeca para hacerme perder el arma, que ha caído, rebotando en varias protuberancias del maravilloso mobiliario que nos rodea hasta dar con sus tornillos en el suelo.

He reaccionado rápida, golpeándole con la mano izquierda y lanzándole una patada. Se ha apoyado en la barandilla para no precipitarse, dándome tiempo para arrancar a correr y dejarlo atrás. Me quieren viva. El Joyas ha preferido desarmarme cuando me podía haber liquidado. Eso me da nuevas opciones, aumenta mis posibilidades, pero no me augura nada bueno.

A los veinte metros de pasarela llego al final de mi trayecto. La plataforma metálica muere en la columna que sobresale de la pared derecha. ¡De puta madre! Me doy la vuelta. El Joyas me mira sonriente, arma en ristre, acercándose cauteloso. Fin de trayecto, preciosa. Me duele mucho el costado, demasiado para emprender otra batalla cuerpo a cuerpo.

Le espero, no me queda otra. Mi cerebro carbura a mil por hora pero el dolor del costado me impide ver claramente las opciones que me quedan. ¿Dejarme atrapar? Sí, claro, ¿para qué? ¿Para implorar clemencia mientras busco el resquicio que me permita escapar, el error que me libere? De momento parece la primera opción, pero no voy a darles tanta ventaja.

¿Luchar contra un tío que me saca veinte kilos cuerpo a cuerpo? Demasiado arriesgado. Además, el dolor del balazo me debilita, restándome las pocas opciones que tendría en circunstancias normales.

Ingenio, la única arma que tengo. Tarzán hubiera llamado a los elefantes mientras buscaba la liana más adecuada. Levanto la vista, un par de cadenas con un gancho oscuro una, una polea oxidada la otra, cuelgan del techo. Agarro la primera y la lanzo contra mi agresor. La esquiva fácilmente, sonriente, así que lanzo la segunda. El intervalo es corto entre un movimiento pendular y el otro, algo que debería preocuparle más de lo que muestra. Ha esquivado la segunda, así como el retorno de la primera, también de la segunda. Las mezo de nuevo, las esquiva, cada vez más cerca. Debo tenerlo a menos de diez metros. Me apunta con el arma, pero no va a disparar. Prefiere preguntarme si me duele, mirándome la herida que me mancha el nacimiento de la cadera derecha y me dejará cicatriz, si salgo viva de ésta.

Las cadenas van y vienen pero ha sido capaz de medir bien su recorrido así que no le preocupan. Deberían. En mi último empujón a la polea la he ladeado, cambiando la trayectoria para que dibuje una elipse impredecible. No se lo espera, pero reacciona según lo previsto, bajando la cabeza, girando el cuerpo. No es ahí donde pretendo pillarlo. La cadena del gancho es atrapada por la de la polea, cambiando completamente la trayectoria de ambos proyectiles. Ahora dibujan líneas abstractas, inesperadas, por lo que el imbécil avanza demasiado hacia mí, pendiente de no ser golpeado. Me tiro al suelo, de culo, gritando como una posesa pues la cadera me arde mientras me deslizo, para que mi pie derecho, levantado, impacte con fuerza contra sus testículos. Se lo vi hacer una vez a mi hermano en un campo de fútbol, aunque él no acertó a impactar en el centro de la masculinidad del defensa que lo había cosido a patadas durante más de una hora.

Yo no puedo fallar. No lo hago. Mi fuerza lo empuja hacia atrás, pero la pared lo salva de caer al vacío. Tengo que pegarle otra pero no soy lo bastante rápida para levantarme, así que opto por patearle la espinilla, en otra acción aprendida en un campo de fútbol. El Joyas se tambalea pero no cae, ni pierde el arma. Para colmo, los disparos desde abajo vuelven a sonar, lo que me obliga a agazaparme, despidiéndome de mis opciones de escapar.

Hasta que ocurre. La señorita polea oxidada y el señor gancho oscuro han venido en mi auxilio. El golpe es seco, contundente, en medio de la calvorota del malnacido. No deja de sonreír, ¿o se le ha congelado la sonrisa?, mientras sus ojos sorprendidos me taladran y su cuerpo se vence emprendiendo el vuelo del ángel. Lástima de pendientes, collares y cadenas de oro que quedan machacados entre los sesos del incauto. 3-0.

Más de la mitad del trabajo está hecho. Sólo quedan el Barbas, al que tengo controlado, y el Viejo. ¿Dónde coño está el puto viejo? ¿No me jodas que ha salido de la nave para buscar refuerzos? Cómo sea así, estoy jodidísima.

Debo darme prisa, por lo que me levanto lo más ágilmente que puedo, he tenido días mejores, para avanzar hacia la puerta. Los disparos resuenan en la pasarela pero no atina ni de casualidad. Parece que mi agresor es el peor tirador del equipo. Mejor para mí, pero no debo fiarme.

Estoy a más de media nave cuando bajo al segundo piso. Lo he perdido de vista, por lo que extremo las precauciones. Sigo avanzando hacia el acceso, escape en mi caso, hasta que bajo al primero. Y le localizo. Me agazapo tras otra maravillosa caldera. ¿Qué coño era este sitio, un campamento de druidas?

Sí señor, acércate un poco más, un poquitín más. Me está buscando. Con tanto disparo me ha perdido de vista. Cree que aún estoy en el segundo piso cuando me tiene a escasos diez metros. Lástima de Glock. Le metía una bala entre ceja y ceja desde aquí y se acababan mis problemas.

¿Por qué le llamarán el Barbas cuando tiene más poblado el entrecejo? En cambio su cabeza es una puta bola de billar. Bastante vacía, presumo. Me acaba de dar la espalda. Ha oído un ruido al otro lado. Es ahora o nunca.

Salto, felina, procurando impactar con las rodillas sobre su espalda. ¡Joder, qué dura está! La esperaba más blanda a tenor del horondo cuerpo que la decora. La masa cae hacia adelante soltando el arma en la caída. Yo caigo de lado, impactando de nuevo con el costado derecho. ¡Qué dolor, Dios! En la próxima vida seré zurda. Ruedo por el suelo, me levanto rápida para patearlo antes de que se levante.

Cual delantero, golpeo, pero mi chut no es un gol por la escuadra. Más bien es lo que en el argot deportivo se llama un disparo al muñeco, a bocajarro, pensado para reventar al portero antes de profanar la red. Rueda medio metro. Chuto de nuevo. En la cabeza, con toda la potencia que mi maltrecha cadera es capaz de mandar a la punta de mi pie derecho. El punterazo le revienta la cara. Sangra como un cerdo en San Martín. ¡Que se joda! Es él o yo. Otra patada, otro gol. Tal vez no he anotado el cuarto, pues no me detengo a confirmar si está vivo o  muerto, pero corro la banda como una posesa para alcanzar la meta. Solamente me desvío, que no detengo, para alargar el brazo y tomar la Magnum del gorrino.

Cinco pasos y estoy fuera.

¡Hostia bendita! Dos coches están parados delante de la puerta con los faros encendidos, alumbrando la salida, deslumbrándome. Me tapo los ojos para protegerlos de los haces de luz, tratando de enfocar la vista. Pero no entiendo la gravedad de la situación hasta que oigo la voz del Viejo, prepotente, cínica.

-¿Qué te parece tu chica? Ha hecho un buen trabajo, ¿verdad?

-Ya te dije que era la mejor.

Camino lateralmente cuatro o cinco metros, apartándome de los focos cegadores, pero no huyo. No puedo verlo, pero siento claramente armas apuntándome en la media docena de siluetas que distingo detrás de los dos hombres.

-Suelta el arma –ordena la segunda voz. Ni siquiera la he levantado, pues sé que el juego ha acabado. La dejo caer al suelo. Nunca me han gustado las Magnum, demasiado grandes, demasiado pesadas, típicas de machotes que necesitan compensar sus complejos físicos con una herramienta más abultada.

-¿Dónde está el Capo? –pregunto. En el coche patrulla, esposado, responde Víctor. -¿Qué pasará conmigo? –Eso depende de ti.

El viejo suelta una risa sucia, lasciva, confirmada con un comentario del tipo déjamela a mí, yo sabré darle un buen uso a una chiquilla tan mona, pero mi Teniente no le hace caso, prefiere interpelarme directamente.

-Tienes cinco segundos para tomar una decisión. Has hecho un excelente trabajo estas últimas semanas proporcionando información más que suficiente para meter al Capo entre rejas unos cuantos años, además de limpiar su guardia pretoriana. –Hace una pausa. Casi puedo sentir el aliento del Viejo. -Él tomará las riendas del negocio a partir de ahora con nuestro consentimiento. Eres libre de decidir subirte al carro de los vencedores o no.

-¿Qué ha pasado con el Capitán?

-No ha pasado nada. Seguirá centrado en sus estadísticas y esperando la jubilación mientras nosotros hacemos el trabajo.

-¿Cuánto te ha pagado?

-Lo suficiente. Y habrá más, algo de lo que también te vas a beneficiar. Si quieres…

-¿Y si no quiero?

-Eso me parecería una estupidez. Aunque creo que harías muy feliz al amigo que creo que tiene planes para ti. Mucho más desagradables que los míos, por cierto.

-Eres un hijo de puta.

-Tal vez. Tú, en cambio, tienes cinco segundos para decidir si quieres ser mi hija o la puta del Viejo.

 

 

 

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